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miércoles, 4 de diciembre de 2002
Tribuna:

México, los aztecas y los conquistadores españoles

La palabra "encuentro" se utilizó mucho en 1992 cuando en España se celebraba tan ampliamente el 500 aniversario del descubrimiento de América por Colón. Era un eufemismo, porque pocas características de encuentro tenía la captura de los indios de Bahamas para esclavizarlos. Pero en México se produjo un verdadero encuentro entre Moctezuma, a quien debemos considerar "emperador" de los aztecas, y Hernando Cortés, por darle el nombre por el que normalmente le conocían en aquella época.

El encuentro tuvo lugar en noviembre de 1519 en el paso elevado del sur que conducía desde tierra firme, cruzando el lago de México, a la capital de Moctezuma, Tenochtitlán, corazón de la actual ciudad de México. Cortés llegó con cuatrocientos o quinientos europeos, acompañado de porteadores y siervos de tribus indígenas no aztecas, a las que había convencido para que lo sirviesen. Esas tribus apoyaban convencidas a un jefe militar extranjero que podría ayudarles a derrotar a los aztecas.

Cortés y sus compañeros, como Pedro de Alvarado o Gonzalo de Sandoval (la mayoría de los capitanes procedían del oeste de España, de Extremadura), iban a caballo y la visión de los hermosos caballos españoles causaba gran impresión. Tenían también algunos perros de presa que resultaban igualmente inquietantes para los aztecas, y algún cañón transportado en carros, dando así por primera vez entrada a la rueda en la imaginación azteca. Además, eran arcabuceros capaces de causar una detonación violenta, aunque su disparo no fuese muy preciso. Los caciques españoles llevaban una armadura de hierro que podría parecer pesada, pero ciertamente resultaba una ayuda para la propaganda cristiana.

Probablemente los aztecas ya habrían oído hablar de las largas y amenazadoras espadas de los españoles, que ya habían sido blandidas, con resultados mortales, en el viaje hacia la costa.

Cortés llevaba con él un sacerdote y un fraile mercedario, y unas cuantas mujeres, sobre todo Marina, la mexicana que había aprendido el idioma maya cuando fue esclavizada por aquel pueblo, y podía comunicarse con Moctezuma y otros traduciendo el nahuatl mexicano al maya, que a su vez era traducido por Jerónimo Aguilar, un andaluz que había vivido varios años en el Yucatán, en territorio maya. Éste era un medio de comunicación lento, pero bueno, y los aztecas no podían competir con él. Estos dos traductores permitieron a Cortés hablar a los entonces indígenas, algo que hacía bien, pues de niño había sido formado como acólito en una iglesia de su pueblo natal, Medellín. Era particularmente elocuente al explicar la naturaleza y el atractivo del cristianismo. Los españoles también tenían la escritura, de forma que las comunicaciones podían trasladarse fácilmente del comandante al capitán, un factor que desempeñaba una importante función en su capacidad para la guerra.

Marina se había convertido en amante de Cortés y una característica de esta expedición era que muchas muchachas ya se habían asociado con los soldados españoles. Esto no parece haber disminuido la capacidad de luchar de los conquistadores.

Cortés fue recibido en el paso por el propio Moctezuma, rodeado por la elaboradamente emplumada nobleza mexicana. Un hombre caminaba delante del emperador portando una vara tallada para indicar su autoridad. Los españoles probablemente hayan encontrado ese elemento familiar y algunos quizá hayan apreciado la admirable talla que adornaba la rama. Aquel punto es ahora una carretera que conduce hacia el sur desde el centro de Ciudad de México, y el lugar está situado cerca de lo que ahora es el convento de San Antonio Abad. Quizá el emperador no hubiese deseado recibir tan bien a Cortés, pero la tradición de hospitalidad lo hacía esencial. Los mexicanos tenían muy buenos modales: "Tan cortés como un indio mexicano", decía un dicho español del siglo XVII.

Moctezuma descendió de su litera verde, que, según los cronistas, estaba elaboradamente adornada con joyas de oro, encaje fino y plumas y otras cosas por las que la civilización azteca es renombrada y que están tan bien ilustradas como lo pueden estar en la exposición de la Royal Academy (*), aunque tras la conquista los españoles fundieron la mayor parte de las joyas de oro mexicanas para sus propios propósitos, así que pocas quedan. Los aztecas no disponían de plata propia, pero el país vecino, lo que los españoles llamaban Michoacán, sí la tenía, y parte de ella conseguía llegar a Tenochtitlán. Es probable que Moctezuma vistiera una capa bordada, con un tocado de plumas comparable al que se puede ver en el Museo de la Humanidad de Viena, y en los pies, unas sandalias decoradas en oro. Besó la mano de Cortés después de tocar tierra. Al parecer, Cortés se limitó a preguntarle: "¿No eres tú? ¿No eres Moctezuma?". Entonces le obsequió con un collar de perlas, probablemente de perlas recogidas en la isla venezolana de Margarita, donde ya se encontraban los buscadores de perlas españoles.

Moctezuma ofreció a Cortés un doble collar de conchas de caracol rojo, del que colgaban ocho camarones de oro. El color rojo de su collar quizá significase que Moctezuma creía que Cortés podría ser la reencarnación del dios perdido, Quetzalcoatl, deidad de la cultura y el viento, que había desaparecido por el mar oriental muchas generaciones antes. Al sugerir la identificación de Cortés con Quetzalcoatl, Moctezuma quizá estuviese practicando un juego político interno cuyos secretos no son evidentes hoy en día.

Después se dirigió a Cortés. Si es cierto lo afirmado por algunos cronistas, debe de haber sido la recepción más notable de la historia. Según fray Bernardino Sahagún, por ejemplo, un franciscano que dedicó su larga vida a recuperar la naturaleza de la civilización azteca, y de cuyo trabajo se encuentran algunas ilustraciones en la Royal Academy, Moctezuma dijo: "Oh, nuestro señor, has sufrido fatiga, has soportado el cansancio, has venido para llegar a la tierra. Has venido para gobernar la ciudad de México, has venido para descender sobre tu alfombra, sobre el asiento que por un momento he guardado para ti... No estoy meramente soñando, no veo en sueños. No sueño simplemente que te veo, que contemplo tu rostro... Los gobernantes que ya han desaparecido sostenían que tú vendrías a visitar la ciudad, que descenderías sobre tu alfombra, sobre el asiento".

Esta traducción del mexicano (nahuatl) realizada en el siglo XVI por Sahagún ha suscitado muchos comentarios escépticos, pero en cualquier caso es seguro que se pronunciaron unas palabras igualmente elaboradas.

Los aztecas tenían una religión brutal que parece haber exigido cada vez más sacrificios humanos; como buenos imperialistas, ejercían el control sobre muchos pueblos conquistados; pero tenían muy buenos modales. Tales discursos no debían tomarse al pie de la letra. "Estás en tu casa", dice el español, sin suponer ni por un momento que la persona a la que se dirige se va a trasladar a vivir allí.

Después, Cortés y sus compañeros se sintieron rodeados en la ciudad, que era más grande de lo que cualquiera hubiese visto en Europa. Capturaron a Moctezuma y lo obligaron a vivir como rehén en el palacio en el que los habían hospedado, situado más o menos en el lugar que ahora ocupa la tienda de empeños del extremo occidental de la plaza del Zócalo de Ciudad de México. Durante seis meses, las relaciones fueron buenas, y Cortés enseñó a Moctezuma a usar el arcabuz. Entonces, una expedición española desembarcó en Veracruz para obligar a Cortés a volver a su lealtad al gobernador de Cuba. Cortés viajó a la costa y derrotó a estos nuevos conquistadores (le dijo a Moctezuma que eran todos vascos). En su ausencia, su imprudente ayudante, Alvarado, a quien había dejado atrás con 120 soldados, decidió que se estaba preparando un levantamiento contra él y en un "ataque preventivo", como diría el presidente Bush, cayó sobre la nobleza de Tenochtitlan mientras ésta bailaba en una fiesta. Cortés volvió a toda prisa, pero tuvo que abandonar la ciudad, llevando a cabo su retirada por los pasos elevados en la denominada noche triste, en la que muchos españoles fueron capturados y después sacrificados en las pirámides especialmente diseñadas para que la ceremonia pudiera contemplarse desde lejos. Moctezuma murió golpeado por una piedra, probablemente arrojada por sus propios seguidores, cuando hablaba a los aztecas desde un tejado, en un intento de negociar la paz.

Cortés se reagrupó con la ayuda de aliados indígenas, en especial los pobladores de Tlaxcala. En 1521 sitió la ciudad. La sometió después de tres meses de lucha, una lucha en la que los bergantines especialmente construidos allí por un sevillano, Andrés López, desempeñaron un papel muy importante. La ciudad quedó prácticamente destruida durante los combates. Los aztecas se rindieron, Cortés reconstruyó la ciudad y, transcurridos pocos años, la mayor parte de lo que ahora es el moderno México se había convertido en el virreinato de Nueva España, gobernado por un virrey. Una placa colocada en el emplazamiento del antiguo templo azteca afirma que el México moderno empezó allí, y que el brillante Estado actual desciende de un matrimonio, si no de un encuentro, entre estos dos pueblos imperiales.

Hugh Thomas es historiador e hispanista británico. Autor, entre otros libros, de La conquista de México. * Este artículo fue escrito con motivo de la exposición sobre los aztecas de la Royal Academy de Londres.

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