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El urbanismo voraz que condena a Tijuana al desastre cuando llueve

La semana pasada, más de 160.000 personas se quedaron sin luz tras un aguacero de una hora en esta zona de la frontera entre México y EE UU. Y cada año hay deslaves e inundaciones en la ciudad

Tijuana: Lluvias y urbanismo en el cañón Los Laureles
José Guzmán, habitante del cañón de Los Laureles, en Tijuana, realiza labores de limpieza tras una noche de lluvia, el 15 de noviembre de 2023. Aimee Melo

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El pasado miércoles, a partir de las cuatro de la tarde, tenía que llover en Tijuana. Eso había previsto Protección Civil. Mucho más pronto, pasadas las diez de la mañana, el cielo se oscureció, empezaron los relámpagos y se soltó el agua con fuerza. Duró poco más de una hora. Lo suficiente para llenar el WhatsApp y las redes sociales con mensajes e imágenes de vientos huracanados que hacían volar sombrillas en las terrazas de algunos bares, provocaban incendios por incidentes eléctricos, caídas de postes y bardas, y un gran apagón que afectó a muchas partes de la ciudad, con semáforos estropeados y casas a oscuras. Hasta el Palacio Municipal, sede del ayuntamiento, tuvo que suspender actividades por falta de luz.

Más tarde, las autoridades reportaron que ese apagón dejó sin electricidad a más de 160.000 personas a lo largo de la costa bajacaliforniana: en Tijuana, Rosarito, Ensenada y San Quintín. Por las lluvias y por unos vientos atípicos de más de 45 kilómetros por hora. Para poderlos comparar: los huracanes más suaves —de categoría uno— llegan con vientos a partir de 119 km/h y, según el Gobierno mexicano, suelen generar “leves afectaciones”.

Durante el inicio del caos, la alcaldesa Montserrat Caballero compareció en Facebook Live y explicó la situación. Pidió a los ciudadanos que, si no tenían necesidad de salir, se quedaran en casa. Informó también de que en las escuelas no iba a haber clases por la tarde porque se preveían más lluvias. Esa mañana del 15 de noviembre, según Protección Civil, se registraron entre 1,5 y 6 milímetros de lluvia en Tijuana. Los datos del Gobierno nacional para este municipio establecen que el umbral de precipitaciones ⎼ el límite para que empiece a haber problemas ⎼ es de 60mm. Ese miércoles por la mañana llovió diez veces menos, pero hubo muchos problemas.

Lluvia en Tijuana
Una noche lluviosa en una zona del centro de Tijuana, el 17 de noviembre de 2023. Aimee Melo

No es nuevo. En la pasada temporada invernal, entre finales de 2022 y principios de 2023, hubo inundaciones importantes, se activaron diez deslaves, fallecieron dos menores, varias casas tuvieron que ser evacuadas y decenas de familias resultaron afectadas. Eso condujo a las autoridades a declarar el Estado de Emergencia por riesgos geológicos e hidrometereológicos.

¿Por qué en Tijuana cada vez que llueve estalla el caos? Según los expertos, hay tres causas principales que desencadenan muchas otras: el relieve en esta zona favorece las inundaciones y los deslaves; la falta de infraestructura pluvial y el exceso de basura en las calles hace que todo se tapone más fácilmente; y el crecimiento urbanístico, desigual y descontrolado ⎼ que anima a la corrupción ⎼, potencia el desastre y dificulta los posibles remedios. Son soluciones que se necesitan urgentemente porque el cambio climático está agravando la situación. Como dice Miguel Ángel Ceballos, director de Protección Civil de Tijuana, las lluvias antes “no se presentaban en noviembre, era a partir de enero”, pero en los últimos años se han adelantado. Además, “ahora también se da el monzón mexicano, en junio y julio”, un fenómeno que él define como nuevo que provoca un aumento de precipitaciones en el noroeste del país de junio a septiembre.

Resistir y recuperarse

Durante la mañana del 15 de noviembre, algunas de las imágenes más impactantes llegaban de Zona Río y por el Hipódromo, áreas de clase media y alta. La naturaleza no entiende de dinero; lo que marca la diferencia es la capacidad de resistir la destrucción y de recuperarse después. Lo cuenta el doctor Juan Manuel Rodríguez Esteves, investigador del Colegio de la Frontera Norte (Colef) y experto en desastres asociados al agua. Pone el ejemplo de la colonia Chapultepec, una de las más exclusivas de la ciudad: “Una parte es de riesgo, en una zona de laderas. Han tenido problemas con las inundaciones, pero ellos son menos vulnerables porque tienen más recursos financieros, más recursos políticos, etcétera, y rápidamente se reconstruye”.

A kilómetros de distancia de esas casas de lujo, en la misma ciudad, aunque parece otra, José Guzmán Palomares ve la lluvia y sale a trabajar. “José, alias el Tortuga”, puntualiza sonriendo, “porque estaba bien gordo antes”. Y mientras se presenta, mueve la pala para quitar el lodo y las piedras que se han amontonado en medio de la calle. Así, los coches lo tienen más fácil para pasar.

Cañón en Los Laureles, Tijuana
El Cañón de Los Laureles, una de las zonas urbanizadas que rodean la ciudad de Tijuana, el 15 de noviembre de 2023. Aimee Melo

Ahí donde pisa el Tortuga, el suelo es de asfalto. Otras partes están sin pavimentar. Ese asfalto es una de las pocas conexiones con el resto de la ciudad de Tijuana. Una de las pocas salidas es un carril de un solo sentido para toda la gente esparcida por más de 13.000 viviendas a lo largo de los casi 12 kilómetros cuadrados que conforman los cerros, las laderas y la garganta del cañón de Los Laureles. Muchas de esas viviendas son irregulares, construidas con materiales muy vulnerables, algunas sin agua potable ni sistemas de drenaje.

Esa es una de las condenas de esta ciudad: sus cañones. Lo explica con claridad el doctor Rodríguez, del Colef: “Eso hace que cuando hay lluvias, el agua corra de manera rápida. Hay poco tiempo para que las personas puedan reaccionar”. Así pasa en este rincón del cañón de Los Laureles. “No es tanto la lluvia, sino que de ahí arriba, del cerro, baja mucha basura”, dice Concepción de pie frente a su llantera, a pocos metros de donde José limpia la calle. “Esto se inunda y me llega el agua hasta la mitad de la pierna”. La clave, según ella, está en que el camión de recogida solo pasa los martes, y como la gente trabaja, deja sus desechos el día antes y los perros lo destrozan. “Los de la basura nada más agarran las bolsas que hay, el resto ahí se queda y cuando llueve se escurre, y todo esto se llena de basura. Por eso se tapa. Hay drenaje pero ya es viejo”, se queja Concepción.

La infraestructura pluvial en toda la localidad es insuficiente y se desborda rápido. Ceballos, el director de Protección Civil, admite que “la ciudad no cuenta con mucho drenaje de pluviales, son desarenadores lo que más tenemos”. En concreto, 37 desarenadores en las partes bajas de los cañones, que filtran el agua de la lluvia y separan los materiales sólidos para que el líquido fluya con más facilidad. El arquitecto Rodolfo Argote, exdirector del Instituto Metropolitano de Planeación de Tijuana, añade un matiz histórico: “La infraestructura que se hizo en un inicio no previó tanto crecimiento. Se ha ido reemplazando en algunas partes, pero en otras no, ya está obsoleta”.

Construcción en Playas de Tijuana
Construcción de un condominio en la ciudad de Tijuana. Aimee Melo

Riesgo mapeado

Aquí el clima es semiárido, no suele llover mucho, pero la superficie donde se asienta esta ciudad está llena de cañones, cerros, arroyos, y su suelo no está consolidado, se mueve fácilmente. Esa combinación hace que cuando hay precipitaciones todo quiera irse hacia el río Tijuana. En palabras del director de Protección Civil, el municipio recibe en promedio “1 pulgada o 1,5 pulgadas [entre 25 y 38 mm] en 24 o 36 horas de tormenta”. El problema es cuando esa cantidad de agua cae en mucho menos tiempo.

El problema está bien representado en unos atlas de riesgo que Protección Civil actualizó en 2019. Ahí han quedado definidas al detalle todas las zonas propensas a inundarse, dónde hay arroyos y dónde ha habido inundaciones históricas, y todas las laderas inestables con potencial de deslaves. Y según Ceballos, su organismo va a “recibir una mesa de realidad aumentada, para poder visualizar cómo se comportará el agua en el momento en que llegue a los cañones”. Esos mapas de Protección Civil definen el cañón Los Laureles como epicentro de múltiples riesgos, tanto de inundación como de deslaves.

“Cuando llueve en Tijuana, la corrupción aflora en sus calles”

El doctor Juan Manuel Rodríguez, el investigador del Colef, es categórico al definir el problema: “No existen los desastres naturales. No es natural que hayamos construido hoteles frente al mar, o que las personas vivan sobre los arroyos porque no hay otras opciones para construir su vivienda. Entonces, llamémosle un desastre social”.

Los mapas de riesgo de Protección Civil los tiene también el área del Gobierno de Tijuana que otorga los permisos de edificación. Aún así, “habría que analizarlo caso por caso, pero a vista de pájaro no parece que se esté respetando, porque ves construcciones en zonas de riesgo”, opina Rodríguez. Las consecuencias de ese apetito por edificar las explica en su libro De lluvias y desastres: Un modelo para manejar el riesgo en Tijuana: “El rápido proceso de urbanización se traduce en aumento de la deforestación, lo cual implica cambios en las descargas pluviales, erosión y sedimentación”, señala.

Lluvias en Tijuana
El arroyo que se desarrolla en el cañón los laureles, entre basura desciende el agua que surge mayormente en las lluvias. Aimee Melo

En otra investigación un poco más antigua, de 1998, Víctor Alejandro Espinoza es más contundente: “La voracidad de los fraccionadores no tuvo límites, no importándoles las consecuencias de la destrucción de cauces naturales y desviación de arroyos. Cuando llueve en Tijuana, la corrupción aflora en sus calles”. Y responsabiliza del desastre a un tipo de desarrollo que “ha apostado por la ganancia fácil”.

Una tercera investigación de 2018, del Colef, añade números: “Más del 10% de la población (más de 153.000 habitantes), vive en zonas de alta vulnerabilidad a las inundaciones, y otro 18% (277.000 habitantes) en zonas de vulnerabilidad media-alta”.

Si la mañana del 15 de noviembre se hubiera superpuesto sobre Tijuana, como un holograma, ese mapa de vulnerabilidades, seguramente alguno de esos números habría flotado sobre la cabeza de José el Tortuga, en una esquina del cañón Los Laureles mientras movía la pala y sostenía un pequeño vaso de cartón para que los coches le metieran ahí algo de propina por limpiarles la calle. “Como estoy enfermo de los riñones, tengo una hernia y otras cosillas, pues no tengo trabajo”. Por eso cuando se crean ríos de lodo, basura y agua, José sale a la calle pala en mano para limpiar los destrozos con su chaleco amarillo fosforescente marca Puma para que se le vea bien. Es un trabajo con el que puede llegar a ganar 600 o 700 pesos (35 o 40 dólares) al día. “Pero llegan otros que también andan haciendo el talón [trabajando] y pues, ni modo de decirles, eh, vete. No, para todos hay”.


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