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Entrevista:BEGOÑA GIL | Concejal socialista de Bilbao y esposa de Patxi López | VIENE DE PRIMERA PÁGINA... EL 'LEHENDAKARI' LÓPEZ

"Aquí no hay Carla Bruni"

- El 5 de mayo de 2009 el Parlamento vasco eligió al primer lehendakari no nacionalista de su historia, el socialista Patxi López.

La pasión amorosa que el lehendakari proclama a los cuatro vientos, esa mujer bandera de la que se declara perdidamente enamorado, es una chica de barrio licenciada en Filosofía y Letras que se resiste a asumir el título de "primera dama de Euskadi". A "la tía más guapa e inteligente" que conoce el líder del socialismo vasco no le gusta sentirse arrollada por el relumbrón institucional del momento o engullida en la vorágine de los focos.

Ella no cree en los paralelismos forzados -"aquí no hay ninguna historia del estilo de Carla Bruni o Michelle Obama"-; piensa que ser la mujer de un presidente autonómico no debe otorgar por sí mismo un protagonismo público especial. Esta bilbaína de 41 años, elegante, discreta, que sabe empastar con sus interlocutores, milita desde hace más de dos décadas -se afilió cuando las juventudes del PSE estaban presididas por un tal Patxi López, que entonces le caía mal, tirando a fatal-, lleva casi tres lustros de concejal de Bilbao y es quien diseña las campañas electorales del PSE.

Begoña Gil pelea para que la política no invada su ámbito de intimidad

Debe de ser por eso, que la pareja protagonizó en un mitin electoral la escena del beso apasionado cinematográfico, uno de esos que terminan con fundido en negro y ponen fin a las viejas películas de amor. Dice que tiene coartada: "Pensé que renunciar a besarnos en los labios como hacemos habitualmente sería como falsear nuestra relación; así que le dije a Patxi que si me invitaba a subir al estrado, que no me diera los típicos dos besitos en las mejillas", afirma. Puede que ese gesto teatral respondiera antes que nada a las exigencias del marketing, a la necesidad de darle al futuro lehendakari un barniz más pasional. "Somos muy diferentes y complementarios. Yo, como él, soy igualmente tímida, pero más apasionada, expresiva y vehemente", asegura, sin que sus agitadas manos encuentren relajo en la captura de bolígrafos. Tan sistemática es la batida, que dan ganas de declarar una alerta general para que los supervivientes no se pongan a tiro.

"Lo que me atrae de Patxi es que es una buena persona, con un punto de misterio. No me gustan las personas evidentes, predecibles", señala. Sin hijos, ni otras cargas, la pareja trata de evitar que la política invada y agoste su ámbito afectivo íntimo. "Intentamos poner freno a la política en nuestro espacio personal, pero no es fácil", afirma. Las gentes que la aprecian hablan de una mujer tenaz y exigente, pero cercana, sensible, cariñosa y dicharachera. "Soy tan creativa en el lenguaje, que me invento palabras", comenta en una media sonrisa, con la ironía asomándole por sus ojos achinados. Tan creativa, que el otro día anunció que corrían el riesgo de que les "segaran la cama". Sus compañeros tuvieron que explicarle que el castellano obliga a optar entre que "te hagan la cama" o "te sieguen la hierba bajo los pies".

De acuerdo con su autodefinición de chica de barrio, Begoña Gil debe de ser "más lista y espabilada de la media", gracias al espíritu de superación que aporta la escuela de la calle. Se crió en Otxarkoaga, barrio de aluvión inmigrante construido como alternativa al chabolismo, en una familia socialista de dos hijos que perdió al padre en un accidente laboral cuando ella contaba 18 meses. "Siempre me he sentido marcada por esa falta. Llegaba el día del padre y...", indica.

Si Begoña cierra los ojos y rescata sus mejores recuerdos infantiles, se ve jugando al campo quemado (brûlé) en la carretera de su barrio, haciendo un plante contra la subida del precio del cine de los domingos por la mañana y, sobre todo, veraneando en El Batán (Cáceres), el pueblo de su madre. "Llegar allí era encontrarse con la libertad. No había horarios, podías comer en cualquier casa, como si todos fuéramos familia. Recuerdo los caballos, los atardeceres en el río... No he vuelto a tener una sensación de libertad tan plena", dice. Como si persiguieran esa libertad soñada, el lehendakari y su esposa acostumbran a perderse, mochila a la espalda, por itinerarios turísticos alternativos que no siempre les aseguran el hospedaje. Tras 13 años de matrimonio, los nuevos inquilinos del palacio de Ajuria Enea conservan cierto espíritu de aventura y, por lo visto, pueden, todavía, aguantar el tirón de pasar la noche al raso o abrazados en un coche.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de julio de 2009