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Necrológica:

Irena Sendler, salvadora de 2.500 niños judíos en Varsovia

Fue torturada por los nazis y nunca se vio como heroína

"Solo hice lo que había que hacer, debí salvar a más". Así resumía su labor Irena Sendler, la trabajadora social polaca que consiguió sacar a 2.500 niños del gueto de Varsovia y salvarlos de una muerte segura. Siempre renunció a verse como una heroína, y se sentía mal por ser la última superviviente de los pocos católicos polacos que ayudaron a los judíos en la invasión nazi: "Merecían los homenajes tanto o más que yo". Ayer murió en Varsovia a los 98 años.

Sendler nació el 15 de febrero de 1910 en Otwock, al sur de Varsovia, adonde se trasladó con su familia. Era hija única. A los siete años vio morir a su padre, médico, de tifus. Se había contagiado empeñado en atender a los pobres, los más afectados por la epidemia, muchos de ellos judíos. "Aunque no sepas nadar, si ves a alguien que se ahoga, lánzate a salvarlo", le dijo poco antes de morir. Irena no pensó jamás en zafarse de tal encomienda.

Su epopeya habría quedado en el olvido si no hubiera sido porque, en 1999, tres estudiantes de un instituto de una pequeña población cerca de Pittsburgh (Kansas) recibieron el encargo de su profesor de investigar una escueta noticia que hablaba de una mujer polaca que había salvado a 2.500 niños judíos. "Debe de ser una errata, pero investigadlo", les dijo. Las tres chicas, a las que pronto se incorporó una cuarta, pensaron que sólo iban a encontrar la tumba de Sendler.

Pero, a sus entonces 90 años, estaba viva, y pronto la localizaron y comenzaron a intercambiar cartas con ella, con las que reconstruyeron la historia. Las chicas montaron una obra teatral sobre su trabajo (todo está en la página web dedicada por ellas a Sendler, www.irenasendler.org). Su título, Life in a jar, (La vida en un tarro) se refiere al riguroso registro que llevó Sendler sobre sus niños. Escribía sus nombres y los de las familias polacas y orfanatos que los acogían y escondían. Metía el papel en un tarro de cristal que enterraba bajo un manzano, en el patio trasero de un vecino.

Horrorizada por la creación en 1940 del gueto, donde vivían en apenas cuatro kilómetros cuadrados 450.000 personas, Sendler entraba con la estrella de David amarilla en su brazo, por solidaridad con sus pobladores y para que los guardias alemanes la dejaran en paz.

Ella y sus colaboradoras (casi todas eran mujeres) sacaban a los niños, a veces de meses, escondidos en sacos, en cajas, bajo la camilla de las ambulancias, hasta en ataúdes. Los mayores salían por las alcantarillas, por agujeros en los muros o aprovechando una iglesia que quedaba mitad en el gueto y mitad en la "zona aria". Les enseñaba unas plegarias católicas, y entraban por una puerta como pobres niños judíos, y salían por la principal como chavales católicos.

Pronto entró a formar parte de Zegota, organización clandestina de ayuda a los judíos, donde era Jolanta. Pero los nazis dieron con ella en 1943, y la sometieron a torturas interminables, rompiéndole brazos y piernas. Jamás habló y fue condenada a muerte, como recordaba su hija Janka (tuvo otro hijo, Adam, ya fallecido) y se cita en esta web. Pero Zegota sobornó a un guardia alemán, que la dejó escapar.

El comunismo silenció su labor porque, además de antinazi, también era anticomunista. Sin embargo, el año pasado, el Gobierno polaco la propuso para el premio Nobel de la Paz. Por supuesto, Hollywood puso en marcha en 2007 un proyecto de película sobre ella. Su biografía, La madre de los niños del Holocausto, de Anna Mieszkwoska, aun no está en castellano.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de mayo de 2008