Columna
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Violencia obstétrica en pandemia

En un contexto amplio de violencia en el que los feminicidios son la punta del iceberg, la violencia sistémica en contra de las mujeres tiene muchas formas, y la violencia obstétrica, una de ellas, se ha agudizado durante la crisis sanitaria

Un recien nacido en el área de urgencias del Hospital Materno Perinatal “Mónica Pretelini Sáenz” del Estado de México, el pasado 25 de mayo.
Un recien nacido en el área de urgencias del Hospital Materno Perinatal “Mónica Pretelini Sáenz” del Estado de México, el pasado 25 de mayo.Monica Gonzalez (EL PAIS)

Sabemos que en la cuarentena se han incrementado los índices de violencia en contra de las mujeres: los feminicidios durante el mes de junio alcanzaron la cifra más alta de 2020. En este primer semestre, en México ha habido un total de 1.413 feminicidios, lo que nos habla de un problema aún sin atender por las políticas públicas. En un contexto amplio de violencia en el que los feminicidios son la punta del iceberg, la violencia sistémica en contra de las mujeres tiene muchas formas, y la violencia obstétrica, una de ellas, se ha agudizado en esta pandemia en parte porque atender los casos de la covid-19 ha sido prioritario para las instituciones de salud, lo cual ha jerarquizado a los y las pacientes en una estructura de por sí jerárquica. Entre abril y junio de este año, durante la cuarentena, hubo 235.000 partos en México, de los cuales más de la mitad fueron partos por cesárea (cabe decir que la OMS recomienda que la tasa de cesáreas por país sea menor al 15%). Que en la última década las cesáreas que se practican en México hayan ido en aumento se relaciona, en una gran cantidad de casos, con la violencia obstétrica que vulnera a las mujeres en el embarazo, parto y posparto. Antes me gustaría dar un paso atrás y traer acá un caso que ocurrió unos días antes de que comenzara la cuarentena como contexto. Elvia Ascencio, una mujer de origen purépecha, dio a luz en la sala de espera del Hospital Regional Los Reyes en Michoacán porque, luego de varias horas de no ser atendida, extendió una cobija y parió de rodillas en esa sala de espera, mientras un hombre la grabó para denunciar en redes sociales que nadie había atendido a la mujer. Ese video circuló en redes y llegó hasta el gobernador de Michoacán, quien habló de sancionar a los responsables, y ya de cara a la prensa por parte del hospital se justificaron diciendo que la mujer aún no había dilatado lo suficiente y que fue un “parto espontáneo”, pero Elvia Ascencio afirmó que llevaba horas esperando sin que nadie le hiciera caso. Me gustaría decir que el nombre de Elvia Ascencio no fue sencillo de encontrar porque la mayoría de las notas no la nombraban, la racializaban refiriéndose a ella como “una indígena”, si menciono esto para señalar que la violencia obstétrica en México además está cruzada por el racismo. Esto para decir que antes de la pandemia ha habido muchos casos como los de Elvia Ascencio –ella y su bebé ahora están sanas–, pero hay otros en los que las mujeres o los recién nacidos no corren con la misma suerte. También hay muchas otras mujeres que no son atendidas porque hablan una lengua originaria y en los centros de salud “no las entienden”, pero antes de entrar en más detalles en las intersecciones que hay con la violencia obstétrica, vamos otro paso atrás.

La violencia obstétrica se convirtió en un término legal hace relativamente poco, en 2007 se reconoció por primera vez en Venezuela y está descrita de la siguiente forma: “La apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres.” En México se tipificó un año después que en Venezuela con una descripción parecida. Aunque no se definen con detalle conceptos como “trato deshumanizador” y “el impacto negativo”, cosa que se presta a una gran cantidad de interpretaciones que pone en riesgo los derechos humanos. La violencia obstétrica ha sido descrita de distintas formas en el marco legal a lo largo de Latinoamérica en la última década y la OMS también los ha clasificado.

Pensemos que antes de la cuarentena había ya una gran cantidad de casos como el de Elvia Ascencio cruzados por el racismo, podemos imaginar una buena cantidad de casos se cruzan con la medicación innecesaria, el maltrato y las agresiones verbales y físicas, y discriminaciones culturales, económicas, religiosas, étnicas además de los prejuicios y estereotipos si son madres solteras y estos se acentúan si están en los rangos de edad extremos de la edad reproductiva –adolescentes y en sus cuarentas–, y ahora sumado a que el virus jerarquizó nuevamente a las pacientes dejándolas en unos escalones más abajo. No es nuevo que en ciertas formas de practicar la medicina, los pacientes sean un montón de síntomas antes que personas o que los pacientes sean las posibilidades de ingresos económicos para los hospitales privados, sin embargo, en esta jerarquización a la que orilló la pandemia, en la que los especialistas de la salud que tienen el conocimiento y están en la punta de la jerarquía, las mujeres con necesidades de atención ginecobstetra quedan aún más vulnerables porque están, además, en un contexto en el que el embarazo, el parto y el posparto no son relevantes.

Me gustaría también decir que esto no va dirigido en contra del personal de salud, sino buscando señalar un problema sistémico del que todos y todas podemos participar. Sobre todo en México. Acá hemos visto cómo en otros países aplauden y agradecen al personal de salud y apenas a inicios de semana, golpearon, robaron e incendiaron la casa de un enfermero que tuvo coronavirus para forzarlo a salir de su barrio. No va por ahí y ejemplos de la violencia en la que vivimos hay por todas partes. Sin embargo, la violencia obstétrica debe ser señalada y más ahora en tiempos de pandemia porque es el reflejo del patriarcado en las instancias de salud, tanto públicas como privadas. Y es importante también saber que puede ser denunciada.

También podemos reflexionarlo desde el lenguaje, pues se han normalizado estas conductas. Me he encontrado algunas de las frases que son reflejo de este tipo de violencia que dejan al descubierto cómo son estas relaciones jerárquicas, traigo acá unas pocas que son, sobre todo, lugares comunes. Por ejemplo, si una mujer se queja y grita durante el trabajo de parto, es común que le digan: “Cuando lo fabricaste no te quejaste tanto” o “si te gustó lo dulce, aguántate lo amargo” o variantes que aluden al placer sexual. Para justificar y programar cesáreas también es común que una mujer escuche: “Si no sale en la próxima contracción, te corto” o “si no sale por la puerta antes de tal hora, sale por la ventana” o “si quieres que te atienda tiene que ser por cesárea en tal fecha porque yo después viajo”. También son comunes los comentarios calificativos, del tipo: “Lo estás haciendo todo mal” o “se nota que eres primeriza” o “la mamá más que ayudar estorba”. O para justificar procedimientos que no fueron consultados con la paciente luego del parto: “Te corté porque estaba muy cabezón”, “te corté porque te movías mucho”, “de una vez te cerramos la fábrica”. En general los protocolos hospitalarios obedecen más a las necesidades de los profesionales de la salud que de las mujeres, como el hecho de que no se puedan hacer partos en posición vertical. Podría seguir, pero quizás un primer paso es cuestionarnos este tema y cómo lo nombramos, cómo lo abordamos, cómo permitimos que nos sea abordado y saber también que este tipo de violencia, como toda forma de violencia, debe parar.

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