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La tan veterana y francesa obsesión americana

Algunos intelectuales ven en Macron un ejemplo de la pérdida de las esencias patrias

Emmanuel Macron y su esposa Brigitte en la final entre el Angers y el Paris Saint-Germain el pasado 27 de mayo.
Emmanuel Macron y su esposa Brigitte en la final entre el Angers y el Paris Saint-Germain el pasado 27 de mayo. EFE

La obsesión americana, o antiamericana, que Jean-François Revel diagnosticó en un libro del mismo título, es un clásico francés. Ahora ha encontrado una nueva figura en la que proyectar esta fobia particular: Emmanuel Macron.

Los obsesos con la influencia de EE UU en Francia, con la perversión de las esencias patrias por la contaminación cultural y política estadounidenses, ven en Macron a un presidente a la americana. Americano por liberal, palabra tabú para una parte de la intelectualidad del país de Alexis de Tocqueville, uno de los padres del liberalismo y teorizador de la democracia en América. Y americano por su estilo. Les parecía americano, por ejemplo, que en los mítines electorales participase su mujer, Brigitte. O, como señala uno de los intelectuales más indignados por la americanización de Macron (y de Francia), el infatigable polemista Alain Finkielkraut, por la manera que el nuevo presidente tiene de cantar La Marsellesa en momentos solemnes. “Emmanuel Macron canta La Marsellesa con los ojos cerrados, la mano en el corazón…”, dice en declaraciones a la revista soberanista Causeur. Así cantan el himno los gringos; no los galos. Finkielkraut, que a su pesar es uno de los intelectuales de referencia de la extrema derecha de Marine Le Pen, votó a regañadientes a Macron. El mediático filósofo, autor entre otros ensayos de La identidad desdichada, cree que, al cantar el himno de esta manera en la noche electoral —ojos cerrados, mano en el pecho—, era como si Macron “quisiera validar el diagnóstico de Régis Debray, manifestar urbi et orbi que nos hemos convertido en americanos”. Debray, otro veterano de la generación de Finkielkraut, la del 68, compañero de fatigas del Che, consejero de Mitterrand y cien cosas más, acaba de publicar Civilización. Cómo nos hemos convertido en americanos. “En 1919 había una civilización europea, con una variante en la cultura americana”, evoca. “En 2017 hay una civilización americana, y las culturas europeas parecen, con toda su diversidad, en el mejor de los casos, variables de ajuste, y en el peor, reservas indígenas”.

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