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POLÍTICA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

A la política de hoy, a izquierda y a derechas, le faltan sátira e ironía

Me pregunto si justo en estos tiempos de extremismos no deberían introducir en las escuelas una asignatura nueva sobre el humor y la crítica constructiva

Giulio Andreotti
Giulio Andreotti en el Palau de la Generalitat, en Barcelona, en 2004.TEJEDERAS
Juan Arias

Que la política en el mundo está en crisis no es noticia. Tampoco lo es que los jóvenes se sienten cada vez menos interesados en participar de ella, quizás porque la vean demasiado vieja, o peor, gastada. Poco en ella les entusiasma. Aquí en Brasil es así, pero también más allá.

Me pregunto si la causa de ese desencanto de la política por parte de los jóvenes no se deba a que, además de que la ven revestida de corrupción, la consideran poco interesante, a veces un negocio más, sin que les haga ni reír ni llorar y menos aún una actividad con capacidad para entusiasmar. Quizás por el espacio que para la sátira, la ironía y a veces la mentira ofrecen hoy las redes sociales sin control, los jóvenes se sientan más cercanos a ellas con todos los peligros que suponen. Y ello porque, aunque parezca una paradoja, la total libertad de expresión de las redes sin filtros éticos impide la fuerza de la verdadera sátira, la que no necesita mentir, sólo desnudar la injusticia y la iniquidad para ser eficaz y libertadora.

Todo ello me ha venido a la mente con la viñeta de El Roto en este diario en una fecha políticamente importante, como lo fue ayer la decisión del presidente Pedro Sánchez de seguir en el Gobierno de España. En la viñeta los dos personajes se miran a la cara riéndose a carcajadas: uno le dice al otro: “La confianza de los ciudadanos está por los suelos”, y este le responde con la misma sorna: “¡Pues que barran!”.

Conocí a El Roto una sola vez en un parque de Madrid, ambos estábamos paseando a nuestros perros. Era de pocas palabras. Lo leí y lo leo siempre y nunca me deja indiferente. Algunas de sus viñetas, las más mordaces, nunca se me olvidan. Por ejemplo aquella, de hace años, cuando los emigrantes, gentes a veces con títulos universitarios, intentaban ganarse unas monedas limpiando los cristales de los coches parados en los semáforos. En la viñeta, en el coche de lujo, el conductor se enfada y le hace un gesto para que se vaya. El limpiador de parabrisas le responde sonriendo que no quiere propina: “Era sólo para que supiera que existimos”.

Siempre tuve una debilidad en el periodismo con los caricaturistas y este diario fue y sigue siendo pródigo con ellos. Son la sal de cada día, que desbarata nuestras convicciones y dogmatismos. Siendo aún corresponsal de este diario en Italia, conseguí hacerle una entrevista a Giorgio Forattini, que era entonces el caricaturista más famoso y cáustico del país y que pasó por casi todos los grandes diarios.

De él entonces aprendí que, triste paradoja, la que más se irritaba con sus viñetas era la izquierda, nunca la derecha que, al revés, como el mítico democristiano Julio Andreotti, que llegó hasta a ser acusado de pertenecer a la mafia siciliana, era el primero que le telefoneaba muy temprano pidiéndole que le enviara el original de la viñeta pues las estaba coleccionando. Hasta el entonces papa polaco, Wojtyla, fue objeto de las viñetas humorísticas de Forattini, aunque decía que no le era tan fácil porque era un papa “guapo, joven y que nunca estaba en el Vaticano”. En un momento de distensión en la entrevista me soltó hablando de las reacciones positivas de la derecha a sus exabruptos: “¡Es muy astuta esta gente!”.

Pienso en hoy y creo que aquella gente de derechas con tripas suficientes para aceptar hasta las críticas más feroces de Forattini ya no existe.

Sólo una cierta derecha ilustrada, lectora, no fascista, es aún capaz de apreciar la sátira aunque le escueza. Aquí en Brasil, el ya mítico político y expresidente José Sarney, que sigue activo y publicando a sus 94 años recién cumplidos, me contó personalmente que no sólo no le molestaban las viñetas que lo ironizaban, a veces ferozmente, sino que les pedía los originales a los autores y las tenía coleccionadas en su despacho, casi como una reliquia.

A veces me pregunto si justo en estos tiempos de extremismos, sin humor y sin inteligencia artificial capaz de crear una sátira inteligente, no deberían introducir en las escuelas una asignatura nueva sobre el humor, la sátira y la crítica constructiva y sobre la poesía que es siempre un antídoto contra el dolor del alma.

Y es que a la política de la nueva epidemia de la derecha estúpida le falta la luz de la entraña del humor, la purificadora y creativa, mientras le sobra la zafiedad que impide que florezca en los jardines del alma la delicadeza y la poesía, esa planta que nos redime del flagelo de la violencia gratuita y nos hace soñar con los milagros. ¿No serán esos los sueños que les estamos matando a los jóvenes?

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