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Felices, modernos, airados y destruidos

La especialidad de Andy Warhol parecía ser destruir todo lo que crecía a su sombra

Hacia el año 1975 el metro de Nueva York discurría cubierto de grafitis que eran como gritos airados contra el poder, el consumo y el orden establecido. Andy Warhol decía: “En América los millonarios compran esencialmente las mismas cosas que los pobres. Ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una coca-cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo en la esquina. Todas las coca-colas son la misma y todas son buenas. Liz Taylor lo sa...

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Hacia el año 1975 el metro de Nueva York discurría cubierto de grafitis que eran como gritos airados contra el poder, el consumo y el orden establecido. Andy Warhol decía: “En América los millonarios compran esencialmente las mismas cosas que los pobres. Ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una coca-cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo en la esquina. Todas las coca-colas son la misma y todas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el presidente lo sabe, el mendigo lo sabe y tú lo sabes”.

Aquellos garabatos esquizofrénicos de los vagones del metro contra esta bebida los ejecutaba entre otros un ser misterioso que se hacía llamar SAMO, el acrónimo formado por las palabras same old shit, que significa “la misma mierda de siempre”. Los pasajeros del metro estaban lejos de imaginar que viajaban rodeados de obras de arte, que con el tiempo habrían alcanzado precios desorbitados en las salas de subastas si los vagones no hubieran sido lavados con detergente por orden de la autoridad municipal. Ahora el metro discurría impoluto, pero uno de los que realizaban aquellos garabatos contra el consumo se había convertido en un artista famoso. Era aquel jovenzuelo que hacia el año 1975, en una acera del Greenwich Village de Nueva York, se dedicaba a pintar camisetas en público para venderlas a los turistas. Cuando Andy Warhol pasaba por allí, a veces le compraba una por 10 dólares y cambiaba con el chaval algunas palabras. A simple vista era un golfo de la calle, uno de tantos chicos negros desarraigados que vivían en casas abandonadas. Un día, Warhol vio aquella esquina vacía.

Años después, un lunes de octubre de 1982, Warhol había quedado a comer en un restaurante vegetariano del Soho con el famoso galerista suizo Bruno Bischofberger, y este acudió a la cita acompañado por aquel chaval de las camisetas pintadas, que respondía al nombre de Jean-Michel Basquiat. Ahora vivía en un lujoso loft en Christie Street. El marchante suizo lo había descubierto como pintor, lo había rescatado de la calle y sus cuadros comenzaban a venderse a precios cada vez más inalcanzables en las mejores galerías. Por supuesto, Warhol lo incorporó a su lista de enamorados.

A partir de ese día, Basquiat entró a formar parte de la tropa enloquecida de La Factoría, donde se valoraba el talento innovador, el descaro extravagante, a cualquiera que fuera el primero en hacer algo, y se inventó la frivolidad como una actitud ante la vida y se dictaminó que la esencia de las cosas solo está en los envases. Pero la aventura común duró muy poco, porque una de las exigencias de Warhol era vivir a toda prisa y tratar de agonizar siempre como un caballo al pisar la línea de meta. Él sobrevivió a los tres balazos que le pegó su admiradora Valerie Solanas y al final murió el 22 de febrero de 1987 a causa de un calmante que le suministró una enfermera equivocadamente en el hospital donde ingresó por una arritmia. Poco después, el 12 de agosto de 1988, murió Basquiat a los 27 años, por una sobredosis de heroína en su apartamento de la calle Great Jones. En la última subasta por uno de sus cuadros se han pagado más de 50 millones de dólares.

Esta parecía ser la especialidad de Andy Warhol, destruir todo lo que crecía a su sombra. Otra de sus víctimas fue Truman Capote, por el que sintió la misma fascinación repentina que sentiría por Basquiat. Se produjo después de ver su foto en la solapa de su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, en la que parecía un chapero angelical. Desde aquel día, Warhol no cesó de acosarle hasta hacerse su amigo, pintarlo y sacarlo en portada de Interview, la revista emblema de La Factoría. Pero llegó un día en que aquel ser angelical acabó pareciéndose a un bulldog, con las orejas bajas, según lo describió el propio Warhol. En su retrato de 1979, Capote empezaba a reflejar los efectos del alcohol y las drogas a las que permanecería enganchado. Habían pasado los días de gloria cuando Capote zascandileaba por La Factoría tratando de escandalizar a aquella tropa de colgados con sus hazañas de sexo: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Tanto aquel chaval de las camisetas pintadas como este ser angelical de la solapa se iban degradando como si Warhol fuera un elemento corrosivo. ¿Qué era la modernidad? Que en una fiesta pagana una admiradora se acercara a Warhol, le arrebatara el peluquín, saliera corriendo y que ese peluquín plateado se subastara en Sotheby’s y un coleccionista pagara por él 50.000 dólares.

Con la democracia los españoles dejamos, por fin, de soplarnos los sabañones, pero tal vez no conseguimos ser frívolos y modernos hasta que Andy Warhol en enero de 1983 vino a Madrid para inaugurar la exposición retrospectiva de su obra Pistolas, cuchillos y cruces en la galería de Fernando Vijande y cayó como un aerolito en medio de la Movida. La frivolidad como nueva cultura de la autodestrucción quedó entronizada en nuestro país con esta visita.

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