Nadie quema nada, pero todo arde
Debajo del retrato de George Washington, cuidadosamente enmarcado para convertirlo en símbolo, cuelga la Declaración de Independencia, protegida por cortinas que se abren o se cierran a gusto del consumidor, como el que baja la persiana del dormitorio cuando el domingo por la mañana entra demasiada luz. Quizá no h...
Debajo del retrato de George Washington, cuidadosamente enmarcado para convertirlo en símbolo, cuelga la Declaración de Independencia, protegida por cortinas que se abren o se cierran a gusto del consumidor, como el que baja la persiana del dormitorio cuando el domingo por la mañana entra demasiada luz. Quizá no hacían falta: la musealización (¡qué extraño sustantivo: musealización!) ya anquilosa o fosiliza lo suyo. Nada como colocar una joya histórica sobre una peana para que pierda su significado, si algún día lo tuvo. Y, al contrario: basta con instalar un bacín sobre un pedestal para otorgárselo (recuerden el famoso urinario de Duchamp). Son contradicciones del arte, qué le vamos a hacer. Ese famoso texto, que nació para incomodar al poder, aparece aquí reducido a decorado solemne. Si se desprendiera de la pared y se estrellara contra el suelo, el marco sonaría a ataúd roto, quizá a ataúd vacío. La escena es de una crueldad casi municipal. Arriba, el fundador, neutralizado por el óleo, que a veces funciona como camisa de fuerza. Debajo, un documento que habla de igualdad, rebelión y límites al poder. Y un poco más abajo todavía (donde arriba y abajo poseen connotaciones de orden moral) Corina Machado y Trump sonríen como quienes acaban de inaugurar una rotonda para organizar el tráfico mundial de diplomas noruegos.
Todo aparece planchado, aunque institucionalmente muerto, como el decorado de una peli cuando se termina la jornada de rodaje. No hay choque, pese a la acumulación de contradicciones cuidadosamente ordenadas. Nadie quema nada, pero arde todo.