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La palabra vivienda

Lo llaman ‘coliving’. Ya sabemos: en castellano contemporáneo las vergüenzas se disimulan murmurando en inglés

Hay palabras así: se pasan años, lustros remoloneando en cajones de burócratas muy alaorden siseñor y una tarde, de pronto, se pintan, se ponen aquel jean, los tacos buenos y salen a la calle. La palabra vivienda ...

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Hay palabras así: se pasan años, lustros remoloneando en cajones de burócratas muy alaorden siseñor y una tarde, de pronto, se pintan, se ponen aquel jean, los tacos buenos y salen a la calle. La palabra vivienda es una de esas: últimamente está en todas las bocas.

La palabra vivienda es tan latina como cualquier otra pero con un detalle: la terminación enda significa que lo que dice ese verbo debe suceder. Vivienda, entonces, es “la que debe ser vivida”, como delenda era Cartago, que debía ser destruida, y legenda o leyenda, eso que debe ser leído. Más de un etimologista despistado intentó que ese sentido se cumpliera; le dijeron no, señor, eso era antes. Ahora, en el capitalismo, vivienda es una mercancía como cualquier otra, que puede ser vendida o alquilada. Vivida ya es otro problema.

Que en este tiempo y lugar se ha convertido en el problema, o uno de los más graves. Llevamos años escuchándolo. Nos dicen por ejemplo que es la mayor preocupación de los menores de 30 años —esos que ahora son la mayor preocupación de tanta gente. Y no son sólo ellos, por supuesto: en las ciudades españolas abundan las personas que saben que nunca tendrán su propia casa y que deberán gastarse buena parte de su sueldo en alquileres, si es que alcanzan. Y que a menudo ni siquiera alquilan casas, solo un cuarto. Lo curioso —el síntoma de época— es que en general no se trata de comunidades de amigos o conocidos que se organizan para vivir juntos, como solía pasar, sino de propietarios que se dan cuenta de que así van a ganar más plata y alquilan cada pieza a quien mejor les paga. El propietario manda, el inquilino afloja: el orden de las cosas en invierno. Y lo llaman coliving, estúpida palabra; podrían haber usado, si no querían decir compañeros de piso, copisón o copisista o copi o incluso vecino, inventar algo. Pero ya sabemos: en el castellano contemporáneo las vergüenzas se disimulan murmurando en inglés lo que nos avergüenza.

Con living o sin living, el problema está. Lo conocemos, lo entendemos, nadie parece hacerle mucho caso. Los ejemplos de Viena, Copenhague y otras ciudades europeas muestran que la única forma de solucionarlo es que el Estado —algún estado, nacional, regional, municipal, gaseoso— decida intervenir en ese “mercado” para que deje de ser un mercado, para que sea por fin un derecho, construyendo lo suficiente para bajar los precios para todos y alojar a los más necesitados. (O, como decía mi tío Napo: ¿no es cierto que los derechos son de izquierdas?)

Pero no tenemos tanta plata, así que hay que elegir. Un cazabombardero Eurofighter 25, de esos que se compraron 20 últimamente, cuesta unos 110 millones de euros cada uno. Un edificio de ocho pisos, cinco pisos por planta, 40 familias casi cómodas, cuesta, me dicen, unos cuatro millones. Y no es por comparar, pero por suerte es mucho más común necesitar un cuarto de baño que un avión de guerra.

Ahora empiezan a verlo. Analistas han descubierto que algunos partidos de cierta izquierda han descubierto que la vivienda preocupa a sus posibles votantes y, hablándoles del tema, han conseguido que los voten. Estas semanas lo han hecho en Nueva York, en Dublín, en Holanda. La idea general es prodigiosa: que las izquierdas que quieran serlo entiendan que la única forma de que los voten suficiente es implicarse y dedicarse a los problemas reales de esos que quieren que los voten. (Hubo tiempos en que lo llamaban “política”; después la política pasó a ser otras cosas: juicios, insultos, arreglitos, los trajes bien cortados y tú más.)

Ojalá ahora lo intenten, lo consigan. Y así, entre otras cosas, podremos hablar en serio del problema de la vivienda: en el mundo hay entre 2.000 y 4.000 millones de personas que no tienen suministro de agua potable. Agua, digo, agua de beber y de vivir. Ni siquiera se sabe realmente cuántos son y, de todas formas, la diferencia es desdeñable: 2.000 millones más, 2.000 millones menos —son sólo personas. Con la electricidad parece que son solo 1.500 —millones, por supuesto— los que siguen viviendo antes de Edison. Y nadie contó, faltaba más, cuántos viven en chozas y ranchitos, su techo de lata, su suelo de tierra: problemas de vivienda.

Me enredé. Nada más despreciable que minimizar los problemas de los países ricos por aquello de que los de los pobres son mucho peores. Al fin y al cabo esto es Espagna, cogno, y lo que pasa en Angola es problema de los angoleses. ¿O se dirá angolegnos?

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