Tortilla y salsa picante para llenar el estómago

52 millones de mexicanos viven en situación de pobreza o extrema pobreza Tonchintlán, una pequeña comunidad indígena del estado de Hidalgo, es un ejemplo

Comunidad de Tonchintlán, en el Estado mexicano de Hidalgo.
Comunidad de Tonchintlán, en el Estado mexicano de Hidalgo.David Olvera (SEIINAC)

La caja que llega a casa de Jacinto cada 15 días lleva una lata de atún, azúcar, jalapeños, medio litro de aceite de canola, frijoles, una bolsa de ‘corn flakes’, sal, sopa de lentejas, arroz y café. Forma parte del programa nacional de reparto de alimentos que reciben algunas familias mexicanas en situación de riesgo. En casa de Jacinto comen él, su esposa, sus ocho hijos y su nieto. A su comunidad - donde las familias tan numerosas son la norma - llegan 30 despensas como esa. A él le gustaría que en la caja hubiera sardinas porque no le gustan los ‘corn flakes’. “No es parte de su cultura. Los niños no los comen. A veces el Gobierno da respuesta a unas necesidades que no tienen”, dice Lourdes, una religiosa teresiana que vive en el mismo pueblo. Hace poco las familias recibieron unas sofisticadas cisternas metálicas para almacenar elote (maíz). Pero nadie las usa, porque el grano se pudre dentro, explican los vecinos.

Tonchitlán es una comunidad del Estado mexicano de Hidalgo, en el centro del país. Para llegar allí hay que seguir un camino sin asfaltar durante 45 minutos en coche en el que uno no se encuentra nada más que curvas y naturaleza. El pueblo salpica de construcciones de cemento el lado de la montaña que ocupa. No hay agua corriente en sus casas ni luz en sus calles. De hecho no hay calles, sino caminos de barro que separan las construcciones de hormigón y que se convierten en terreno peligroso cuando llueve. Quienes pasaron a EE UU de ilegales durante un tiempo tienen las casas más ‘sofisticadas’, que también son construcciones rectangulares en las colinas del pueblo.

La familia de Jacinto y las otras 130 que conforman esta comunidad son parte de la estadística que dice que en 2010 - fecha con los últimos datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) - casi el 36% de la población del país vivía en situación de pobreza y que otro 10,5% lo hacía en extrema pobreza (52 millones de mexicanos en total). En el Estado de Hidalgo esas cifras suben al 42,5% y 12%, respectivamente. Pero con solo pasar unas horas en Tonchitlán uno se da cuenta de que aquí se rompen todas las estadísticas.

La pequeña Leticia anda descalza de un lado a otro y no se atreve a hablar ante los extraños. Tiene tres años pero por su estatura y peso es difícil creer que pueda llegar a los dos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2006, unos 153.000 menores de cinco años sufren desnutrición aguda o bajo peso para su talla. “La niñez indígena sigue enfrentando las mayores desventajas. El riesgo de un niño o niña indígena de morir por diarrea, desnutrición o anemia es tres veces mayor que entre la población infantil en general”, afirma un informe de Unicef. Tonchitlán es rural e indígena y 52 de sus niños sufren desnutrición.

Cuando el pasado 3 de diciembre los principales partidos mexicanos firmaron el Pacto por México, adoptaron 95 compromisos de cara al sexenio de la presidencia de Enrique Peña Nieto. El número 6 de esos compromisos es “garantizar que ningún mexicano padezca hambre”. Fecha límite: segundo semestre de 2018.

“La realidad es que no hay mucha gente en México que pase hambre porque siempre hay una tortilla (una masa redonda y aplanada a base de maíz) que llena el estómago, pero otra cosa es la calidad de la alimentación”, explica Rafael Castelán, de la asociación civil Servicios de Inclusión Integral (SEIINAC), una organización que trabaja con comunidades rurales. “Es muy habitual ver que las familias solo comen tortillas con salsa picante”, confirma la hermana Lourdes. De 2000 a 2011, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la desnutrición ha provocado la muerte a 102.568 personas, una media de 8.547 al año. Ese día, en la cocina de Jacinto, una construcción cuadrada de cemento con fuego para cocinar, su mujer muele café arrodillada en el suelo mientras se prepara la masa de elote para poder hacer tortillas.

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La base de la alimentación en Tonchitlán es el maíz y los frijoles que ellos mismos cultivan, como en la mayoría de las zonas rurales del país. El precio de las tortillas ronda los 10 pesos el kilo (0,6 euros). Es de lo poco que pueden comprar porque este pueblo come de lo que siembra y sigue utilizando el trueque. Apenas hay dinero en metálico más que el que reciben de los programas gubernamentales como el ‘Oportunidades’ o con pequeños trabajos en pueblos cercanos. Algunos de sus habitantes –muchos apellidados Hernández más por tradición que por genealogía- han trabajado en maquiladoras o en obras en las que cobran unos 500 pesos a la semana (aproximadamente 30 euros).

Aurelio trabajó en la obra en Pachuca (a unas cuatro horas de Tonchintlán). El otro día quiso ir hasta allí pero no pudo: no tenía para pagar los 35 pesos del pasaje (algo más de dos euros). Durante cuatro años estuvo de ilegal “p’al otro lado”. Delgado, curtido por el sol y aparentando mucho más de los cuarenta y pocos que tiene, se queja de las pocas ayudas del Gobierno, de lo olvidados que están. “Está triste la vida aquí”, resume. Pero no quiere volver a emigrar: “En ciudad necesitas puro dinero. Aquí vivimos en comunidad. Aunque en abril y mayo ya va faltando la alimentación”. Melesio, el dueño de una de las pocas tiendas del pueblo, ha colgado en la puerta un cartel con la leyenda: “No confunda la amistad con el negocio. No fío”. Pero sí que lo hace. “Si no les doy se quedan tristes. Pa’ que no queden tristes les doy”.

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