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Columna
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La favela no es un zoológico

Nadie tiene derecho a convertir las favelas en parques zoológicos a los que se va a ver “cómo son” aquellos pobres

Juan Arias

Muchos de los europeos que llegan a Río de Janeiro sienten una cierta atracción fatal por la miseria. Una vez un amigo español me dijo: “Tengo curiosidad especial en saber cómo son los pobres de las favelas”. A la de la Rocinha, actualmente ocupada por el Ejército y con una comunidad atemorizada por los tiroteos, la empresa Favela Tour llevó este lunes a 20 turistas franceses. Uno de aquellos habitantes, aún traumatizados por la violencia que están viviendo, comentó al blog O Antagonista que aquellos turistas le produjeron una sensación extraña: “Parece que somos seres de una especie diferente. Ni con la situación que estamos viviendo dejan los turistas de visitar la favela”.

Quizás se deba a que considerar las favelas como un zoológico donde visitar a algunos bichos humanos diferentes da cierto morbo y de ahí el que acabe perpetuándose el mito de esas más de 1.000 comunidades (un tercio de la ciudad maravillosa, como llaman a Río) que constituyen una reserva turística y de votos para políticos a la hora de las elecciones. Pasan por Río gobiernos de todos los colores y las favelas se perpetúan, segregadas, pobres y violentas. Solo las generosas experiencias, en la intimidad o en grupo, que ofrece ese escenario consiguen enfrentar el dolor de sus habitantes, condenados a ser diferentes de por vida.

Sólo quien ha nacido y sufrido allí, en esa cantera de talento y creatividad, es capaz de entender la complejidad y riqueza de aquellas comunidades, condenadas al mismo tiempo al estigma de la otredad. Uno de los hijos ilustres de las favelas, Joãosinho Trinta, padre del carnaval moderno en más de un sentido, acuñó con una frase hoy célebre la paradoja que supone la favela: “Al pueblo le gusta el lujo, a quien gusta la miseria es al intelectual”. Decía que él conseguía “transformar la basura en lujo", convertía restos de poliespán (unicel) en esculturas que parecían de marfil.

Como ya había subrayado el brillante antropólogo Roberto DaMatta, los carnavales nacidos en las favelas suponen el rescate de siglos de esclavitud y de la dura vida de los marginados. En los carnavales, cada uno se disfraza por un día en lo que soñaría ser y no puede. Quiebra los tabús. Así, Joãosinho explicaba: "Pedidle a un joven de la favela que desfile en el carnaval de esclavo. Lo que él quiere es ser rey. Esclavo ya lo es. Lo que le gusta es el lujo, no la miseria". Y sentenciaba: "Nadie tiene el derecho de decir no al absurdo".

Y nadie tiene derecho a convertir las favelas en parques zoológicos a los que se va a ver “cómo son” aquellos pobres, como soñaba mi amigo español. La mejor forma de ayudar a aquellas comunidades que acumulan años de abandono y explotación es luchar para que dejen de ser guetos para deleite de turistas y puedan transformarse en barrios como los demás de la ciudad, los que nadie necesita visitar para cerciorarse de que son trabajadores como nosotros y que no tienen cuernos ni rabos. La verdadera miseria no es la de las favelas sino la nuestra, la incapacidad de entender que lo que nos diferencia a uno de otros no es la pobreza ni la riqueza, sino la capacidad o incapacidad de empatía con todo lo que nos es diferente. Todo el resto es morbosidad burguesa.

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