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Entrevista:Norbert Gstrein

'Los hechos y la ficción no pueden solaparse completamente'

El escritor austriaco es una de las grandes esperanzas de la literatura en lengua alemana. Los años ingleses es una compleja y cautivadora novela que reflexiona sobre el exilio judío y sus secretos.

Con dos relatos, una novela corta, tres novelas y varios premios, Norbert Gstrein se muestra como uno de los escritores en lengua alemana que mejor crítica ha tenido en los últimos años. Ello debido a sus libros Einer, Anderntags, O2, Das Register, Los años ingleses y Selbstportrait mit einer Toten. Ahora, de Gstrein (Mils, Austria, 1961) -que estudió Matemáticas en Innsbruck, y también estudió en Stanford (Estados Unidos) y Erlangen- Tusquets ha editado Los años ingleses, una novela por la que obtuvo en 1999 el premio Alfred Döblin.

PREGUNTA. ¿Qué le lleva a un autor nacido en 1961 a escribir sobre el destino de un emigrante judío en la Inglaterra de los años de la guerra y de la posguerra?

RESPUESTA. Esta pregunta la contestaré mejor en dos partes. La primera parte es muy general, ya que también podría ser una respuesta a ¿qué es lo que le lleva en definitiva a una persona a escribir, nacido en 1961 o en cualquier otra fecha? Es la pregunta más difícil para un escritor, una pregunta que, de hecho, no se puede contestar. Cómo me quedé prendido de esta historia en concreto, sólo lo puedo aclarar a posteriori con explicaciones improvisadas. Cuando finalmente me he metido en una historia es una situación parecida a un insecto que se dirige hacia una fuente de luz, y que ya no se puede apartar de ella hasta autodestruirse. Esto suena muy patético, me disculpará, pero cuando ocurre que diviso una fuente de luz, entonces empiezo a interpretar mi vida entera en función de ella, como si esta historia hubiese estado siempre allí para ser escrita por mí. Está claro que aquí se trata de una construcción improvisada. Se sobreentiende que el mundo existe a priori y no depende de mi escritura. En términos más concretos empecé esta novela cuando estaba haciendo investigaciones para otra novela (Selbstportrait mit einer Toten , Suhrkamp, 2000) que ahora le atribuyo a Gabriel Hirschfelder de Los años ingleses, una novela que él hubiese escrito sobre una promoción escolar y los cuatro encuentros de esta promoción transcurridos por orden cronológico inverso: un encuentro en los años noventa, uno en los setenta, uno en los cincuenta y uno antes de la guerra. La idea original era, a partir de 20 o 25 biografías que abarcan todo el siglo, ofrecer un panorama lo más amplio posible del siglo en Austria. Esto se me ha ido completamente de la mano, no conseguí organizar todas estas biografías de una manera paralela; sin embargo, me quedé enganchado de las biografías de exilio, de la gente expulsada por los nazis, de los que huyeron fuera de Austria o Alemania y sobrevivieron. Hay otra explicación de por qué me interesaron más estas historias que otras, y es que en todos mis libros anteriores el tema es la ausencia. Es lo que más caracteriza a mis personajes. Y cuando uno proyecta este estado de ánimo, esta visión de la propia existencia a una gran pantalla, entonces vemos que no es otra cosa que el exilio. Sin querer comparar el exilio de un fugitivo judío con la situación, mucho más confortable, de quien parte por su propia voluntad. Otra razón para ocuparme de esto era el malestar que me produjo la lectura de novelas que se ocupan de temas judíos, de autores no judíos nacidos después de la guerra. Las novelas que dan una buena salida a la cuestión son bienintencionadas, políticamente correctas. No hay nada que objetar, por regla general, a la posición del autor; sin embargo, esas novelas fracasan por anteponerlo todo a una benevolencia fortuita y no dejan lugar para reflexiones estéticas. Además hay otra cosa, que digo con reticencia, porque suena horrible: yo espero, sobre todo por motivos artísticos, una mirada más fría.

P. Hay una clara distancia del autor con su tema que se manifiesta en el hecho de que el judaísmo del protagonista apenas entra en juego.

R. La novela no pretende simplemente volver a narrar unos hechos históricos, sino también trata de cómo se pueden volver a abordar. Porque es un error pensar que los hechos y la ficción pueden solaparse completamente. Por eso mi intento es hacer visible las dos cosas bien separadas. Que por un lado estén los datos innegables de los crímenes cometidos con los judíos europeos; por otro, las ficciones más o menos logradas que se consiguen. E independientemente de cómo uno se acerca al tema, siempre hay una parte de interpretación. Y considero poco adecuadas para nuestro tiempo las novelas que no muestran por separado lo uno y lo otro.

P. Exige de sus lectores un trabajo propio, tanto a nivel reflexivo como en el proceso de investigación. Y los cambios de perspectiva narrativa llegan a veces a confundir al lector.

R. Es cierto. Por un lado refiero los hechos históricos; por otro, presento a la mujer que los averigua. Esto es para mí no sólo una decisión estética, sino casi una cuestión de decoro, aunque suene excesivo. Si no hiciera visible las averiguaciones que hay detrás, me sentiría como un intruso de las biografías de las víctimas de la catástrofe judía. Nunca quise dejarme llevar por las propias historias, ésa fue una de las razones por las que, durante mis pesquisas, cancelé dos veces citas concertadas con personas que habían estado en los campos de internamiento. Suponía, y creo no equivocarme, que las historias me hubiesen resultado tan fuertes que después no hubiera podido tomar ninguna decisión estética. Y las historias tienen que hablar por sí mismas.

P. Tal vez estas precauciones son necesarias, como demuestra el caso Wilkomirski, que escribió sus memorias de infancia en un campo de concentración, un emotivo best seller que resultó ser inventado.

R. Justamente, aunque en ese caso, que he seguido un poco, los reproches no se deberían dirigir contra Wilkomirski, sino contra la crítica literaria, totalmente entusiasmada con el libro, aunque había señales de que algo no encajaba, por ejemplo los recuerdos, que eran demasiado precisos. Wilkomirski sabía demasiado bien que le pasó a los dos, a los cuatro, a los cinco años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001