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Reportaje:JUICIO EN PERÚ / y 2 | INVESTIGACIÓN Y ANÁLISIS

La cuarta espada del comunismo

El 'presidente Gonzalo', que estuvo a punto de ser fusilado tras su captura en 1992 y ahora es juzgado por miles de asesinatos, piensa que pasará a la historia como héroe

Abimael Guzmán, fundador de la guerrilla terrorista Sendero Luminoso, canonizó sus ideas dentro del movimiento, se erigió en dictador interno y ensayó la emulación del proceso histórico de Mao Zedong. Abrazó el maoísmo, equiparándolo con el marxismo-leninismo, e inventó un pensamiento guía propio. Resumió sus delirios revolucionarios en 39 volúmenes.

Mientras el campo hervía en sangre, la vida de Abimael Guzmán en la clandestinidad era más aburrida de lo que uno podría esperar. Solía cambiar de casa cuando se sentía perseguido, pero nunca salía de un barrio residencial habitado por militares jubilados, en las inmediaciones del Ministerio de Defensa, donde a nadie se le habría ocurrido buscarlo.

A la policía ni se le ocurría que Guzmán estaba vivo. Conforme la guerra avanzaba, el presidente Gonzalo se iba convirtiendo en un mito. Lo buscaban en la sierra o en los barrios populares que rodeaban la capital, y corrían rumores de que había muerto o fugado del país. En el campo circulaba la leyenda de que, cuando se veía rodeado, Gonzalo se convertía en pájaro, en serpiente, en piedra. Había versiones de Gonzalo para todos los gustos.

La policía peruana mimó a Guzmán para que hablara

El Consejo de Ministros rechazó el decreto de su fusilamiento

Convencer al detenido sobre un acuerdo de paz llevó un año. El fundador de Sendero admitió haber cometido "errores y excesos"

En la realidad, Guzmán vivía en un mundo más pequeño del que todos imaginaban. Solía acostarse y levantarse temprano. Por las noches bebía una copa y miraba la televisión. Le gustaba el fútbol, pero lo que más le interesaba eran las noticias. Era un obsesivo lector de periódicos, y subrayaba párrafos enteros de todo lo que tuviera que ver con Sendero Luminoso y de las páginas internacionales.

El resto del día, lo dedicaba exclusivamente al trabajo. Escribía o dictaba documentos, evaluaba informes, elaboraba minuciosamente campañas detallando su preparación, inicio, desarrollo, remate y complemento, y luego seguía su cumplimiento paso a paso, haciendo constar todo por escrito, para la Historia. Sus "obras completas" aún se conservan en el museo de la Dirección Nacional contra el Terrorismo de Perú: treinta y nueve gruesos volúmenes en papel A4 a espacio simple.

Imitando a Mao Zedong

Un vistazo a esos documentos muestra cómo el camarada Gonzalo va canonizando sus ideas en el partido. En 1982, los documentos las llaman "pensamiento guía". En 1983, el camarada Gonzalo es ungido como el líder indiscutible de la aún inexistente república popular, presidente del partido y presidente de la comisión militar. En 1984, por consecuencia lógica, se consagra el "pensamiento guía del presidente Gonzalo". En 1988, el congreso del partido establece el "pensamiento Gonzalo".

Para Carlos Tapia, de la Comisión de la Verdad, "Guzmán trataba de imitar el proceso histórico de Mao Zedong: primero pensamiento guía, luego pensamiento Mao, el último paso era llamarlo maoísmo, a la altura del marxismo y el leninismo. 'Ismo' significaba que las ideas no eran una interpretación particular del comunismo, sino que tenían validez de leyes universales. Guzmán siguió ese proceso esperando crear el 'gonzalismo', y consagrarse como la cuarta espada del comunismo mundial". Las otras tres serían el maoísmo, el marxismo y el leninismo.

En sus entrevistas con la Comisión de la Verdad, Guzmán dice que a él nunca se le ocurrió eso de la cuarta espada. Pero sus camaradas no están de acuerdo. El culto a la personalidad de Guzmán es patente en los cuadros pintados por los senderistas presos durante los ochenta. El presidente Gonzalo suele aparecer dirigiendo a sus huestes, a menudo desde el centro de un sol rojo que ilumina a los combatientes en lo alto del lienzo.

El líder que retratan es delgado y juvenil pero serio e intelectual. Su imagen no es la de un guerrillero sino la de un profesor. Lleva chaqueta y camisa, pero nunca corbata. Nunca empuña un arma. Siempre lleva un libro, y a veces una bandera con la hoz y el martillo. En otras pinturas, los guerrilleros adoctrinan a los campesinos con un fusil en una mano y un libro en la otra. El título del libro es Pensamiento Gonzalo.

Entre las obras de arte senderistas, resaltan sus retablos, representaciones tradicionales de la vida en el campo hechas con muñequitos de madera. Sólo que, en vez de campesinos cultivando, los senderistas ponen voladuras de torres de alta tensión. En vez de fiestas populares, comités populares. En vez de la Semana Santa, la I Escuela Militar. En uno de esos retablos, el Presidente Gonzalo aparece en el cielo, más allá del campo de batalla, como un ángel que desciende sobre sus guerreros.

No son exageraciones de subordinados. El propio Presidente Gonzalo habla de sí mismo en tercera persona y en los siguientes términos: "La revolución genera jefes y un jefe que deviene hasta símbolo de una revolución o de la revolución mundial... por ejemplo, los prisioneros de guerra en la Guerra Civil española reforzaban su optimismo viendo una imagen de Lenin... Y en nuestro Partido

se ha concretado en el Presidente Gonzalo".

Frente a Vladimiro Montesinos

La concentración de poder en su líder también era la mayor debilidad de Sendero Luminoso: todo llevaba a él en última instancia. Sospechando eso, el mayor Benedicto Jiménez, de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, inició una estrategia de seguimiento a los cuadros senderistas. A veces seguían a 50 al mismo tiempo, que se iban cruzando con otros. Así, en 1992, llegó a una casa en el 459 de la calle 1, urbanización Los Sauces, donde se suponía que vivía sólo una pareja de jóvenes.

Al principio, Jiménez no tenía muchas esperanzas en esa casa. De hecho, estuvo a punto de retirar la vigilancia. Pero su interés renació, curiosamente, al fijarse en su basura. De esa casa salían demasiadas bolsas de basura para sólo dos personas. La policía empezó a recoger y analizar minuciosamente todos los desperdicios de la casa. Encontraron paquetes de cigarrillos Winston, la marca que fumaba Guzmán. Y frascos de medicamentos para la piel. Y demasiados pelos de demasiadas personas.

El 12 de setiembre, la policía decidió entrar. Pidieron refuerzos. Dos destacamentos armados se apostarían en las esquinas y una pareja de oficiales con los nombres clave de Gaviota y Ardilla fingirían ser una pareja besuqueándose en la calle. Estaban nerviosos. Por la tarde, un auto desconocido aparcó frente a la casa de Los Sauces. Bajaron un hombre y una mujer. En espera de que saliesen, la falsa pareja de agentes se acercó a la entrada. Ellos darían la señal a los demás.

Era de noche cuando la puerta se volvió a abrir. La pareja salía a despedir a las visitas. Hablaban con tranquilidad. La chica tenía acento de clase alta. Reían. Súbitamente, Gaviota y Ardilla golpearon la puerta hacia adentro y cargaron con revólveres en la mano. Tras ellos, los destacamentos entraron en dos columnas y rodearon la casa. Gaviota y Ardilla, acompañados por un mayor, llegaron a las escaleras. Arriba se cerró una puerta corrediza. La rompieron. Entraron apuntando las armas hacia delante.

Más allá, en la última habitación, un hombre gordo y barbudo los esperaba sentado en medio de una biblioteca, frente al televisor. Él estaba tranquilo, pero una mujer se abalanzó sobre ellos con una banderita roja en la mano. "¡No lo toquen!", gritó.

Tardaron en convencerse de que era quien creían. Cuando lo hicieron, no cabían en sí. Guzmán se mantuvo en silencio mientras los demás lo rodeaban. Nadie en la casa tenía armas.

En el vídeo policial del arresto, Guzmán aún está sentado en su sillón. Elena Iparraguirre, camarada Miriam, está más tranquila, pero sigue alerta y se ocupa de que Guzmán esté cómodo y, sobre todo, de que nadie lo toque. El jefe de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, Antonio Ketín Vidal, trata a su prisionero con respeto:

-A veces en la vida se gana y otras se pierde -le dice-. A usted le ha tocado perder.

Sólo ahora, cuando siente que estaba ante un jefe a su altura, Guzmán habla:

-Esto es sólo una batalla. Los hombres desaparecen, las ideas quedan.

La camarada Miriam no se lo tomó con tanta filosofía. Cuando llegó el fiscal, le preguntó:

-¿Usted de dónde es?

-De Iquitos -respondió él.

-El partido está ahí desde hace años.

El fiscal tuvo que salir de la habitación y preguntar, aterrado, si eso era verdad. Los policías le dijeron que no.

Guzmán fue encerrado en los calabozos de la DINCOTE, la seguridad del Estado. Para su sorpresa, lo trataron bien. Según un oficial, "lo queríamos de buen humor para que nos contase todo lo que supiese. A veces pedía vino, a veces pedía Vivaldi. Se lo dábamos. La verdad, aparte de eso, era una persona muy humilde y nada agresiva. La otra, la Iparraguirre, esa sí que daba miedo. Si había que interrogarlos a los dos, yo no le despegaba el ojo a ella". El entonces mayor y hoy coronel Jiménez había planeado incluso el sistema de interrogatorios: "Guzmán es un profesor, le gusta sentirse profesor. Para muchos interrogatorios, usamos a dos subtenientes. Como eran jóvenes, Guzmán se sentía como si estuviese dictando cátedra y hablaba con soltura".

Humillado en una jaula

La relación entre Guzmán y las autoridades se desarrolló en estos amables términos durante un par de semanas. Hasta el 24 de setiembre, el día de su presentación pública, en el patio de la DINCOTE. Fue manipulada por el servicio de Inteligencia, dirigido por Vladimiro Montesinos, para convertirla en un operativo psicosocial de humillación pública. Guzmán fue expuesto con el traje a rayas de los presos de caricatura y encerrado en una jaula, como una fiera. Un agente de Inteligencia cuenta que "al principio pensamos raparlo y afeitarlo antes de la presentación. Pero su infección cutánea le produce manchas, y temíamos producir la imagen de que lo habíamos golpeado o maltratado".

Desde que se abrió el telón que cubría la jaula, los periodistas y algunos agentes camuflados empezaron a provocarlo con pifias y silbidos. "¡Asesino! ¿Te gusta tu uniforme?". Guzmán escuchaba con las manos en la espalda, sobrevolado por helicópteros. Afuera, el edificio estaba rodeado de tanquetas y carros de combate.

Al principio, Guzmán guardó la compostura. Se le veía hasta sonriente. Pero la provocación fue haciendo efecto. Empezó a dar vueltas por la jaula, como un león enjaulado. Tras unos minutos, inició una arenga:

"¡Combatientes del Ejército de Liberación Nacional! ¡Camaradas!... Algunos piensan en la gran derrota. Hoy les decimos que es simplemente un recodo en el camino ¡Nada más!". Dio instrucciones a sus combatientes e hizo una rápida lectura de la historia peruana. Aún tenía el puño levantado cuando cerraron la cortina de la jaula. Dos días después, de madrugada, una unidad de la Fuerza de Operativos Especiales con uniforme de combate lo sacó de la prisión, le puso una capucha y lo subió a una lancha. Durante el traslado, Guzmán escuchó sólo el sonido del mar y el sonido de las botas militares. Nadie le dirigió la palabra.

La lancha se detuvo en la isla de San Lorenzo, en una antigua cárcel clausurada. Bajaron a Guzmán y le quitaron la capucha. Frente al preso hinchado y asustado, estaba el director de Inteligencia naval, Américo Ibárcena. Sus hombres también vestían uniforme de combate. Ahora, Ibárcena está preso por sus vínculos con Vladimiro Montesinos. Pero un oficial que presenció la escena recuerda: "En realidad, la primera idea de Montesinos fue fusilarlo. La Constitución no contemplaba la pena de muerte, pero estábamos en estado de excepción y la decisión habría sido bien recibida por el país. El decreto que ordenaba su ejecución se llegó a redactar y el pelotón de fusilamiento fue seleccionado, pero el consejo de ministros se negó a firmar la orden. Si lo hubiera hecho, Guzmán habría muerto esa noche, en San Lorenzo".

Guzmán aceptó todos los cargos

No murió. Lo encerraron en una celda muy pequeña de la que no salía en todo el día. 2.000 soldados con armas automáticas y un submarino custodiaban la isla, y para llegar a la celda había que abrir 20 candados, cada uno en manos de un oficial distinto. En el desayuno, almuerzo y cena, entraban los agentes a interrogarlo. "Guzmán se aburría tanto que nos recibía ansioso por hablar", recuerda uno de ellos.

Durante los siguientes días, de acuerdo con el código militar, el Estado le abrió un proceso sumario. Guzmán compareció en una jaula con el traje a rayas, las manos en la espalda y la mirada altiva. Tanto los jueces militares como los fiscales y la guardia de seguridad estaban encapuchados y ninguno firma las actas con su nombre. El abogado de Guzmán sólo pudo ver a su cliente y el expediente de más de 1.000 páginas 10 minutos antes de la sesión. Guzmán aceptó todos los cargos y asumió la responsabilidad por sus subalternos. Fue condenado a cadena perpetua.

Un año después, ante la sorpresa general, Abimael Guzmán apareció en televisión, sereno y sin traje a rayas, más bien con un uniforme de presidiario con aire militar. Junto a él, Elena Iparraguirre. Los dos piden al país iniciar conversaciones para un acuerdo de paz.

Una fuente de Inteligencia asegura que el acuerdo de paz fue concebido en el despacho de su jefe, Vladimiro Montesinos, y que convencer a Guzmán costó un año de conversaciones ellos dos: "Montesinos siempre se presentó ante Guzmán como el bueno, en contraste con el presidente y los militares que, según le decía, querían asesinarlo. Él quería que Guzmán propusiese públicamente un acuerdo de paz. Así dividiría a Sendero y aislaría a las columnas que aún combatían. Hay que reconocer que fue brillante".

Durante las conversaciones, Montesinos defendía la tesis de que, sin Guzmán, Sendero no era nada. Y trataba de convencerlo de que sólo si entraba en una nueva fase de acuerdos políticos mantendría el liderazgo. Así, aún perdida la guerra, se salvaría el partido gracias a él.

También le hizo sentir que era su amigo. Aparecía siempre con la noticia de que "sus superiores" autorizaban a Guzmán a pasar la noche con Elena, a comer algún plato especial o a celebrar su cumpleaños con tarta y vino, que él proveía personalmente, al igual que los libros y discos. A veces incluso le llevaba a Osmán Morote o a otros dirigentes para que conversasen. Evidentemente, todas las reuniones de Abimael Guzmán con sus camaradas eran filmadas, incluso los encuentros íntimos con Elena.

El fin del luminoso sendero

Durante los siguientes ocho años, hasta después de la caída del régimen de Fujimori, Guzmán no recibió más visitas que las de Cruz Roja. Sólo con el regreso de la democracia, la situación de la base naval se normalizó un poco: a Guzmán se le permitió tener un abogado y recibir visitas de autoridades penitenciarias.

En 2002, se formó una comisión de la verdad para investigar las acciones de ambas partes en la guerra interna. Parte de la comisión sostuvo una veintena de entrevistas con Guzmán. El comisionado Iván Hinojosa le preguntó una vez si admitía fallos y brutalidades en la actuación de Sendero Luminoso:

"Guzmán aceptó que Sendero había cometido errores y excesos. Un error fue el atentado de Tarata: el coche bomba estaba dirigido a una avenida abierta, donde habría causado menos daño. Pero se estropeó dos calles antes, y lo tuvieron que abandonar en una calle muy estrecha. Resultado: más de veinte muertos. Error." "En cambio, un exceso fue dinamitar el cadáver de la líder de izquierda María Elena Moyano. Según ellos, había que matarla por delatora. Pero volarla en pedazos era una barbaridad innecesaria. Guzmán dijo, 'hay que respetar a los muertos. Eso nos han enseñado".

Lo último que se sabe es que Guzmán ha solicitado formalmente casarse con la Camarada Miriam. Los presos casados tienen derecho a verse una vez por semana. Pero este caso es especialmente incómodo. Un militar se pregunta: "¿A cuál de los dos vamos a pasear una vez por semana a través de toda la ciudad? En la práctica, si se acata esa norma, habrá que reunirlos de nuevo por razones de seguridad".

Guzmán realiza huelgas de hambre cada vez que quiere exigir mejoras en las condiciones de su encierro. No hay registro de cuántas hizo durante los noventa, pero desde entonces lleva una al año. Es difícil saber qué espera de la vida aparte de eso. El jefe del Instituto Nacional Penitenciario, Wilfredo Pedraza, le preguntó una vez cómo se ve en un futuro: "Guzmán me dijo que esperaba estar en un escritorio, leyendo y escribiendo. Dijo que quería darle herramientas al pueblo para defenderse de la globalización. Él se considera un intelectual. Cree que pasará a la historia, y que será recordado como un héroe".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de octubre de 2005