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Columna
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Toros y jueces

Las tardes taurinas están sujetas en México a la decisión de la justicia, que un día dice sí y otro, no

Espectadores en la Plaza México el domingo 28 de enero.
Espectadores en la Plaza México el domingo 28 de enero.Fernando Llano (AP)
Carmen Morán Breña

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Los aficionados en México no miran el cartel, sino las decisiones judiciales para saber si podrán asistir a una corrida de toros. Recursos y amparos han convertido las tardes taurinas en una incógnita que se resuelve de una hora para otra. Los días pasados se habían programado tres festejos, una vez que los tribunales dieron vía libre tras más de un año de prohibición en la Ciudad de México, pero los tira y afloja entre la empresa de la plaza y las organizaciones antitaurinas tuvieron a los jueces ocupados. Finalmente, hubo toros en la Monumental, el coso más grande del mundo, con capacidad para 42.000 asistentes sentados, que este lunes celebró su 78 aniversario.

Otra peculiaridad de los tiempos actuales es que las corridas van siempre acompañadas de protestas en las afueras del redondel y medio centenar de policías se destinaron el fin de semana a custodiar las entradas para evitar altercados. La fiesta brava ha perdido el fulgor de antaño cuando los toreros eran famosos y aclamados y la plaza, una cita de celebridades digna de la mejor crónica social. A nadie se le escapa que el declive tiene que ver con la falta de interés que muestran las nuevas generaciones hacia lo que consideran un espectáculo bárbaro de sufrimiento animal. Ciertamente, hay que estar acostumbrado para aguantar una tarde de sangre y espadas. Y los jóvenes no lo están. Si ya les cuesta hincar el tenedor en una tajada de conejo, difícilmente soportarán la muerte de la carne en vivo. Un veganismo creciente es la otra cara de la misma moneda.

Hay, sin embargo, otras vías de agua que están hundiendo el barco, y los aficionados son conscientes de ello. Los ganaderos se quejan del monopolio que ejercen algunos de sus colegas y del interés económico y poco más de los empresarios de las plazas. Los críticos lamentan lo deslucidas que son las corridas, sin trapío. Ya hace lustros que las crónicas taurinas eran angustiosos lamentos por la mala gestión de los festejos y los renqueantes animales que salían al ruedo. La política ha venido a sumarse con fuerza a este debate, animada por la pasión a favor y en contra que despierta entre el electorado. Pero los toros, como el fútbol, son transversales, y aun con sesgos sociológicos, no puede hablarse de una afición de derechas, por ejemplo, frente a un repudio de la izquierda. Hay de todo en el coso, lo que hace difícil que los partidos se posicionen por el sol o por la sombra.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, prefiere dejar el asunto en manos de una consulta ciudadana. Lo mismo quiere para los jueces. Que decida el pueblo. En la Ciudad de México, el Congreso local votó a favor de prohibir las corridas en diciembre de 2021, pero los trámites, tanto políticos como judiciales, todavía tienen recorrido. Se diría que muchos esperan que la fiesta acabe sus días de muerte natural y puede que el deseo les sea concedido. El hecho de que el asunto esté ya en el ámbito político habla de una creciente exigencia popular, por una parte, y del desinterés de la población por el festejo, por otra. Pero si todo sigue entre rejonazos y caceroladas alguien tendrá que resolver este pleito.

Sea por el gusto de ver la lluvia en tiempos de sequía o por activismo, lo cierto es que la Monumental mexicana estuvo este domingo casi hasta la bandera, con 40.000 aficionados viendo una corrida que no fue épica, dicen las crónicas, pero fue. El mundo de los toros está a merced del paso del tiempo, de los nuevos gustos y aficiones. Es difícil que un joven sea capaz de mencionar hoy día el nombre de un torero, ni utilizar el rico lenguaje heredado de la jerga taurina por siglos. No saben lo que es un coso ni asocian los clarines a una tarde redonda. Entre las nuevas generaciones se preguntarán de dónde viene eso de echar un capote a alguien o de enviarlo a toriles. Qué es eso de que no hay quinto malo, por qué dice mi abuelo que hemos enfrentado este asunto a porta gayola, volverán a preguntarse. Los trajes de luces son ahora cosa de Taylor Swift.

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Sobre la firma

Carmen Morán Breña
Trabaja en EL PAÍS desde 1997 donde ha sido jefa de sección en Sociedad, Nacional y Cultura. Ha tratado a fondo temas de educación, asuntos sociales e igualdad. Ahora se desempeña como reportera en México.

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