Historia de la obstinación
He aquí una hermosa mandíbula de 773.000 años, hallada en el norte de Marruecos, que parece observarnos desde un tiempo anterior al calendario. Perteneció, quizá, a un ancestro remotísimo del Homo sapiens. Pero es mucho más que un resto óseo: es una arquitectura. Sus ...
He aquí una hermosa mandíbula de 773.000 años, hallada en el norte de Marruecos, que parece observarnos desde un tiempo anterior al calendario. Perteneció, quizá, a un ancestro remotísimo del Homo sapiens. Pero es mucho más que un resto óseo: es una arquitectura. Sus alvéolos, alineados como pequeñas hornacinas, dan la impresión de haber sido hechos a mano, como si unos dedos hábiles y pacientes hubieran tallado el hueco exacto donde engastar luego los dientes, igual que un orfebre prepara, en un trozo de plata, el hueco donde alojar una piedra preciosa. No es así, lo sabemos; pero la ilusión persiste. Y esa ilusión dice de nosotros que seguimos buscando intención (quizá sentido) donde solo hubo necesidad. Y diseño donde solo hubo adaptación.
Una joya que ha atravesado los siglos, incluso los milenios, sin sufrir grandes daños. Se trata, pues, de un objeto humilde y monumental a la vez, un puente entre la carne y la piedra. En su superficie cuarteada se puede leer una biografía sin palabras: hambre, masticación, desgaste, silencio…
Pensar que nuestras bocas vienen de ahí es aceptar una genealogía mineral. Masticar fue una forma primitiva de comprender el mundo, de triturarlo y de tragárnoslo para hacerlo propio. Quizá por eso nos conmueve esta pieza. Nos recuerda que en el principio fue el morder. La mandíbula no dice quiénes somos, sino de qué estamos hechos: de esa especie de piedra viva que llamamos hueso. Hormigón biológico, se podría decir, esculpido por el tiempo. Una talla que aún continúa para adaptarnos obstinadamente a un mundo que sigue en construcción.