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Mauricio Macri anuncia un plan de control de precios para aliviar la crisis de su Gobierno

El presidente argentino se rinde al populismo económico en la lucha contra la inflación

Enric González
El presidente Mauricio Macri en marzo pasado, durante un acto público en la provincia de Jujuy (norte).
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Mauricio Macri dispara sus últimos cartuchos. Frente a una inflación que ha puesto contra las cuerdas a su Gobierno, el presidente argentino ha anunciado un plan de congelación de precios y tarifas que se parece mucho a eso que prometió que nunca haría: la intervención en los mercados, tradicionalmente relacionada con el peronismo y el populismo. Según Macri, se trata de “generar alivio a corto plazo” para una población asfixiada por la recesión y el alza de precios. No cuesta deducir que el plan, establecido por seis meses, es decir, hasta las elecciones presidenciales de octubre, tiene también como objetivo mejorar sus posibilidades de permanecer en el cargo.

Se esperaba un discurso o algún tipo de intervención solemne, quizá en compañía de un grupo de gobernadores provinciales. Lo que los argentinos encontraron fue un video propagandístico que la Casa Rosada colgó en Facebook. Jaime Durán Barba, el ecuatoriano que gestiona la estrategia electoral de Macri, diseñó un encuentro del presidente con una familia del barrio bonaerense de Colegiales. “Hay que pasar la tormenta”, dice Macri en el video. “Todos necesitamos un alivio”, añade, un plan de contención de precios “hasta que las medidas de fondo empiecen a funcionar”. El ama de casa, con su hija en brazos, responde: “Necesitábamos escuchar algo así”. La mayoría de los ciudadanos habrían hecho tal vez un comentario menos complaciente.

Tras la difusión del video, los ministros Nicolás Dujovne (Hacienda), Dante Sica (Producción y Trabajo) y Carolina Stanley (Desarrollo Social) presentaron los detalles del programa. Consiste, según Dujovne, en un “pacto entre caballeros” con empresas productoras y distribuidoras para congelar durante seis meses los precios de decenas de alimentos básicos como aceite, harina, fideos, arroz, leche, azúcar, conservas y yerba mate, al igual que las tarifas de la electricidad y el gas, los billetes de transporte público y las tarjetas del móvil prepago. El Estado se hará cargo de los aumentos de tarifas previamente pactados con las empresas eléctricas, lo que supondrá un coste para Hacienda de unos 9.000 millones de pesos (unos 183 millones de euros).

Se preparan también medidas complementarias como descuentos en los comercios para los 18 millones de beneficiarios de ayudas de la Anses (Seguridad Social), rebajas en el precio de medicamentos para unos cinco millones de personas en situación de pobreza, ayudas a las pequeñas empresas para el pago de deudas tributarias y un modesto plan de subvenciones para la compra de primera vivienda que beneficiaría a unas 10.000 familias. Los ministros indicaron que no sólo se intentaba aliviar la dramática situación económica de la sociedad argentina, sino reactivar un consumo que se hunde: en marzo cayó el 8,9%.

Las empresas han accedido a controlar determinados precios por distintas razones. En su mayoría, porque prefieren respaldar a Macri antes que asumir el riesgo de un retorno de Cristina Fernández de Kirchner. Varias han aplicado ya previamente aumentos que les permitirán soportar bien la congelación. A ningún directivo se le escapa que la intervención gubernamental sobre los precios, aunque se disfrace de “pacto entre caballeros”, huele precisamente a kirchnerismo y a maniobra casi desesperada. Hace un año, justo antes de que estallara la crisis, la reelección de Mauricio Macri parecía casi asegurada. Ahora resulta muy dudosa, incluso sin conocerse aún quién o quiénes serán sus rivales peronistas en octubre.

El Gobierno de Macri insiste en que se trabaja para el futuro, en que las medidas macroeconómicas acabarán dando su fruto y en que el plan de control de precios no es más que un puente hacia una situación de estabilidad a fin de año. El inquilino de la Casa Rosada sufre, sin embargo, un problema de credibilidad. Macri llegó a la presidencia asegurando que controlar la inflación, que había atormentado a Kirchner durante el fin de su mandato, sería “fácil”. Ahora admite que es muy difícil. Al hombre que presumía de gestión económica le estalló la economía en las manos y ahora depende del Fondo Monetario Internacional, que ha prestado 57.000 millones de dólares y ha mostrado una inusual benevolencia, pero impone también unas medidas de austeridad que han provocado una recesión profunda: la economía argentina se contrajo un 3,5% en 2018, y no irá mucho mejor este año.

El jefe de gabinete de Macri, Marcos Peña, repite una y otra vez que Cristina Fernández de Kirchner será la rival peronista en octubre y que el rechazo hacia ella conducirá a la reelección de su jefe. Las cosas no están tan claras. Kirchner aún no se ha lanzado a la carrera. Y los actuales sondeos no garantizan a Macri ni siquiera superar la primera vuelta.

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