El primer gran estudio sobre los microsismos en Ciudad de México revela que dos fallas provocan los temblores en el poniente
La investigación, a cargo de la UNAM, sugiere que la actividad en una falla influye en cómo se comporta la otra y descarta que los sismos de baja magnitud se traten de un fenómeno nuevo en el poniente de la capital
En mayo de 2023, una serie de sacudidas intensas pero breves cimbraron el poniente de Ciudad de México. El fenómeno se repitió siete meses después, en diciembre del mismo año, cuando una nueva secuencia de tres sismos en menos de tres minutos sacó a miles a las calles y provocó daños menores en una docena de edificios. Entonces los microsismos pasaron de ser anecdóticos a convertirse en una preocupación constante para los vecinos de Álvaro Obregón, Benito Juárez y las alcaldías aledañas donde los temblores de baja magnitud con epicentro en la capital resultan perceptibles. Dos años después del enjambre sísmico de mayo de 2023, el primer gran estudio publicado en una revista científica al respecto revela detalles inéditos sobre la naturaleza de los sismos al oeste de Ciudad de México.
La investigación, a cargo de un equipo multidisciplinario de científicos de la Facultad de Ingeniería y del Instituto de Geofísica de la UNAM, revela el mecanismo de interacción entre dos fallas al oeste de la ciudad que provoca secuencias de microsismos en la región. La clave, sugieren, está en el hallazgo de señales que confirman que en el subsuelo de la ciudad tienen lugar sismos lentos, un deslizamiento gradual que puede extenderse durante meses y que, a diferencia de las sacudidas repentinas de los terremotos, solo se puede percibir a través de instrumentos especializados. “Dentro de la ciudad tenemos un mecanismo de liberación de energía que ya conocíamos que existe en la naturaleza, pero que nunca se había documentado aquí”, explica a este diario Darío Solano Rojas, científico de la Facultad de Ingeniería de la UNAM y líder del estudio. Los investigadores encontraron que en el caso de los sismos de mayo y diciembre de 2023, después del mecanismo producido por un sismo lento tuvo lugar una secuencia sísmica perceptible que provocó los microsismos.
La señal que llevó a esta conclusión fue el hallazgo de una deformación del suelo en el poniente de la ciudad, un fenómeno propio de sismos de mayor magnitud, como los que suceden en la costa del Pacífico, epicentro del 80% de los terremotos en el país. “Normalmente la deformación del terreno ocurre en relación directa con el tamaño del sismo. Lo que se vio en el estudio es que para los sismos de 2023, la deformación era como si hubiera habido un sismo mayor del que realmente ocurrió”, afirma al respecto Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica y coautor del estudio. El momento eureka llegó cuando Solano y su equipo, especialistas del procesado de imágenes satelitales, decidieron comprobar si los sitios donde había ocurrido un microsismo mostraban alguna alteración. A partir del InSAR (Radar interferométrico de apertura sintética, por sus siglas en inglés), una técnica utilizada para medir el desplazamiento generado por terremotos, actividad volcánica y hasta el hundimiento de la capital, comprobaron que la única señal de deformación tenía lugar en Mixcoac, donde sucedió la secuencia sísmica de mayo de 2023.
“La señal fue el primer paso para pensar que algo estaba sucediendo… es la primera vez que se observa este tipo de deformación para sismos generados en Ciudad de México. Con esta técnica observamos el desplazamiento en superficie de la Tierra, pero después había que entender qué había abajo”, asegura Solano Rojas, mientras relata cómo tras el primer hallazgo, el grupo de trabajo se nutrió con otros investigadores como Josué Tago, Víctor Manuel Cruz-Atienza y Luis Quintanar.
El equipo sitúa las fallas de Barranca del Muerto y Mixcoac separadas por apenas 800 metros, y propone que lo que ocurre en una tiene influencia en la otra: “Tenemos esta combinación de dos mecanismos de movimiento de las fallas, donde después de una etapa de sismos lentos viene una de ruptura, y esta última es la que percibimos como un microsismo”, explica Solano, que aplica esta lógica a los eventos sísmicos de hace dos años: “La actividad en una falla en mayo de 2023 modificó los sistemas de esfuerzo en otra falla, para que esta iniciara su actividad en diciembre de 2023; es decir, una falla influencia cómo se comporta la otra”, resume.
Los autores son enfáticos en que, lejos de ser un fenómeno reciente, los sismos con epicentro en el oeste de Ciudad de México son una constante en la actividad sísmica de la capital. A la antigua zona lacustre sobre la que se levanta la megalópolis hay que sumar el contexto geológico del poniente, “un área atravesada por un sistema fallas asociado a la Sierra de las Cruces, que separa el Valle de México del Valle de Toluca”, explica Quintanar Robles, pionero y el principal impulsor desde la academia de la red de estaciones sísmicas que opera en la capital, un sistema que creció de la necesidad de estudiar los sismos de baja magnitud que ocurren dentro del Valle de México.
El investigador asegura que el aumento de la densidad poblacional en la zona es clave en la percepción de sismos con epicentro en el poniente y recurre a la literatura científica para demostrar que las sacudidas de baja magnitud forman parte de los registros históricos desde hace décadas: “Por ejemplo, en 1981 también hubo un enjambre de sismos en la zona de Plateros y se tienen documentados sismos en Mixcoac… no es el descubrimiento de una falla nueva, sino una manifestación de la existencia de este sistema de fallas en el poniente de la ciudad”, explica.
El estudio, publicado en la revista científica Tectonophysics, pretende fungir como un punto de partida para nuevas investigaciones sobre los sismos con epicentro en Ciudad de México, además de aportar herramientas a las autoridades para tomar mejores decisiones en materia de protección civil. “Estamos llevando la atención a un mecanismo físico que no se conocía dentro de la ciudad y nos da gusto que viene una buena contribución de la ciencia para entender esta zona”, concluye Solano Rojas.
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