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Prince gana su guerra contra todos

Sus trifulcas con Internet, las discográficas y hasta los fans no le han doblegado

Tras más de una década de paria voluntario de la industria, el enigmático artista reinstaura su reinado y capitaliza sus extravagancias

Prince presentó el galardón al mejor disco del año en los últimos Premios Grammy, el 10 de febrero, en Los Ángeles. Ampliar foto
Prince presentó el galardón al mejor disco del año en los últimos Premios Grammy, el 10 de febrero, en Los Ángeles.

Por decirlo finamente, Prince tiene verdadero arte para tocar las narices. Son pocas las entrevistas que da, pero cada una se salda con grandes titulares y escándalo mediático. Un día arremete contra Internet, a pesar de que anteriormente él dedicara notables esfuerzos a explotar el mercado digital. Luego manifiesta su desprecio por las versiones que se hacen de sus canciones, aunque no hay noticia de que rechace los correspondientes derechos de autor. De lo que piensa sobre el matrimonio gay procura no hablar: lleva años como testigo de Jehová y abomina de su época libertina. Por si acaso, advierte que todavía tiene “muchos amigos gais y lesbianas”.

Con todo, su reputación está en alza. Hace dos semanas fue la estrella de South By Southwest, festival tejano dedicado a la música alternativa: un concierto para apenas 300 personas patrocinado por el gigante Samsung a cambio de un millón de dólares. A principios de este mes le consagraron un homenaje, The music of Prince, en el Carnegie Hall neoyorquino. ¿Participantes? Desde D’Angelo hasta Elvis Costello. Este verano viene por Europa, donde sus entradas están volando. Y muchos artistas estudian su modelo de negocio, que le permite ingresos extraordinarios, superiores a los de muchos colegas de la primera división.

Tras el deplorable conflicto con Warner Music, cuando rechazaba su nombre profesional (que sustituyó por un símbolo) y se escribía la palabra “esclavo” en la cara, ya no firma contratos de larga duración con las discográficas. Ahora, si tiene música fresca (algo que parece no ser su prioridad), pacta con alguna multinacional para que el álbum se distribuya internacionalmente. Las disqueras pican, con la esperanza de que el acuerdo derive en una relación larga, y a veces reciben desagradables sorpresas: Sony se las prometía tan felices con Planet Earth (2007)... hasta que descubrió que, previo pago de cantidades millonarias, Prince también había acordado que se regalara con la edición dominical de cuatro periódicos europeos.

Un mundo a su medida

Tras largas discusiones con su amigo Larry Graham, bajista de Sly and the Family Stone, Prince se hizo testigo de Jehová en 2001. Desde entonces es un estudioso de la Biblia. También es vegetariano. Para su último concierto se acompañó de 22 músicos (a los que exige devoción y paga religiosamente) e hizo inspeccionar la sala previamente por un asesor de ‘feng shui’. En 2010, cuando insistía en que “Internet ha muerto”, cerró su web oficial. Ahora acaba de reabrir otra bajo el enigmático nombre de 3rd Eye Girl y da cuenta de sus pasos en el perfil de Twitter @3rdeyegirl.

Pero la clave de su prosperidad reside en sus directos. Desde hace bastante tiempo, Prince suele funcionar como su propio promotor. Alquila grandes o pequeños recintos, deja que corra el boca a boca y no tiene que repartir la taquilla con nadie. Ha probado experimentos astutos como entregar un disco (Musicology, 2004) a los compradores de entradas para la gira correspondiente. Eso le permitió volver a la clasificación de los más vendedores, obligando de paso a la revista Billboard a revisar las reglas para confeccionar sus listas, a fin de que nadie repitiera la jugada. Precisamente esa publicación será la que le entregue en mayo el Premio Icon (que solo han recibido anteriormente Neil Diamond y Stevie Wonder) en los Billboard Music Awards.

No le importa caer antipático. En contra de lo habitual, mantiene una guerra intermitente contra los fansites, los sitios de Internet donde se juntan sus admiradores. Pretende impedir que circule gratuitamente su música e incluso intentó ampliarlo a la difusión de su imagen. Con Youtube y similares, la pelea es prolongada. No se cree, y tiene un punto de razón, que empresas tan sofisticadas no sean capaces de desarrollar filtros para su música: “Si son capaces de eliminar el material porno, ¿cómo no pueden evitar que se cuelen los vídeos no autorizados por el artista?”.

Cuidado, no es que Prince tenga la solución para monetizar el disfrute de la música en la era digital. Ha puesto en marcha servicios basados en la suscripción que irritaron a muchos seguidores al cerrarse sin muchas explicaciones cuando los contables comprobaron que no salían de los números rojos.

Es testigo de Jehová, evita dar su opinión sobre el matrimonio gay y abomina de su época libertina

De cualquier forma, es un músico que tiene pocos competidores en su liga. Fue una de sus hazañas —llenar 21 noches el O2 londinense— lo que llevó indirectamente a Michael Jackson a su destrucción: se empeñó en batir el récord, con 50 conciertos. La relación entre ambos resultó conflictiva: Prince le envió una caja con objetos que un horrorizado Michael pensó que obedecían a rituales de vudú. Sin embargo, Jackson bautizó al menor de sus hijos como Prince Michael II (no se confundan, el mayor también es conocido como Prince). Por su parte, Prince recuerda al desaparecido de vez en cuando tocando un llenapistas de los Jacksons, Shake your body (down to the ground).

Tampoco le hablen de Madonna. Entre los dos hubo un flirteo que quedó en nada. Durante su choque con Warner se quejaba de que la empresa invertía sus recursos en ella, cuando él se consideraba el artista de la compañía con mayor potencial comercial. Curiosamente, Madonna cumplía una de las condiciones de las mujeres de Prince: lo que en Estados Unidos llaman origen “étnico” (italiano, en su caso). Sus sucesivas esposas fueron la bailarina y cantante Mayte García y Manuela Testolini. Se le relacionó luego con la vocalista Bria Valente, de verdadero nombre Brenda Fuentes. Ante el asombro de muchos íntimos, no llegaron a vivir juntos.

Su mansión en Beverly Hills, alquilada a un jugador de baloncesto, suele abrirse a fiestas llenas de famosos. El entretenimiento está garantizado: el señor de la casa toca y luego deja a un dj trabajando. Tampoco falta la comida, aunque sea vegetariana. Pero no hay ni rastro de las orgías soñadas por algunas mentes calenturientas.