Zoe, la joven trans atacada con ácido en Guadalajara: la nueva cara de la discriminación en México

La mujer se encuentra fuera de peligro, pero presenta quemaduras en un 60% de su cuerpo. La Secretaría de Gobernación investiga al hospital que no quiso atenderla

Una imagen de redes sociales del momento en Zoe recibe ayuda por parte de paramédicos.
Una imagen de redes sociales del momento en Zoe recibe ayuda por parte de paramédicos.

El martes en la madrugada Zoe estaba parada, junto a una compañera, en la puerta de un hotel del centro histórico de Guadalajara, en el Estado de Jalisco. Se le acercó un hombre, le hizo un par de preguntas y se marchó. Regresó en una motocicleta con ácido corrosivo que arrojó a la cara, al pecho y a las piernas de Zoe. Muy rápido llegó un equipo de paramédicos para llevarla a un centro médico: las quemaduras ocupaban el 60% de su cuerpo de 26 años. El primer hospital, privado y religioso, se negó a atenderla. En el segundo, le dieron el alta en unas horas, porque estaba estable, y la mandaron a casa. A los dos días, Zoe tuvo que ser operada de urgencia durante horas, para tratar de reconstruir parte de su piel, para salvarle un ojo. Ahora, grave pero fuera de peligro, sigue ingresada tratando de recuperarse de las violencias que como mujer transgénero tuvo que sufrir en un mismo día, en unas pocas horas. Ajena a las entrevistas, Zoe se ha convertido en el nuevo rostro de la discriminación en México.

La noticia y la indignación saltaron rápido. En la calle Francisco I. Madero, en pleno centro de la capital jalisciense, a pocos metros de un botón de pánico y rodeada de cámaras, una mujer había sido atacada con ácido. “Es el primer ataque de este tipo que se registra en el Estado, no estábamos acostumbrados a este tipo de violencias”, señala a EL PAÍS Andrés Treviño, director de Diversidad Sexual del Gobierno de Jalisco. El agresor huyó y hasta el momento la Fiscalía no ha dado con su paradero.

El hospital más cercano para atender a Zoe, que presentaba quemaduras de segundo y tercer grado especialmente en la cara y en el pecho, era el Santísima Trinidad. El personal le negó la entrada. En un primer momento adujeron que a la joven le faltaba la documentación, días después, requeridos por la prensa, su directora explicó que no tenían la capacidad para atender ese tipo de casos. “Fue un total acto de discriminación, de transfobia. Están obligados ante la ley a atender a las emergencias”, apunta Fascinación Jiménez, presidenta de la asociación Unión Diversa Jalisco, que ha dado acompañamiento al caso de Zoe.

Treviño y su equipo han comenzado dos procesos para investigar si la actuación del hospital Santísima Trinidad fue discriminatoria. Por un lado, se ha iniciado una queja en el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), a nivel federal. “Estas agresiones contra personas trans generalmente tienen como antecedentes estigmas, prejuicios y estereotipos que enfrentan cada día solo por no ser consideradas personas ‘normales’”, ha expresado la Secretaría de Gobernación en un comunicado. Por otro lado, el hospital también va a ser investigado a nivel estatal por la ley de Salud.

Junto a sus familiares, Zoe fue derivada a un segundo hospital: el Cruz Verde. Ahí recibió la primera atención y fue dada de alta en unas horas. Se encontraba estable y fuera de peligro, según el comunicado inicial de la Fiscalía de Jalisco. “A nosotras nos sorprendió que ya la mandaran a casa, pensamos que se trataba entonces de heridas superficiales”, cuenta por teléfono la presidenta de Unión Diversa Jalisco.

A partir de este momento, Treviño asegura que su equipo trata de hacer un seguimiento de Zoe en la dirección de su casa, en un hotel, y no logra encontrarla hasta un par de días después en el departamento de su novio. A ambos les ofrecen apoyo tanto psicológico como para cuestiones médicas. Por su lado, Unión Diversa Jalisco logra contactar con los hermanos de la víctima que aseguran que la joven se siente muy mal. Fascinación Jiménez afirma que son ellas las que la canalizan a un hospital para que reciba la atención. El jueves por la noche, Zoe ingresa directamente a quirófano, donde es sometida a varias operaciones de reconstrucción. El viernes por la tarde, Jiménez advertía que probablemente deba volver a ser operada, aunque su vida está fuera de peligro.

Zoe es la mujer número 21 que sufre un ataque con ácido en México, desde el año 2000, según un conteo de la activista Carmen Sánchez y la investigadora Ximena Canseco. Para el Conapred estas agresiones tienen una profunda carga simbólica machista: “Dejar en el rostro desfigurado y en el cuerpo de la víctima la estampa de su crimen, de sus celos, de su odio. Una huella imborrable y dramática”. La ONU considera los ataques de ácido una “devastadora” forma de violencia de género. Meryem Aslan, responsable del Fondo Fiduciario de Naciones Unidas, apunta que el uso de productos como el ácido sulfúrico —que se extraen muchas veces del motor de los coches o motocicletas— es un acto premeditado con el que el agresor persigue un objetivo claro: “Tiene la intención de causar daños físicos y psicológicos brutales a la víctima, de provocarle graves cicatrices y condenarla al ostracismo”.

El Gobierno de Jalisco ha reconocido que la agresión a Zoe no es un hecho aislado, sino que forma parte de un contexto estructural de discriminación que sufre la población transgénero. El año pasado, según la organización Letra S, 43 mujeres trans fueron asesinadas. Esa noche de octubre, el cuerpo de Zoe fue atravesado por varias de esas violencias. “Desde el agresor, que le aventó el ácido, después el hospital que le negó la atención y por último la revictimización de muchos medios de comunicación que la definieron como hombre u hombre travesti”, apunta Fascinación Jiménez, “fue víctima de una transfobia que está en el sistema”.

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Beatriz Guillén

Redactora de EL PAÍS en México. Trabaja en la mesa digital y suele cubrir temas sociales. Antes estaba en la sección de Materia, especializada en temas de Tecnología. Es graduada en Periodismo por la Universidad de Valencia y Máster de Periodismo en EL PAÍS. Vive en Ciudad de México.

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