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Crónica:SILLÓN DE OREJAS
Crónica
Texto informativo con interpretación

La lluvia en España al libro no da caña

Manuel Rodríguez Rivero

Como decía Nabokov, cuya obra se agiganta en esta época líquida e hipermoderna, el rasgo distintivo de todo lo existente es su monotonía. Jaime Salinas, el mejor editor de libros que he conocido (y no han sido pocos), suele decir que la vida no es tan interesante como nos creemos cuando nos sentimos señalados por las pequeñas humillaciones de la cotidianidad. Tiene razón. La Feria del Libro también acaba, como siempre, con el monótono eco de las cifras y las comparaciones. El primer fin de semana fue el mejor, dicen algunos. Y eso que cayeron chuzos de punta. Pero ya se sabe que, parafraseando el tema central de My Fair Lady (1956), el sublime musical de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, the rain in Spain stays mainly in the Fair. Luego salió el sol y, la verdad, hasta la sufrida Eliza Doolittle podría haberles hecho la butifarra a los pesadísimos pigmaliones doctor Higgins y coronel Pickering recorriendo la feria a bordo de un avión descapotable, como aquel del que me habló la hoy (voluntariamente) silenciosa Rosa Regás, y sobre cuya hermosa historia de amor y pasión leí más tarde un relato (que creo que no se atrevió a publicar) de Joaquín Leguina. Leo en Muchas veces me pediste que te contara esos años (Alfaguara), el último libro autobiográfico (todos los suyos lo son) de Juan Cruz, que don Domingo Pérez Minik, esa gloria canaria cuya calle santacrucina (abundante en restaurantes, por cierto) sigue llamándose incomprensiblemente "del General" (golpista) "Goded", le explicaba que leer "es algo muy serio, Juanito, porque en el alma igual que en el cuerpo pueden entrar infecciones gravísimas que luego nadie te cura y te convierten en un bobo o en un frívolo". Imposible no estar de acuerdo, ahora que se lee mucho y se discrimina poco. La literatura ha perdido su halo sagrado -perdónenme la antigüedad- en beneficio de las rutilancias del mercado. Hoy abundan los Jaspar Milvain en detrimento de los Edwin Reardon, por citar a los dos protagonistas antagónicos de esa amarga y espléndida historia de escritores que es La nueva Grub Street (Alba), de George Gissing (1857-1903). Los buenos narradores (y lo pienso mientras leo la gran novela siciliana Los Virreyes, de Federico De Roberto, publicada por Acantilado), siempre trabajan como si fueran concienzudos principiantes. Como alguien, decía Rilke, "que escribiera la primera palabra después de un punto que hubiera durado varios siglos". Esta feria también ha sido la de las vanidades, como todas. Leemos más, seguro. Y también venden y firman muchos más escritores que antes. Sobre todo si salen por la tele.

Como solía decir el capitán de 'Jacques el fatalista', de Diderot, "cada bala que sale de un fusil lleva una etiqueta"

Poeta

Reconozco que carezco de autoridad para hablar de la polémica de los chefs, que además de llenar las arcas de Temas de Hoy (editorial del libro de Santamaría), ha suscitado un debate "cultural" (¡gulp!) cuya intensidad casi deja en anécdota el célebre Historikerstreit o querella de los historiadores a propósito de la reconsideración (revisionista) del nazismo. Por lo que a mí respecta, al único chef al que habría concedido el doctorado honoris causa de una universidad sería al "Coronel" Harland D. Sanders (1890-1980), que en plena Depresión inventó el Kentucky Fried Chicken para los camioneros que repostaban en su estación de servicio en Corbin, Kentucky, y cuyo pollo frito sigo degustando con agrado los días que me invade el spleen o esa nostalgia del cieno que a veces consume a los enfermos de acedía. Pero tengo la impresión de que, en mi particular cruzada contra las manifestaciones más delirantes de la llamada haute-cuisine, me encuentro en minoría, lo que significa, probablemente, que estoy absolutamente equivocado. Igual, por cierto, que cuando digo que me molestan los centenares de clasificados "eróticos" (sección "servicios") que se publican a diario en este periódico (que también es el mío), o que una de las peores formas de tortura que puedo imaginarme es ser obligado a escuchar, durante 19 días y 500 noches, las composiciones de nuestro Asuranceturix castizo, por citar dos asuntos de muy distinta índole moral. Casi siempre me equivoco: así me ha ido en la vida. Lo que no es óbice para que en algunas cosas me sienta más seguro. Por ejemplo, en lo que respecta a la consideración que merece el Libro de horas (Península), de Jaime Ferrán (Cervera, 1928), uno de los poetas de la llamada "escuela de Barcelona", una de las secciones más fecundas y creativas de la "generación del medio siglo" o "de los cincuenta". Como sus compañeros de grupo (con los que coincidió en la revista Laye), entre los que se encontraban Folch, Costafreda, Gomis, Badosa, Barral, Goytisolo (José Agustín) o Gil de Biedma, Ferrán creció como poeta empapándose de dos tradiciones literarias, la catalana y la castellana, y abierto a la mejor poesía británica y francesa de la modernidad. Ahora, cuando ya quedan muy pocos de sus contemporáneos en activo (la de los cincuenta ha sido una generación prematuramente diezmada), y a punto de cumplir ochenta años, Ferrán nos regala desde Estados Unidos este nuevo poemario que es una luminosa celebración del amor (hacia su difunta esposa, Carmen) y de la vida. Sencillo, antirretórico y sin fuegos de artificio. Un libro que rebosa sabiduría, experiencia, y en el que "no pasa la pasión, / pasa la vida".

Dibujos

Como solía decir el capitán de Jacques el fatalista, de Diderot (Punto de Lectura; traducción de Félix de Azúa), "cada bala que sale de un fusil lleva una etiqueta". Como balas o, al menos, como perdigones, son cada una de las viñetas de El manual de mi mente, ese estupendo álbum-antología de Paco Alcázar (Cádiz, 1970) que ha publicado Reservoir Books. Adoro, por ejemplo, 'Mecanismo Blanco', publicada en la desaparecida El Víbora, que cuenta las aventuras del doctor Lázaro, un repartidor de pizzas que se saca unas pelillas extras como neurocirujano, y que es capaz de operarle el cerebro a sus pacientes dejándoles como recuerdo una lengua en mitad de la frente. Nada que ver con el hipermoderno cómic de Miguel Ángel Martín (León, 1960) Playmate, donde las calles no tienen nombre (Rey Lear), que relata en dibujos de heladora elegancia en blanco y negro una historia de desamor y frustración en un futuro que ya vemos. Estos últimos meses he leído álbumes estupendos, como los dos antedichos y el autobiográfico Fun Home, una familia tragicómica (Reservoir Books), de Alison Bechdel, al que ya me he referido en alguna ocasión. Y, para colmo de alegrías ilustradas, me acaba de llegar el catálogo de la exposición Hipnotopía (prólogo de Alberto Manguel), una muestra de los últimos trabajos de Max -el artista que ilumina (en todos los sentidos) este "sillón de orejas"- que permanecerá en el Centre de Cultura Sa Nostra de Palma de Mallorca hasta el 30 de agosto. No sé a qué están esperando para darse una vuelta por allí.

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