Tres elegantes y maravillosos traidores
Anthony Blunt era un espía doble al tiempo que fue nombrado ‘sir’, Ezra Pound se encontró ante un micrófono en Italia transmitiendo alegatos fascistas contra su país y Arthur Rimbaud dejó la literatura para traficar con armas
Anthony Blunt. Nadie como este caballero llevó la impostura tan lejos hasta convertirla en una obra de arte. Graduado en el Trinity College de Cambridge, en su juventud formó parte del grupo de Bloomsbury, una ...
Anthony Blunt. Nadie como este caballero llevó la impostura tan lejos hasta convertirla en una obra de arte. Graduado en el Trinity College de Cambridge, en su juventud formó parte del grupo de Bloomsbury, una cuadra exquisita de seres vestidos con telas color barquillo, diletantes, neuróticos, escépticos, cazadores de mariposas con sombreros blandos. Entre ellos, Anthony Blunt fue el que más se arriesgó a la hora de lucir la estética de una doble o triple vida, sin la cual nadie se podía considerar en su medio un hombre interesante.
Profesor de Arte en Cambridge, era homosexual y criptocomunista, dos formas de sentirse al margen del orden victoriano. Durante un viaje a Moscú en 1933 cayó en las redes del espionaje soviético, lo que no le impidió añadir a este juego peligroso y fascinante un enredo más al unirse después al ejército británico en 1939 e ingresar en la MI5 como espía al servicio de la Corona británica. Era un espía doble cuando en 1945 fue nombrado sir, designado conservador de la colección de las pinturas reales inglesas y asesor personal de Isabel II. Se movía por el palacio de Buckingham como si fuera un gato de la reina.
Los honores continuaron hasta el 15 de noviembre de 1979, cuando Margaret Thatcher lo desenmascaró públicamente en el Parlamento cuando Blunt ya era un anciano. Renunció a defenderse. Se limitó a soportar el abandono de sus amigos y la degradación pública con la mayor desenvoltura como si se tratara de otro juego. Cuando en 1979, sentado ante un tribunal, el fiscal le preguntó: “¿Es usted consciente de que ha sido traidor a la patria?”, el elegante anciano Anthony Blunt carraspeó ligeramente y con el mejor acento de Cambridge contestó: “Me temo que sí”.
Ezra Pound. Parece que este poeta era uno de esos tipos que luchan denodadamente a lo largo de la vida para alcanzar el propio fracaso y no cesan de combatir hasta conseguirlo. Podía ser generoso y envidioso a la vez. Sufragó con su dinero y recaudó el de sus amigos para que Silvia Beach pudiera publicar por suscripción el Ulyses de Joyce, pero a su vez no pudo soportar el éxito de la obra al que había contribuido. Su primera regla era hacerse notar, bien por la suprema actitud de desvivirse siempre por sus colegas, bien por cometer cualquier excentricidad que le hiciera visible en todo momento, entre aristócratas y bohemios. Durante un banquete en Londres en homenaje a D. H. Lawrence, sintió que el poeta Yeats estaba acaparando toda la atención. Para contrarrestar esta pequeña gloria, a la hora de los postres Ezra Pound se comió un tulipán rojo del ramo que adornaba la mesa y, viendo que no era suficiente con uno, se comió otro más y no cesó de comer flores hasta reclamar todas las miradas.
Ezra Pound inició su aventura literaria en Londres, la siguió en el París de entreguerras, luego en Rapallo, después en el manicomio penitenciario de St. Isabel en Washington. De pronto, en 1939 se encontró ante un micrófono en Italia transmitiendo por Radio Roma alegatos fascistas contra su propio país. Cuando el Ejército norteamericano invadió Italia, el poeta fue apresado y primero lo exhibieron públicamente en una jaula como a un mono durante varias semanas en Pisa. Después lo llevaron a EE UU para ser juzgado como traidor a la patria. Los amigos le echaron una mano. Se prestaron a testificar que ya era un demente en Londres y en París. El juez asumió estos testimonios en su veredicto y lo salvó de morir fusilado a cambio de pasar 12 años encerrado en un manicomio. Finalmente entregó su alma atormentada en Venecia el 1 de noviembre de 1972.
Arthur Rimbaud. Se trata de saber por qué un niño angelical de ojos azules y bucles dorados pudo convertirse en el adolescente más depravado sin haber perdido la inocencia; por qué un poeta superdotado, creador del simbolismo, el que usó por primera vez el verso libre, el que inauguró la estética moderna, abandonó la literatura a los 19 años, en la cumbre de su genio, y se convirtió en un contrabandista de armas y solo entonces fue feliz. Llegar al alma de Rimbaud siempre se ha considerado una proeza de la psicología humana.
Después de las pendencias de amor, a pistola y punta de navaja con Verlaine, en el verano de 1876, Rimbaud se enroló rumbo a Java como soldado del ejército holandés. Desertó y volvió en barco a Francia. Luego se radicó en Adén (Yemen). Allí tuvo varias amantes nativas; por un tiempo vivió con una abisinia. En 1884 se transformó en mercader de camellos por cuenta propia en Harar, en la actual Etiopía. Luego hizo una pequeña fortuna como traficante de armas para reyezuelos de la región que estaban siempre en guerra. En esta etapa de su vida, Arthur Rimbaud se comportó con la seriedad fiable de un perfecto burgués. Era respetado por sus proveedores, pagaba las deudas en día de su vencimiento, saludaba con educación a sus vecinos, se quitaba el sombrero y besaba la mano de las damas. La poesía quedaba atrás como una locura lejana de juventud, una forma como otra de traición.