Michel Houellebecq: el profeta de la decadencia regresa a la música
El autor de ‘Las partículas elementales’ y ‘Aniquilación’, ganador del Goncourt y traducido a 40 idiomas, sorprende con un nuevo disco 25 años después del anterior y anuncia diez fechas en París
Visionario, distópico y polémico, Michel Houellebecq está más allá del bien y del mal. O al menos lo parece: su público abarca todo el arco ideológico, sus novelas importan tanto a sus lectores apasionados como a sus detractores. Pero el escritor francés también está más allá de lo literario: en su currículum le descubrimos como eventual participante en ...
Visionario, distópico y polémico, Michel Houellebecq está más allá del bien y del mal. O al menos lo parece: su público abarca todo el arco ideológico, sus novelas importan tanto a sus lectores apasionados como a sus detractores. Pero el escritor francés también está más allá de lo literario: en su currículum le descubrimos como eventual participante en performances artísticas (junto al colectivo Masbedo), actor competente (El secuestro de Michel Houellebecq, Near death experience, Thalasso) y solvente intérprete musical.
En este último campo se enmarca su nuevo trabajo, Souvenez-vous de l’homme (Acordaos del hombre), álbum grabado a medias con el músico Frédéric Ló que verá la luz el próximo 6 de marzo a través del sello francés independiente Modulor. El título guarda relación —quizá casual— con el de su anterior disco, el electrónico Présence humaine (Tricatel, 2000), grabado mano a mano con Bertrand Burgalat, en la época productor y arreglista de Nick Cave. Contenía canciones como Playa blanca (alusión a un escenario de su relato Lanzarote) y la narración, en modo recitado, Célibataires. Con aquel repertorio paseó su escuchimizada figura y su voz gainsbourgiana por programas de televisión de su país, y llegó a actuar para el público indie en España en el Festival de Benicàssim. Con este otro ya ha anunciado una gira francesa que incluye diez noches seguidas en el teatro La Scala de París el próximo mes de mayo.
El gusto de Houellebecq por los estudios de grabación ni es nuevo ni es extraño. Empezó con Le sens du combat (El propósito de la lucha), disco de poemas grabado en 1996 para France Culture Radio —“Yo formo parte de una corriente de poesía que está hecha para ser leída en público”, dijo entonces—, y posteriormente otro en el mismo rango llamado Établissement d’un ciel d’alternance (Establecimiento de un cielo de alternancia), aparecido también bajo el radar comercial, en 2007. “Durante el siglo XIX y principios del siglo XX hubo una gran concentración de poetas magníficos, como Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire... pero a mediados del siglo XX, la poesía perdió su función. El talento lírico se desplazó a la canción y por eso no hay grandes poetas del siglo XX”, dijo entonces argumentando su gusto por la música.
Pero este gusto también le cuadra estéticamente a su personaje. En otra colaboración con el cantante de Téléphone, Jean-Louis Aubert, ya en 2014, vemos a ese Houellebecq flaco y despeluchado, con reminiscencias a Albert Pla, y también con algo de Leopoldo María Panero, al menos en su modo de liquidar paquetes de tabaco y perder la mirada. Su aspecto consumido también tenía algo de Iggy Pop. Y esto no resultó casual: en 2017 se hicieron tan amigos el francés y el padre del punk, que este recitó en su propio disco Préliminaires un largo fragmento de La posibilidad de una isla, novela que el de Michigan encontró “de intenso placer y similar” a su propia experiencia, y que definitivamente inspiró aquel álbum afrancesado.
En paralelo aparecen las referencias musicales en los libros de Houellebecq, lógicas, por otra parte, en autores que escriben sobre la contemporaneidad. En aquel La posibilidad de una isla —incursión del novelista en la ciencia ficción con una historia de soledad, clonación y transhumanismo— aparecían Björk (“convencional y amanerada a más no poder”), Keith Richards (“tenía un Bentley, como todos los roqueros importantes”) y, para sorpresa en España, un David Bisbal (“en la radio del bar sonó una canción…”) que debió escuchar Houellebecq durante sus días como residente en Cabo de Gata, Almería. Otras señales del gran rock —Hendrix, Stones— están explícitas en Las partículas elementales. Respecto a El mapa y el territorio, el propio autor ha declarado que “es como una canción de Pink Floyd en la que la melodía empieza antes de que te des cuenta de que ha empezado”.
Todo esto ayuda a percibir a Michel Houellebecq como personaje del pop, incluso como una estrella de ese mundo. Amparado por su estatus de enfant terrible (aún a sus 67 años) y después de papelones como su turbia aparición —él dice que bajo coacción— en unas grabaciones porno, ese brillo outsider le viene al pelo a un personaje que gusta de hacer ver que está de vuelta de todo, y que posiblemente lo está. Como sucedía con la figura de los bufones reales, él parece impelido a decir lo que nadie se atreve (“Podemos tener una guerra civil, hace mucho que no hay una en Europa”, ha declarado hace poco); más allá de aquellos, puede romper las reglas del juego de vez en cuando. De alguna manera, da la impresión de pasárselo bien con su personaje vacío y desilusionado.
Personaje que —volviendo al disco— reaparece con doce canciones crudas, revestidas de electrónica y adornadas con piano, que cuestionan el pasado y reflexionan sobre el futuro de la humanidad (en el caso de que haya tal, parece añadir). Entre estas hay títulos como Le dialogue des machines, Le lendemain de l’explosion y En attendant l’envahisseur (El diálogo de las máquinas, El día después de la explosión y Esperando al invasor).
Que esperen un poco más los lectores ávidos de una nueva novela: si —como conviene José Carlos Rodrigo, autor del reciente ensayo Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano (Ediciones del Subsuelo)— todo autor tiene un proyecto, el del galo es “inmortalizar la soledad de la existencia” desde cualquier medio de comunicación de masas, incluido, claro, la música. En novelas, ensayos, películas y discos, el francés es el mismo cronista incómodo, profeta de la decadencia de Europa (no: de todo Occidente). Haga lo que haga es imposible retirar la mirada de su verbo aniquilador.