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CARTAS AL DIRECTOR

Luto taurino

Se ha ido un amigo, un taurino, un gran aficionado. He perdido el último eslabón que me unía en el recuerdo al maestro Cañabate. Las crónicas y artículos de Joaquín Vidal me recordaban tardes inolvidables de toros y mañanas de conversaciones entremezcladas de medias verónicas y ayudados por alto...

Ahora, desde mi andanada, ya sólo podré disfrutar imaginando qué pensarán Joaquín y mi abuelo del fraude en que se ha convertido la fiesta. ¡Descanse en paz, maestro!- José Gómez-Arnau y Díaz-Cañabate. Madrid.

No sé los taurinos, pero los antitaurinos estamos de luto. No sé la crítica, pero los lectores estamos hechos trizas. No sé el periodismo, ni me importa, pero sus admiradores seremos desde hoy menos ricos. No sé sus amigos, pero sus conocidos maldecimos su muerte, una cornada salvaje al mejor de los maestros. Porque lo más grande de Joaquín Vidal era que sin gustarte los toros (incluso odiándolos, maldiciéndolos), sin ser periodista ni crítico, sin ser familiar, amigo o admirador, te quedabas prendado de sus crónicas.

Porque para amar, admirar e intentar imitar a Joaquín Vidal simplemente tenías que saber leer. Y lo peor es que nos ha dejado sin contarnos su secreto, sin decirnos cómo se puede manejar tan maravillosamente el vocabulario, ser tan rico, tan sabio, tan certero a la hora de escoger la palabra perfecta para expresar aquello que se quiere narrar, ser atractivo de la primera a la última línea. Y, sobre todo, cómo se puede captar, enganchar, atontar a alguien que odia los toros con un texto de toros.

Ése era Vidal. Un mago de la escritura que se nos ha ido sin dejar escrito un manual de cómo ser tan bueno, tan maravilloso y, sobre todo, tan cautivador como él.

Así que no nos queda más remedio que seguir tirando, tratando de imitarlo mientras los demás se ríen de nosotros porque pretendemos escribir, narrar, contar historias como él. Pues que se rían, pero yo vivía colgado de sus crónicas. Y mi desayuno, a partir de hoy, será una mierda. Y los toros, claro, ya no existirán.- Emilio Pérez de Rozas. Barcelona.

La corrida que acabábamos de ver en la plaza de toros de Las Ventas nunca terminaba hasta el día siguiente cuando, tras leer la crónica de Joaquín Vidal (que en nuestro círculo de aficionados de la grada del 8 era conocida con el sobrenombre de 'la biblia'), nos corroboraba lo que habíamos visto o nos mostraba lo que no supimos ver.

Defensor del toro como base de la fiesta y enemigo acérrimo del triunfalismo que nos invade, nos ha enseñado la manera de ver los toros, no sólo a través de sus artículos, sino también con sus libros (El toreo es grandeza).

Recuerdo la mejor faena que he visto. Fue el 28 de septiembre de 1987, en Las Ventas, y toreaba Rafael de Paula. Tengo enmarcada la crónica escrita por Joaquín Vidal, titulada Nunca el toreo fue tan bello. Empieza así: 'El toreo era el arte de dominar al toro, hasta que Rafael de Paula lo convirtió en sinfonía; ayer, en Madrid. Ahora vuelve el toreo a ser el arte de dominar al toro porque lo de Rafael de Paula, ayer en Madrid, es irrepetible'. Tú sí que eres y serás irrepetible.- Mario Gonzalo Cachero. Arévalo, Ávila.

'¿Quién mira el toro?', 'El toro es el animal más bello de la creación', escribiste para mí un día de junio de 1985, Joaquín Vidal. Voy a echar muy en falta (el encantamiento de) tus crónicas taurinas. Tú sí que viste al toro; conocías tanto el sentimiento del animal como el arte de torearlo. Unías tu sabiduría literaria (independiente y rigurosa) a tu humanidad angelical. Jamás olvidaré nuestras conversaciones; tu generosidad. Conocerte fue, para mí, una gran fiesta espiritual. Siento, con profundo dolor, tu ausencia. Y animo, con todo cariño y afecto, a tu familia a sobreponerse. Jamás te olvidaremos. Descansa en paz.- Manuel Padorno. Las Palmas de Gran Canaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de abril de 2002