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miércoles, 2 de abril de 2008
Entrevista:ALMUERZO CON... T. BUERGENTHAL

"Ya sólo pienso en polaco si sueño con Auschwitz"

Acaba de pasar unos días en España y todavía se le ilumina la cara cuando habla de las tapas que comió en Barcelona. Aquí en Washington, Jaleo es el único lugar que puede estar a esa altura. Llega con su mujer, Peggy, de origen peruano, "aunque sólo me habla en español cuando se enfada". Tiene unos modales y un inglés extremadamente afables, ecuánimes. La fotógrafa le pide que se siente en la barra. "Sáqueme bien que soy lector de EL PAÍS".

El juez de EE UU considera una tragedia el antiamericanismo

Bill Clinton envió al juez Buergenthal a la Corte Internacional de Justicia como representante de EE UU en ese órgano de la ONU. Para los otros 14 jueces del tribunal, él es el americano, con todo lo que eso implica. "Lo bueno de ser juez es que sólo hablas de lo que quieres: si no te apetece dar tu opinión sobre algo, dices que tu cargo no te lo permite porque podrías ser recusado si el caso llega a tu tribunal. Y eso asusta mucho".

Cada vez que llega un plato, lo analiza con dedicación, emite su sentencia y pregunta sobre España. Dice que detecta, como en otros sitios, animosidad hacia EE UU. "El antiamericanismo es una tragedia, pero no me sorprende, porque hemos perdido toda la credibilidad en derechos".

Después de haber luchado toda su vida por los derechos humanos, Thomas Buergenthal se decidió por fin a luchar contra el fantasma de su pasado: la infancia de un niño polaco en el campo de Auschwitz, que ha recogido en su libro, Un niño afortunado. Tiene la impresión incómoda de que su recuerdo no es el de un campo perverso. Pero tiene el hambre y el frío grabados en su memoria, varios dedos amputados por congelación, nunca olvida el color y el olor del humo que salía por las chimeneas y el trauma que todavía le persigue es el de verse separado de sus padres. Durante décadas no quiso visitarlo porque prefería preservar intactos sus recuerdos y poder escribir el libro que siempre tenía en la cabeza. Cuando finalmente regresó, casi cincuenta años después de la liberación, fue fácil encontrar su nombre en los archivos del campo: se levantó la manga de la camisa y leyó el número de preso que todavía tiene tatuado en el brazo. Y allí estaba su ficha redactada por un oficial del ejército nazi. Se desabrocha la camisa y me enseña el antebrazo. El número azul sigue allí, algo desvanecido por el tiempo pero perfectamente insertado en su piel. El número era una buena señal, significaba que servían para trabajar. Pero cada poco tiempo los oficiales de la SS, supervisados por el siniestro doctor Mengele, entraban en los barracones y hacían "la selección". Uno de esos días, su padre fue separado a patadas. Una camarera merodea junto a la mesa e intenta seguir discretamente la conversación.

Me dice que ya piensa sólo en inglés y que ha perdido su polaco natal, "aunque los sueños sobre Auschwitz siempre regresan en polaco". También se acerca el cocinero José Andrés e insiste en invitar.

Llevamos tres horas de conversación en torno a la mesa, "como en España", me dice. Y una multa de aparcamiento de 35 dólares, como en España, pienso yo.

Restaurante de tapas Jaleo. Washington

- Jamón Ibérico: 8,97 euros

- Alcachofas con pomelo: 5,76 euros

- Chistorra envuelta en patata frita: 4,48 euros

- Pisto manchego con huevo

frito: 4,16 euros

- Calamares a la romana: 4,16

euros

- Vino Albariño: 20,5 euros

- Flan (4,8), Arroz con leche

(4,8), cafés (1,92)

Invitación del cocinero José Andrés

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