El feminicida del Suntory: un hombre de gustos caros y manejos oscuros que desenfundó la pistola contra su esposa

El empresario mató a su esposa, la cantante Yrma Lydya, en un restaurante japonés de Ciudad de México

El abogado Jesús Hernández Alcocer tras su detención el pasado 23 de junio, en Ciudad de México.
El abogado Jesús Hernández Alcocer tras su detención el pasado 23 de junio, en Ciudad de México.Fiscalía CDMX

A toro pasado, algunas muertes podrían calificarse de crónicas anunciadas. Es, quizá, el caso de la cantante mexicana Yrma Lydya, pareja de un hombre del que estos días se revelan numerosos detalles de su personalidad y su modo de conducirse. Ninguno bueno. Jesús Hernández Alcocer asesinó a tiros a la mujer de 21 años en el restaurante Suntory, el jueves pasado por la noche, delante de todos los que allí estaban. El impacto que cobró de inmediato el crimen no se debe solo a su espectacularidad y descaro, ni en exclusiva a la fama de la muchacha, pronto se supo también que el que accionó el gatillo era un hombre de influencias en el mundo judicial y político, bien conocido en algunas esferas públicas. Tanto es así, que algunos temen que el juicio por este asesinato pudiera quedar impune o sin el castigo que precisa.

Debido a su presencia en la vida pública y en asuntos noticiosos, como el caso de fraude del obispo Onésimo Cepeda, del que salió absuelto en 2015, varios periodistas lo conocieron, porque fue dizque su defensor, y hoy rememoran su encuentro con él. Nada bueno. El escritor y reportero Emiliano Ruiz Parra traza un perfil del feminicida cercano a los gánsteres de los años Veinte del siglo pasado, tanto en su ostentosa indumentaria como en su fanfarronería. Lo mismo presumía de haberse entrevistado con el papa Juan Pablo II que le pedía un besito a la mesera que les atendía en el restaurante. Esto fue hace años, pero los que han tenido contactos con él en las últimas semanas cuentan que su comportamiento no ha cambiado. Hoy duerme en el reclusorio Norte mientras la justicia sigue su curso.

La cantante Dulce, que compartía escenario con la desventurada Yrma Lydya, contó a este periódico que Hernández Alcocer alardeaba constantemente de sus contactos jurídicos. “Si tienes algún problema con la justicia solo tienes que decírmelo que yo te lo resuelvo”, solía decirle a la artista. También cuenta que la madre de la asesinada no tenía ninguna simpatía por su yerno, que superaba en 58 años la edad de su hija. Quizá notaba cómo Hernández Alcocer pretendía separarla de Yrma Lydya. La cantante fallecida le ocultaba al esposo cuando visitaba a su madre, y seguía su trayectoria, con los tres guardaespaldas que él le había puesto controlando cada paso que daba.

Los contactos del feminicida del Suntory con gente importante no se circunscriben al ámbito judicial, ni se quedan en el pasado. También se han conocido relaciones con el mundo militar y el político, de ayer y hoy. El periodista Raymundo Riva Palacio cita fuentes militares para relatar la conexión con el general Audomaro Martínez Zapata, director del Centro Nacional de Inteligencia de México, por ejemplo, y menciona que el abogado despachaba en el restaurante prácticamente a diario con la pistola colgando al cinto, dicen que chapada en oro. Con el general, relata el analista, les unía una empresa de seguridad a nombre del hijo de este.

Retrato de la cantante Yrma Lydya y del abogado Jesús Hernández Alcocer.
Retrato de la cantante Yrma Lydya y del abogado Jesús Hernández Alcocer.RR.SS.

Tanto presumía el ahora encarcelado, que es difícil determinar hasta dónde era cierta su influencia o cuánto había de bravuconería. Al escritor Ruiz Parra le ofreció de todo en aquella cita de 2013, menos lo que él buscaba: información veraz para escribir sobre la jerarquía católica a raíz del caso del obispo de Ecatepec. Compartía mesa, dice, con otros comensales que le sugerían un negocio de empeño de joyas y automóviles, con un hombre que dijo ser su hijo, y con una novia también veinteañera. Hernández Alcocer ha tenido otras dos parejas, que también murieron.

Así pues, noviembre de 2013, un salón privado en el restaurante Max Prime, cuatro de la tarde. Como capo de película, vestía camisa blanca de seda bajo un traje de sastre de rayas, tirantes. El reloj y la corbata llenos de brillantes. Para escribir de la jerarquía católica, como pedía el reportero, tendría que esperar a que él se muriera, soltó el abogado, que por entonces no lo era. Sacó su licenciatura en leyes apenas en 2017, por tanto, si defendía algunos casos lo haría de forma extrajudicial.

A Emiliano Ruiz Parra, con quien este periódico ha conversado por teléfono, le ofreció en aquella mesa entrar en política. Si quería el PRI, le presentaba a Emilio Gamboa; si el PRD, a Jesús Ortega; si prefería el PAN, ahí estaba su amigo Luis Alberto Villarreal. Ofrecía sus contactos como el que se abre el saco y deja ver, colgados del forro de la prenda, un surtido de relojes.

¿Qué no gustaba esa mercancía? Tenía otras. Le habló de sus obras de arte y le propuso una comisión por vender, por ejemplo, un Rubens, una pieza de marfil, una obra de Bernini, en concreto un fauno. “Y me mostró una nota publicada en una revista gringa, American Lawyer, donde aparecía él bajo el apodo de El Padrino. La verdad es que nunca busqué esa revista, pero todo lo demás de aquella reunión está mi cuaderno y en mi memoria”, dice Ruiz Parra, que trabaja en un proyecto de periodismo de investigación, Corriente Alterna, para los alumnos de la UNAM.

El Tirantes tenía su pasado religioso: un niño que quiso ser sacerdote pero acabó expulsado del seminario. Eran aquellos años en que las órdenes religiosas obligaban a los pupilos a vestirse y desnudarse sin que se les viese el cuerpo, también lo hacían las monjas. Al feminicida le parecía un recuerdo digno de contar el que los religiosos les enseñaran así “a cuidarse de los maricones”. De mayor tuvo un confesor, José Luis Guerrero, contó también a Ruiz Parra, “al que le ofrecieron ser juez del Tribunal de la Rota, el que se encarga de deshacer matrimonios católicos de famosos y acomodados”. El cura rechazó el puesto, para disgusto de Hernández Alcocer. “Ahí se manejan los divorcios de los reyes, con un divorcio así no habría vuelvo a trabajar en mi vida. Yo hubiera divorciado a Vicente Fox”, seguían las fantasmadas de la reunión de aquella tarde en el restaurante, ante un periodista que iba grabando todo en su memoria.

Antes de asistir a aquella cita, Ruiz Parra activó su protocolos de protección. Ya entonces el empresario, como se daba a conocer, tenía fama de ser un personaje oscuro y relacionado con las fuerzas de seguridad del país, incluido el secretario García Luna, que fue responsable de la policía en tiempos de Felipe Calderón y que ahora está en la cárcel en Estados Unidos. “Les dije a mis amigos que me reuniría con él en aquel restaurante, que iría solo y que ya sabían dónde podían buscarme si no me reportaba”.

Hace unas semanas, el feminicida y su esposa tuvieron una comida en su casa del Pedregal. Allí estaban compositores y relaciones públicas, todos ellos trataban de relanzar la carrera de la cantante, para lo que su marido dijo no tener límite: lo que fuera necesario. Yrma Lydya vestía ese día muy elegante y se había puesto sus joyas. Allí cantó para ellos, recuerda el relaciones públicas de la artista, Víctor Hugo Sánchez. Interpretó un bolero de Armando Manzanero, Señor Amor: “Lo hizo muy bien”. Los que visitaron la casa la recuerdan enorme y con objetos de lujo. El buen vino y los rudos modales son comunes en los relatos que estos días circulan sobre el feminicida.

Hernández Alcocer abandonó el sigilo que le ha acompañado en sus negocios la noche del jueves 23 de junio, cuando apretó el gatillo contra su joven esposa bajo las luces del restaurante Suntory. Pasado el momento, volvió a sus negocios: quiso comprar su fuga a los agentes que lo retenían para llevarlo ante la justicia, pero estos no se dejaron sobornar. Las imágenes muestran al Tirantes esposado a la espalda, con su camisa blanca y su pantalón gris, los mismos tonos que la corbata. Llevaba un cubrebocas negro. Así salió del restaurante donde las camareras “solían llevar fajas que les constreñían la cintura”. Y donde alguna vez se le oyó regañar con desparpajo y sin modales a los meseros que le rendían pleitesía. “Ya vienes a poner tu cara de chango”, le espetó a uno de ellos. Fue en noviembre de 2013.

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