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El perdón de Damián Gallardo, el preso político torturado y encarcelado cinco años sin pruebas

El Estado mexicano pide disculpas en un acto público en Oaxaca al profesor y activista indígena por las “violaciones graves a sus derechos humanos”

Alejandro Encinas y Damián Gallardo Martínez
Alejandro Encinas y Damián Gallardo Martínez, durante el acto de disculpas.Carolina Jiménez Mariscal (Cuartoscuro)
Alejandro Santos Cid

Damián Gallardo dice que no acepta la muerte como una opción. Que la vida es amor y lucha: un camino que hay que andar para cambiar el mundo. Es difícil quebrar su voluntad de profesor rural. No lo consiguieron las torturas más crueles de la policía del presidente Enrique Peña Nieto; tampoco cinco años encarcelado por su militancia en defensa de la educación pública y libre, acusado sin pruebas de un delito que no cometió. “La prisión política en ningún instante ha hecho que me arrepienta de lo que hice. Me enseñó a fortalecerme como persona, en mis convicciones, mis lealtades. A partir de vivir esa experiencia tan brutal tengo claro que el aquí y el ahora, el presente, son los espacios donde hay que hacer las cosas, no solo pensarlas o decirlas: traducirlas a hechos”, sentencia al otro lado del teléfono con voz firme y la retórica de un maestro que sienta cátedra ante un aula abarrotada.

Hace solo unas horas, durante la mañana de este jueves, Gallardo fue protagonista de un evento con escasos precedentes en la historia. El Estado mexicano, personificado en la figura de Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos, ha pedido perdón en un acto público en Oaxaca al profesor. El evento supone el reconocimiento de las autoridades de las “violaciones graves a sus derechos humanos” y la “detención arbitraria y tortura” que sufrió el activista, miembro del pueblo ayuujk y defensor de los derechos indígenas. Antes de eso, en 2014, un comité de las Naciones Unidas estableció que no solamente se habían vulnerado “seriamente” sus derechos humanos, también “la obligación de protección debida a un defensor de derechos humanos, particularmente de los derechos de los pueblos indígenas”, incluidas “prácticas repetidas de actos de tortura”. La acusación fue ratificada en 2021 por el Comité contra la Tortura de la misma ONU, que exigió a México una “reparación integral”.

Gallardo (Oaxaca, 53 años) confiesa ahora que el perdón público le ha generado sentimientos encontrados. “El hecho de que nos ofrezcan este acto de desagravio resarce en gran medida el daño moral, pero no es suficiente. Es un peldaño en esta larga caminata en la búsqueda de justicia. Tenemos en Oaxaca compañeros presos políticos, sigue habiendo agresión a compañeros defensores del territorio”, asegura. Lo ejemplifica con el caso de Pablo López Alavéz, detenido en 2010 en lo que, de nuevo, la ONU calificó como una “detención arbitraria” y una violación a los derechos humanos del activista. Continúa en prisión, 13 años después. “Una medida de no repetición sería la libertad del compañero Pablo López. No hay avances a pesar de que en términos jurídicos se ha demostrado su inocencia. El problema de las violaciones de derechos humanos en México sigue siendo estructural, aunque se diga que no hay tortura se sigue torturando”, reitera Gallardo.

Un secuestro y 30 horas desaparecido

“Gobernaba Peña Nieto. Él estaba inmerso en una lógica neoliberal e impulsó una serie de reformas estructurales. Entre ellas, estaba la reforma educativa”, comienza a relatar Gallardo. Junto con sus compañeros, el profesor se opuso a la medida. Organizaron una oposición al presidente y en defensa de la educación pública. El día de su detención, el 18 de mayo de 2013, el maestro volvía a casa, en los Valles Centrales de Oaxaca, desde una comunidad de la región ayuujk donde estuvo sembrando una propuesta experimental para crear maíz híbrido. Mientras dormía un grupo de hombres armados y encapuchados reventó las puertas e irrumpió en su hogar. Era la una y media de la madrugada y cuando salió de su cuarto se dio de bruces con una maraña de fusiles que apuntaban contra él.

Empezaron los golpes. Le cubrieron la cabeza con cinta y su propia ropa. Lo introdujeron a la fuerza en un coche. Durante todo el trayecto continuaron los puñetazos. “Fue un proceso traumático. No sabía a ciencia cierta si iba a estar vivo, muerto, desaparecido”. Lo llevaron a una casa clandestina de la policía donde continuaron las palizas. Descargas eléctricas, bolsas en la cabeza para asfixiarlo. Estaba solo en una habitación, pero sabía que había otra gente detenida en el mismo lugar. Los agentes le dijeron que habían arrestado a su esposa y su hija e iban a torturarlas si no confesaba. El miedo le hizo firmar una “declaración prefabricada”.

—También tenían la intención de culpar a otras personas, me mostraron una serie de fotografías de personas que conozco de los movimientos sociales y preguntándome qué papel tenían, si eran líderes, si pertenecían a un movimiento armado. Fueron horas muy, muy, muy duras. Solamente quien haya padecido tortura lo entiende.

Mientras las torturas se sucedían en aquel centro de detención clandestino, en la calle la familia de Gallardo y sus compañeros de lucha política se movilizaban a contrarreloj para encontrarlo. No existe un registro legal de su detención, ningún documento que acredite su arresto. “Yo era candidato a una desaparición forzada”, asume ahora. El ruido que levantaron sus allegados fue lo que lo salvó. Después de 30 horas aislado del mundo, fue encarcelado en el penal de máxima de seguridad Puente Grande, en Jalisco, a más de 16 horas de su tierra.

“La cárcel es un verdadero infierno”

“La escuela de Guantánamo está aplicada en los penales de máxima seguridad”, ilustra Gallardo. Su recibimiento fue en forma de golpes, humillaciones y gritos. Una vez en la cárcel, la tortura se volvió rutina. El aislamiento era constante. “Tienes prohibido el contacto humano, la solidaridad: compartir una galleta, agua”. Los guardas extendieron entre los reclusos el rumor de que era un secuestrador de niños. “Fue un shock, estar de golpe con sicarios, jefes de plaza, líderes de carteles, me causó bastante temor, aunque en el proceso también fuimos descubriendo la calidad humana que tienen a pesar de todo. La prisión fue una gran escuela porque aprendimos a descubrir que somos resilientes a muchas cosas, pero también que no hay ningún espacio ni tiempo en que no se pueda hacer una lucha por la dignidad humana”.

Traducción: Gallardo continuó su militancia en la cárcel. Consiguió organizar a los presos para protestar por las condiciones inhumanas como los registros aleatorios en los que les hacían desvestirse y hacer sentadillas mientras los guardias revisaban “testículos, boca, dedos de los pies... era realmente humillante”. La prisión estaba entonces sobre poblada, con unas 2.000 personas en un espacio diseñado para 900. Las celdas de dos metros por cuatro eran compartidas por cuatro o cinco internos. “Era un verdadero infierno”. El profesor también dio una lección de resistencia entre rejas y en respuesta el 90% del penal hizo tres huelgas de hambre.

Aun así, el aislamiento amenazaba con quebrar su espíritu. “No poder ver a mi familia, a mi compañera, a mi hija, a mis padres. Estábamos en Jalisco y somos de Oaxaca, es una distancia superlarga, y eso pesa mucho. También ver las injusticias dentro del penal, un sistema totalmente opresivo que está enfocado a eliminar tus rasgos humanos”. Cuando, cinco años después, por fin, fue liberado, descubrió que el trauma no se quedaba entre las rejas de Puente Grande. “La libertad es otro evento traumático, las cosas ya no son lo que eran. Mi hija tenía nueve años cuando fui recluido, cuando salgo tenía 14. La prisión también te quita facultades, sobre todo de análisis y reflexión, pero también físicas: estás confinado a un espacio de dos por cuatro metros durante 22 horas al día, salir a la calle implica un reto de volver a retomar, rehacer, retejer relaciones”.

Las secuelas se sienten todavía hoy, cinco años después de su liberación. Algunas psicológicas, como una cierta tendencia al aislamiento, un gusto adquirido por el silencio o una forma de relacionarse con el resto más brusca y directa. Otras físicas: problemas de vista, daños pulmonares, un problema para medir distancias, todo fruto del aislamiento en celdas minúsculas. Nada de eso, sin embargo, le impidió volver a su trabajo como profesor y su lucha política. “Mi vocación es la educación popular y comunitaria. Inmediatamente, al salir de prisión, retomé mi pasión y con un colectivo creamos el Centro Universitario Comunal en San Antonio Huitepec, y la Universidad Autónoma Comunal de Oaxaca, 16 centros educativos con un paradigma totalmente distinto al modelo tradicional. También acompañamos procesos de personas o autoridades agrarias vinculadas a la defensa del medioambiente y a generar iniciativas contra el cambio climático desde las comunidades”.

De su paso por prisión, Gallardo dice que se queda con las cosas buenas, si es que puede haber tal cosa cuando tu horizonte son cuatro paredes oscuras y la libertad, un recuerdo. Este jueves, con su perdón público, se ha sentado un precedente clave para otros presos políticos como Pablo López: un camino a seguir para que el Estado mexicano reconozca, repare y corrija la represión contra sus disidencias.

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Alejandro Santos Cid
Reportero en El País México desde 2021. Es licenciado en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Madrid y máster por la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS. Cubre la actualidad mexicana con especial interés por temas migratorios, derechos humanos, violencia política y cultura.

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