Capítulo 2: El Camino costero de Javier Gutiérrez: “El mar cura todos los males del hombre”

En la segunda etapa de ‘Un paraíso en el Camino’, el actor recorre los 30 kilómetros entre Llanes y Ribadesella / Ribeseya junto al mar

La aventura natural del polifacético Javier Gutiérrez (Lluanco/Luanco, 1971) prosigue. El actor sigue transitando el Camino de Santiago y lo hace por su tierra querida, Asturias, casa nativa y paraíso elegido en el que buscar desconexión, reposo y paz mental. Seis etapas en seis días y un total de 150 kilómetros. Un periplo zen con un objetivo humilde, pero a la vez difícil de hallar en estos tiempos: la tranquilidad. “El mar ha sido casi como un psicólogo. Es una de las paradojas del Camino, sales con los pies más cansados, y la cabeza fresca”.

A Gutiérrez le toca, en este segundo capítulo de Un paraíso en el Camino, acometer la etapa Llanes-Ribadesella / Ribeseya, un maravilloso camino plagado de sorpresas, emociones y deslumbrantes paisajes. Casi 30 kilómetros en los que un amplio elenco de asturianos —de artistas a agricultores o cocineras— le descubrirán al actor bondades como los Picos de Europa, los campos de maíz y fabes, el sabroso arroz con pitu y recónditas playas. Comenzamos.

A primera hora de la mañana, con el frescor propio del norte, el actor parte de Llanes, una villa de aire marinero enclavada cerca de los Picos de Europa que alberga una gran vida cultural y social —sobre todo en verano—. El epicentro económico es el puerto pesquero, un lugar que surtió de riqueza a la comarca durante varios siglos. Por aquí entraban sal, telas, hierro, aceite y productos manufacturados, y salían madera, naranjas, castañas, avellanas, nueces, manteca y salazones. Hoy lo corona un espigón singular: es la obra del artista vasco Agustín Ibarrola, Los cubos de la memoria. Protegido por una muralla del siglo XIII, su casco histórico, además, ha sido declarado conjunto Histórico-Artístico. De este corazón de la ciudad, en la que se pueden ver picos y torres de otros tiempos, han salido localizaciones para películas como El orfanato o Historia de un beso.

Gutiérrez camina por una senda costera entre la sierra del Cuera y el Cantábrico, por donde se pueden admirar restos del paleolítico. En estos campos de Llanes, cargados de historia —aquí comenzó la Reconquista—, destaca el cultivo de maíz y fabes, así como una genuina ganadería. En su ruta hacia Celoriu alcanza antes los enclaves de Alburri y Poo, donde emergen bellas playas en las que meter los pies, como hace el actor. Es zona también de castros: Poo, Pelau, San Martín, Gaiteru, Amielles… Poco después se pasa por La Boriza, señal de que Celoriu está cerca, municipio en el que se halla el monasterio de San Salvador, cenobio que hace 1.000 años impulsó la agricultura local. A unos pasos más otra playa, esta, la de Las Cámaras, el final de este tramo del trayecto.

Entre Niembru y Barru se alza un emblemático cementerio, aún en el concejo de Llanes, ubicado en una península azotada por el viento y la marea. Conviene visitarlo en pleamar, cuando la visión de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores es casi mística, reflejada contra las aguas cantábricas. Podremos liberar adrenalina, y disfrutar de un sueño reparador después, en deportes de aventura como el paddle surf, que se puede practicar en la ensenada que domina esta zona.

Los siguientes pueblos —Naves, Villahormes, Piñeres de Pría o Cuerres— son idóneos para parar y degustar la gastronomía típica de la zona. Gutiérrez hace parada en Casa Marcial, donde disfruta de un arroz con pitu (pollos que se alimentan de forma natural) elaborado a fuego lento por Esther. Tanto ella como su hermano Nacho han sido nombrados embajadores de la Cocina de Paisaje, denominada así por respetar el producto de kilómetro cero. La tradición.

La completa jornada termina en Ribadesella / Ribeseya, un pueblo de encantadoras casonas indianas a pie del mar, enclave turístico y animado donde los haya y sede del multitudinario Descenso Internacional del Sella. Los aires marineros del municipio saltan a la vista, y no solo porque fuera zona de pesca ballenera en el pasado y porque hoy todavía se dé la de alta mar, la de bajura o la del salmón; también por su industria sazonera y su comercia marítimo, industrias que dejan su huella en el casco histórico.


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