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El malestar con la actual cúpula militar venezolana crece en los cuarteles por la falta de rendición de cuentas tras los ataques para capturar a Maduro

La alta jerarquía chavista recela de que el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, y otros mandos no dejen paso a nuevas figuras tras la operación de EE UU del 3 de enero

Vladimir Padrino López, ministro de Defensa venezolano, en Caracas, en 2024.RAYNER PENA R (EFE)

El malestar ya no se disimula en los pasillos y despachos de muchos cuarteles de Venezuela. En la cúpula de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) se ha abierto una conversación incómoda, aunque discreta, sobre continuidad, relevo y desgaste. Incluso sobre estabilidad. Interlocutores de la alta jerarquía militar venezolana hablan a EL PAÍS de un “descontento brutal” ante la prolongada permanencia de la actual cúpula y, en particular, del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, que cumple casi 12 años al mando.

La palabra que más se repite en esas conversaciones es “oxigenación”. Tras más de una década con la misma figura al frente de las fuerzas armadas del país, los mandos militares se quejan del “tapón” en la línea de ascensos que supone la permanencia de Padrino y de otros comandantes responsables de la seguridad del país. Las fuentes consultadas atribuyen ese tapón al Comandante Estratégico Operacional, el Comandante General del Ejército o el responsable del REDI (Regiones Estratégicas de Defensa Integral, agrupaciones territoriales militares creadas en 2008 para la defensa nacional).

El malestar de Caracas tiene además un componente de rendición de cuentas. ¿Por qué figuras clave para la seguridad del país —incluido el ministro de Defensa— continúan en sus despachos después del ataque estadounidense del 3 de enero? ¿Por qué no han puesto sus cargos a la orden si “han fracasado en su misión”?, ¿Por qué no han dado explicaciones?, se preguntan. “Su no renuncia es vista como escandalosa por el generalato”, asegura un interlocutor con la jerarquía militar.

La operación Resolución Absoluta, que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, conmocionó a los venezolanos. Pero sobre todo dejó en evidencia las capacidades militares de un país con una de las fuerzas armadas más numerosas de América Latina.

Durante las semanas de escalada que precedieron al ataque, el ministro de Defensa y el propio Maduro advirtieron de que estaban preparados para la batalla, que se defenderían, pero a la hora de la verdad todo falló. Los sistemas antiáereos rusos y chinos fueron incapaces de neutralizar la bandada de aeronaves que invadió territorio venezolano y la tecnología militar ni siquiera ofreció resistencia. Además de la captura de la pareja presidencial, hubo cerca de un centenar de bajas entre el anillo de seguridad de Maduro, compuesto sobre todo por oficiales cubanos, y civiles que se vieron sorprendidos por los bombardeos. Todo en menos de dos horas.

Los casi doce años de Padrino López a cargo de Defensa lo han convertido en uno de los intocables. El ministro —por el que Estados Unidos pide 15 millones de dólares por supuestos vínculos con el cartel de los soles— es un pilar de la arquitectura de poder de la revolución bolivariana. Especialmente durante la presidencia de Nicolás Maduro. Su prolongada permanencia como máxima autoridad militar —que ha superado los tiempos ordinarios de relevo— es una circunstancia inédita en la Venezuela contemporánea y una anomalía en la tradición institucional. Tras el ataque de Estados Unidos, su papel se ha visto relegado y el poder chavista actual lo representan el trío compuesto por los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez y el ministro del Interior Diosdado Cabello.

​​Una fuente conocedora de las intrigas militares asegura que la continuidad del ministro no responde a una demanda real dentro de la institución. “Nadie lo necesita; el sentimiento mayoritario es que debe irse”, afirma. Solo contempla, como hipótesis imposible de verificar, que actores internacionales —“los americanos”, en sus palabras— puedan apostar por su permanencia como un factor de estabilidad. Sin embargo, la misma fuente sostiene que el riesgo es que ocurra lo contrario: que el atornillamiento al poder de la cúpula militar ponga en riesgo el equilibrio que se quiere preservar. “Se ha ofrecido a algunos altos mandos posiciones clave fuera de las Fuerzas Armadas y varios se han negado. Eso agrava aún más la percepción de inmovilidad”, mantiene.

El generalato que arrastra esta incomodidad no es un sector menor en las fuerzas armadas venezolanas. Analistas militares calculan que Venezuela cuenta con cientos de generales y almirantes activos —los cálculos han llegado a apuntar a 2.000 pero no es un dato verificable—. El porcentaje, en cualquier caso, es enorme en comparación con la tropa, que ronda los 125.000 soldados. Este es precisamente otro foco de disconformidad.

Fuentes cercanas a oficiales venezolanos señalan que más allá de la permanencia del ministro, se acumula una gran frustración económica y un cuadro de desmoralización profunda dentro de la institución. El nivel anímico es “el más bajo en décadas”, lamentan estas fuentes que aseguran que se han multiplicado las solicitudes de retiro anticipado en distintos grados, incluidos generales. Los oficiales buscan nuevos retos fuera la institución, incluidos contratos de seguridad privada vinculados a empresas extranjeras del sector energético.

Nacido en Caracas, de 63 años, casado y con dos hijos, Padrino se formó como militar durante los gobiernos civiles del período 1958-1998. Egresó como oficial de Infantería del Ejército en 1984 y en los años noventa realizó cursos de especialización en la Escuela de las Américas, en Estados Unidos. Durante un tiempo permaneció al margen de las turbulencias políticas que acompañaron el ascenso del chavismo a comienzos de siglo, hasta que progresivamente se fue acercando “conceptualmente” al proyecto bolivariano, según fuentes que lo conocieron en esa etapa, y terminó de definirse hacia 2008.

Durante la gestión de Padrino, y siguiendo la línea marcada por Nicolás Maduro, la Fuerza Armada terminó de asumir de manera explícita la ideología chavista como parte de su identidad institucional. Lo que en tiempos de Hugo Chávez era una orientación política fue incorporándose como doctrina oficial: la institución pasó a identificarse con el proyecto político en el poder. En ese proceso también se reforzó la llamada unión cívico-militar —más tarde ampliada a cívico-militar-policial— y se consolidó la Milicia Nacional Bolivariana como un quinto componente armado. Con ello, la Fuerza Armada dejó de presentarse solo como un cuerpo profesional del Estado para convertirse en uno de los principales apoyos organizados del modelo político chavista.

Padrino terminó de fijar el relato institucional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana tal como hoy se define oficialmente, muy distinta a la del siglo XX. Tras la muerte de Hugo Chávez en 2013, la institución pasó a asumirse de manera expresa como “bolivariana, revolucionaria, zamorana, antioligárquica y antimperialista”, una identidad política que dejó de ser retórica para convertirse en marco doctrinal.

Su papel en el esquema de poder chavista, va más allá del cargo formal que ocupa. No es solo un ministro: es una pieza clave en el equilibrio entre el poder político y la estructura militar. Por eso su eventual salida no es cualquier movimiento, sino una decisión que dejaría cojo al chavismo. Al menos al conocido hasta ahora.

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