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Esa chispa azulada

Quizá esta nueva aventura espacial nos haga mejores. Aunque lo dudo. A los humanos se nos da fatal madurar

Una imagen de la NASA de la Tierra vista desde Apolo 11 el 17 de julio de 1969. NASA / New York Times / ContactoPhoto

Uno de los primeros recuerdos de mi vida se remonta a una noche de invierno en un Madrid muy frío y por entonces también muy oscuro, sin apenas contaminación lumínica. Me veo allí, de pie en mitad de la calle de mi infancia, colgando de las manos de mis padres y mirando al cielo. Ya era raro estar levantada y fuera de casa siendo tan tarde, porque yo debía de andar por los cinco años; pero aún resultaba más extraño comprobar que toda la avenida estaba llena de personas paradas y con los ojos clavados en el firmamento. Silencio, expectación, algo de viento, nuestra respiración condensándose en ...

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Uno de los primeros recuerdos de mi vida se remonta a una noche de invierno en un Madrid muy frío y por entonces también muy oscuro, sin apenas contaminación lumínica. Me veo allí, de pie en mitad de la calle de mi infancia, colgando de las manos de mis padres y mirando al cielo. Ya era raro estar levantada y fuera de casa siendo tan tarde, porque yo debía de andar por los cinco años; pero aún resultaba más extraño comprobar que toda la avenida estaba llena de personas paradas y con los ojos clavados en el firmamento. Silencio, expectación, algo de viento, nuestra respiración condensándose en diminutas nubes. De pronto, una estrellita comenzó a caminar con rapidez dibujando un arco en la negrura. Era el Spútnik ruso, el primer artefacto en orbitar el planeta, el momento más trascendental de la carrera espacial, mucho más que el alunizaje, porque fue la primera vez que el ser humano se liberó del útero asfixiante de la atmósfera terrestre. Abrimos la puerta al universo y yo lo vi con mis propios ojos, y por eso quise ser astronauta, y participé, en mi niñez y adolescencia, de la embriaguez de la exploración del cosmos que en aquellos años se vivía.

Y es que, por entonces, los humanos nos sabíamos pequeños y eso no parecía molestarnos. Al contrario, nos llenaba de admiración y pasmo, de una embelesada hambruna de conocimiento, del ansia por desentrañar la inmensidad del cosmos. Pero luego, después de pisar la Luna, todo empezó a decaer. Cambiaron los vientos del pensamiento, de la política y de la economía, nos hicimos más cerrados y yo diría que menos felices. Quizá el último momento de ese pasajero impulso trascendente y hermoso fue la foto de la Tierra que tomó la sonda Voyager 1, por petición del genial científico Carl Sagan, el 14 de febrero de 1990. La cámara estaba a 6.000 millones de kilómetros de distancia, de modo que nuestro planeta apenas es una chispa de luz azulosa en la inmensidad de la negrura. Sagan incluyó la instantánea en su libro Un punto azul pálido, con la esperanza de que esa lejanía colosal, esa perspectiva abrumadora, nos hiciera comprender la poca cosa que somos, para así poder superar nuestra miserable pequeñez (el odio, la avaricia, la furia) con su grandeza.

Ni qué decir tiene que no sucedió nada de eso. Aquí estamos, hundidos hasta las rodillas en un barro de sangre, incendiando una vez más el mundo. Los humanos olvidamos enseguida todo y somos pertinaces en nuestra estupidez, hasta el punto de que ahora las redes están llenas de cretinos que dicen que lo de los viajes espaciales es un cuento. O sea, que en vez de mejorar me temo que empeoramos. En mis libros de ciencia ficción imaginé que, tras el encuentro con culturas alienígenas, los terrícolas abandonábamos las rencillas internas y nos uníamos en una nación común, pero, si lo pienso bien, es posible que sucediera lo contrario, esto es, que las diversas potencias intentaran una coalición con los álienes más violentos para dominar el universo. Y es que los desarrollos pesimistas parecen por desgracia los más probables. Hay una serie genial de ciencia ficción, For All Mankind (Para toda la humanidad), que muestra cómo se traslada al planeta Marte la misma feroz cerrazón que carcome la Tierra. Y la estupenda trilogía narrativa de Stanley Robinson, Marte rojo, Marte verde y Marte azul, viene a contar lo mismo, con el añadido de las variadas catástrofes ecológicas que podemos causar movidos por el ansia de explotar los recursos de los demás planetas.

Henos aquí, en cualquier caso, al comienzo de otra era espacial, en un mundo en llamas y agonía. Ojalá mirar al cielo nos apacigüe. Recuerdo ahora el estremecedor final de Ágora, la película de Amenábar sobre la astrónoma Hipatia; las imágenes muestran la carnicería desatada en la Tierra por el triunfo de los dogmáticos contra el espíritu científico, representado en el filme por esa famosa mujer del siglo V, a la que asesinaron. Y entonces la cámara se aleja de la escena en picado hasta que alcanza el firmamento y podemos ver el planeta entero, una bola impasible ante el descomunal sufrimiento de las hormigas humanas. Sí, más nos vale tener esta mirada telescópica, y rememorar el diminuto chispazo azulado, la foto de familia que el gran Sagan nos enseñó. Quizá esta nueva aventura espacial nos haga mejores. Aunque lo dudo, porque si hay algo que a los humanos se nos da fatal es madurar.

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