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Cuba
Opinión

El cambio bajo presión en Cuba (y en Miami)

Todo parece indicar que lo único que ha ofrecido Cuba a Estados Unidos son dos cosas: alineamiento con la ‘Doctrina Donroe’ en el Caribe y transición a la economía mixta

Partidarios del régimen, este miércoles, en la Habana.Ramon Espinosa (AP)

A más de un mes del cerco energético de Estados Unidos en torno a Cuba, la reacción del Gobierno de la isla comienza a dar muestras de agotamiento y revisión. Los llamados al sacrificio y la resistencia del “heroico pueblo cubano” continúan, y son amplificados por las maltrechas redes bolivarianas en América Latina, pero los mensajes a la población y al gobierno de Estados Unidos muestran mayor disposición al diálogo.

A principios de febrero, la cancillería cubana ofreció a Estados Unidos una “ampliación de la colaboración” en materias de terrorismo, narcotráfico, ciberseguridad, delitos financieros, trata de personas y control migratorio. Todos esos temas se encuentran tipificados como prioritarios en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, más conocida como Doctrina Donroe, formulada el pasado noviembre por la Casa Blanca.

Más recientemente, el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha anunciado una serie medidas para administrar el colapso de la isla. Algunas de esas medidas, como el racionamiento de combustible, la suspensión de servicios públicos, el tránsito a actividades virtuales o híbridas, son propias de un país paralizado por una guerra, una pandemia o un desastre natural. Pero otras, evidentemente, responden a la promoción de una expectativa de cambio estructural

Dentro de las medidas anunciadas se incluyen la posibilidad de importación directa de combustible por parte del sector no estatal, mayor autonomía financiera e inversionista para los municipios y lo que se denomina “integración de actores económicos estatales y privados” o mayores posibilidades de intercambio y regulación de precios entre las pequeñas y medianas empresas y el gran aparato público cubano.

El economista Pedro Monreal sostiene que estas medidas buscan trasmitir la idea de que el gobierno de Díaz-Canel estaría finalmente decidido a transitar a un modelo de economía mixta, algo que ha rechazado consistentemente en la última década. Pero el órdago, agrega el economista, sería no solo extemporáneo o tardío sino insuficiente, ya que para consumar dicho tránsito se requerirían modificaciones concretas en la legislación del funcionamiento empresarial cubano, tanto estatal como privado.

En tiempos de Fidel Castro, lo mismo en la llamada Rectificación de los años 80 como en las reformas del Período Especial de los 90, se tomaron medidas que eran presentadas como definitivas, cuando eran, en realidad, coyunturales. Más cerca de una propuesta de reforma estructural estuvo el proyecto de Raúl Castro, entre 2011 y 2013, que fue tomado en cuenta por el Gobierno de Barack Obama para impulsar la normalización diplomática con la isla. Pero aquella tampoco fue una verdadera reforma estructural y fue pospuesta en 2016.

Así que no es nuevo para el Gobierno cubano el escenario de ceder bajo presión. Desde 2021, por lo menos, dicha presión es interna y externa a la vez. El sitio energético y los constantes anuncios de “caída del régimen” de Donald Trump, por un lado, y los conatos de un nuevo estallido social, por el otro, convergen en un mismo arrinconamiento para el que, esta vez, no parece haber refugio geopolítico, como en los tiempos de descomposición del bloque soviético y ascenso del bloque bolivariano.

Sea en conversaciones entre el equipo de Marco Rubio y el nieto de Raúl Castro o a través de ofertas informales en los medios de comunicación, todo parece indicar que lo único que ha ofrecido Cuba a Estados Unidos son esas dos cosas: alineamiento con la Doctrina Donroe en el Gran Caribe y transición a la economía mixta. Tan claro es esto último como el rechazo de esa oferta, por insuficiente, del lado de la Administración Trump y su Secretario de Estado, Marco Rubio.

Cuando Trump se refiere a una “toma amistosa” de Cuba o a una negociación en curso, que pronto tendrá una salida satisfactoria para Washington y para Miami, no parece aludir a mucho más que esto. Pero la oferta de La Habana es insuficiente no solo para Rubio sino para buena parte de la comunidad exiliada de Miami, que entiende literalmente los anuncios de “caída del régimen” como un derrocamiento del gobierno de Díaz-Canel e, incluso, más: una reversión radical de la experiencia histórica de la Revolución cubana.

Se trata de una expectativa tan vieja y profunda como ese mismo exilio, creado tras el giro al socialismo del Gobierno de Fidel Castro en 1960. Ese exilio es una base electoral sólida de Trump y, también, de una eventual candidatura a la presidencia de Marco Rubio en la campaña de 2028. Tradicionalmente, desde la campaña de Kennedy y Nixon en 1960, la promesa de derrocamiento del régimen cubano ha bastado para movilizar votos en Miami. Pero ahora, tal vez, hagan falta más que promesas.

Las dos próximas semanas serán decisivas en esta medición de las promesas de siempre y el contenido real del cambio, del maximalismo de unos y el minimalismo de otros. En Venezuela, por ejemplo, Trump da por hecho un cambio que no es tal. En Cuba podría suceder algo parecido, o no, sobre todo si se toma en cuenta a la población harta y precarizada de la isla y al exilio ansioso de Miami.

Trump ha dicho, en una reunión con doce mandatarios latinoamericanos y caribeños, alineados explícitamente con su estrategia de seguridad hemisférica, que lo programado es el cierre de una negociación entre Rubio y el Gobierno cubano, una vez que concluya la “misión de Irán”. Son muchos los imponderables que podrían alterar dicho calendario: que la guerra en Irán se eternice, que la ciudadanía inconforme de la isla salga a las calles o que se produzcan nuevas incursiones armadas desde la Florida. Pero tampoco es improbable que el acuerdo se cierre.

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