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Nayib Bukele
Columna
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¡Viva la ‘eficracia’!

Al fin y al cabo Bukele será votado por el 80% o 90% de sus conciudadanos en las elecciones: un gran triunfo democrático que avalará la ruptura de las reglas democráticas

bukele
Nayib Bukele, presidente de El Salvador, en el Congreso salvadoreño en 2023.Alex Peña (Getty Images)

Semanas atrás, en el Foro Centroamericano de Periodismo, que empezó hace 14 años en San Salvador pero ahora está exiliado en Antigua Guatemala, un periodista exiliado de El Salvador y uno exiliado de Nicaragua comparaban sus historias y sus realidades.

–Ustedes por lo menos tienen de dictador a un comandante guerrillero que derrotó a una larga dictadura, que hizo algo en la vida. El nuestro, en cambio, no es más que un hijo de papá, un gerente de discoteca.

Decía el salvadoreño, y era cierto: su presidente Nayib Bukele lo fue. En esos días Bukele se cargaba la Constitución de su país al presentarse como candidato a la reelección, que esa constitución prohíbe. Este domingo ganará esas elecciones por escándalo, conservará la presidencia, se volverá perfectamente ilegal y mantendrá el apoyo de cuatro de cada cinco compatriotas. Pero lo que más le dolía al exiliado de El Salvador era la pequeñez del personaje: un señor sin historia o luz particular –y que, sin embargo, tiene un respaldo inédito que le asegura su reelección tramposa. (En esos días la estética Bukele estaba limitada a su país; todavía no empezaba a copiarse como lo hace ahora el ecuatoriano Daniel Noboa con la exhibición de presos semidesnudos y amontonados para marcar la humillación. Los Estados han sido tan corruptos, tan permisivos con los ilegales que ahora solo pueden imponerse a fuerza de ilegalidad.)

Aquellos exiliados discutían, rivalizaban en desgracias. Estaba claro que el dictador nicaragüense solo tenía su pasado para “justificar” su dictadura; el salvadoreño tiene un presente en que –para “justificar” la suya– consiguió algo que sus compatriotas necesitaban: contener a las bandas armadas. Para eso destruyó dos tipos decisivos de legalidad: la libertad de sus ciudadanos, que encarcela sin pruebas, maltrata, tortura, y las reglas democráticas de su país, que incumple reeligiéndose.

Muchos se lo reprochan con razón, pero, por momentos, parece que nos empeñáramos demasiado en unas formas que no producen lo que deberían. Al fin y al cabo Bukele será votado por el 80% o 90% de sus conciudadanos: un gran triunfo democrático que avalará la ruptura de las reglas democráticas. Se puede culpar a las redes sociales, a las noticias retorcidas, a la perfidia de los pocos o al espíritu de la colmena, pero nada amenaza tanto a las democracias ñamericanas como su incapacidad para resolver los problemas de sus ciudadanos.

Para sostener la democracia se nos pide una suerte de fe religiosa: hay que creer en ella porque es “el mejor sistema posible”. Pero resulta que ese mejor sistema, en nuestros países, ha producido miseria y desespero. La democracia se ha desprestigiado: ya no es un valor decisivo. Los más viejos llegamos a creer –tras años de dictaduras sanguinarias– que serviría para alimentar, curar, educar a todos, pero ahora cientos de millones de ñamericanos comprueban que no, que no es más que la forma institucional en la que han vivido, toda su vida, vidas que no son las que querrían ni las que se merecen. Y entonces empiezan a creer que es más importante solucionar sus problemas que la herramienta o el sistema con que se solucionen: desean, exigen la eficacia.

O quizás haya que llamarlo eficracia: el gobierno de los que sí son capaces de concretar algo deseado por muchos, más allá de la forma en que lo hacen. Bukele lo ha logrado; otros gobernantes de la región no, pero sus pueblos dicen cada vez –en encuestas y estudios– que no les importaría que hubiera algún tipo de gobierno autoritario, un golpe militar, si resolviera sus problemas: si fuera eficaz.

En la Argentina –no voy a seguir disimulando–, la tendencia se manifiesta cruda: Javier Milei no tiene ninguna intención de aparentar que respeta las reglas democráticas, el debate, la separación de poderes, esas tonterías. Dice que solo lo demoran y que él debe ser eficaz, para lo cual tiene que hacer lo que quiere como quiere cuando quiere. Y se justifica diciendo que fueron aquellas reglas las que, aplicadas durante veinte años, nos llevaron al desastre actual.

Sucede en muchos de nuestros países: no es que estos líderes mesiánicos de la gran derecha triunfen porque de pronto las poblaciones se han vuelto fascistas; es que la democracia y su política va perdiendo espacio por sus insuficiencias, por los errores y carencias de sus dirigentes, por sus tristes efectos sociales –y estos señores aprovechan para ocupar el vacío resultante. La diferencia parece banal pero creo que es decisiva: supondría que la única forma de acabar con esta reacción autoritaria sería construir democracias que no fueran solo una forma más amable y tolerante de convivir, que no fueran una formalidad, que no fueran la elección del menos malo siempre peor, sino herramientas para acabar con la miseria y transformar nuestros países en lugares donde todos sus ciudadanos puedan y quieran desarrollar sus vidas. Para eso, claro, la democracia tal como la conocemos debería cambiar: dejar de ser el instrumento para que unos pocos defiendan tan bien sus privilegios. Sería bueno que ese sistema diferente se llamara democracia; si no lo es, no será lo importante. Podría incluso llamarse eficracia, si acordamos en qué terreno debe ser eficaz.

La eficracia es perfectamente razonable: a todos nos importa que los que nos gobiernan consigan solucionar nuestros problemas principales. Para hacerlo no es –a priori– importante el sistema de representación o de gobierno, la democracia o la autocracia. Y la eficracia no está mal en sí misma. El problema es que ha conseguido convencer a millones de que, para que funcione, debe ejercerse más allá de cualquier legalidad: que es de algún modo incompatible con la participación democrática. La eficracia puede nublar la vista, convencer de que es lo único que importa. No lo es; importa también ponerle marcos legales y estructurales para que no se convierta en la base de nuevas dictaduras. O sea: para que podamos discutir en qué areas queremos aplicarla, y con qué restricciones y cuidados. No es lo mismo ser eficaz para encerrar y torturar supuestos pandilleros que serlo para acabar con el hambre; no es lo mismo ser eficaz para prohibir el derecho de huelga que serlo para asegurar trabajo y sueldos razonables; no es lo mismo ser eficaz para representar que para imponer.

En síntesis: la tarea consiste en lograr que la eficracia, tan necesaria, funcione con mecanismos democráticos. Es decir: que los ciudadanos puedan definir cuáles son esos problemas principales y cómo y en qué sentido deben ser eficazmente solucionados, y que sus representantes –elegidos por sus posibilidades de aportar esas soluciones– los representen y lo hagan. Y que todos los que se llenan la boca hablando de democracia entiendan que si no llenan la democracia de algo más que bocanadas pomposas no hay ninguna posibilidad de que resista.

Habrá que debatirlo –que para eso servía la democracia– pero habrá, sobre todo, que saber hacerlo. Si no, los monstruos seguirán dándose este festín cuyas viandas, ya lo sabemos, somos todos.

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