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Reportaje:La firma invitada

El mito del 'garum'

Por José Ignacio Goirigolzarri

La crisis está logrando que la sociedad haya vuelto a poner su atención en la iniciativa empresarial. En la promoción de empresas como medio de creación de riqueza y cohesión social. Este movimiento es evidente en muchos ámbitos, desde el universitario hasta el político, y está calando con fuerza en la denominada sociedad civil. La buena noticia es que no hay fisuras en lo que queremos: que haya muchas iniciativas empresariales. La menos buena es que estas buenas intenciones tienen un resultado práctico que no nos deja satisfechos.

Y esa realidad la debemos diagnosticar con realismo. Analizando causas y movilizando resortes para luchar contra los cuellos de botella. La tarea no es fácil y los atajos y los grandes anuncios/solución, desafortunadamente, nos conducirán a la melancolía. El objetivo a perseguir sería lograr que la persona que quiera asumir los riesgos de crear una empresa (y esto plantea una cuestión de valores sociales) con un proyecto plausible (cuyo juez último es el mercado) tenga acceso a herramientas y financiación para llevarlo a la práctica.

El 'garum' floreció porque se creó un mercado al que contribuían muchos agentes con mucha información Lo mejor para ayudar a las empresas hoy es abrirles las comunicaciones, como se hizo en la época romana
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El análisis de nuestra distancia a ese objetivo ha originado un interesante debate en Internet y en los medios escritos. En el debate se han analizado diversas vertientes del problema (desde la educación y los valores sociales hasta la financiación, pasando por el apoyo más técnico de los proyectos). Todas estas vertientes deben ser analizadas con el fin de definir y desarrollar medidas que nos acerquen al objetivo definido. Tenemos un claro reto.

Sin embargo, el debate ha puesto su prioridad en el acceso a los mercados. Y se ha concentrado aquí desde una doble constatación. Los nuevos proyectos deben tener una visión global ("sin visión global no hay proyectos de enjundia que sean sostenibles"). El impacto radical que la nueva tecnología debe tener en la respuesta al desafío de la globalidad.

Que el debate se haya decantado, en un primer momento, en el mercado me parece un acierto. En primer lugar, porque focaliza la razón de ser de una empresa: el cliente, y cómo acceder y servirlo (sin clientes no hay ventas, ni resultados, ni valor, ni sostenibilidad). En segundo lugar, porque la reflexión del impacto de la tecnología y la Red en el mercado nos pone ante un factor que será rupturista y trascendental.

De hecho, para mí, la Red es una extraordinaria noticia para las empresas en general, nuevas o antiguas. Porque la necesidad de enfrentarnos a una realidad global solo puede acometerse por medios tradicionales en las grandes empresas. En el resto, la Red es el único medio para ser global.

Y aquí la cuestión es: ¿Qué podemos hacer para ayudar a que esto sea una realidad? La respuesta sería automática: creando un auténtico mercado en la Red. El cómo se hace es bien complejo, pero para su consecución hay algunos clichés que debemos cambiar. Entre ellos, destacaría:

1. Un mercado no es solo un lugar donde se hacen compraventas. Su papel, previo a lo anterior, es ser centro de una gran información. Información de quienes son los clientes y proveedores, qué características tienen, sus momentos de compras...

Pues bien, la aproximación actual en la Red (sobre todo en las relaciones empresariales) se basa en relaciones unívocas y reactivas. La Red se entiende como una gran avenida en la que se exponen los productos. Esta es una traducción muy pobre del mundo físico al mundo virtual.

Necesitamos mecanismos que movilicen ese mercado, esa Red. Que se extraiga información no reactiva y unívoca, sino permanente, múltiple y proactiva. Estos mecanismos están lejos de las posibilidades de la gran mayoría de las empresas. Pues el objetivo es claro: ayudemos a que esto sea posible. Las redes sociales nos están mostrando el camino.

2. Para que lo anterior sea eficaz debemos contar con masa crítica. La Red en sí es una cuestión de masas críticas. Esto hace que soluciones de este tipo deban ser necesariamente abiertas. Por ello, las soluciones de creación de mercado parceladas -tipo corralitos sin posibilidad de conexión- no son suficientes, porque van en contra del punto fuerte más importante de la Red.

Igualmente, debe considerarse que la solución tipo subastas no cumpliría este objetivo de creación de mercado, y ello, precisamente, por los aspectos de información comentados en el punto anterior.

3. La aproximación de nuestras empresas debe ser global, para confirmar proyectos robustos y sostenibles. La Red, por definición, es global.

Por eso la configuración del mercado debe ser global. Es una red transnacional, no internacional, porque cada agente interactúa en plano de igualdad. También hablamos aquí de masas críticas. Esto es muy importante. Entiendo las tentaciones de concentrarse en ayudar a nuestras empresas a exportar, pero eso no es sostenible en una visión como lo que aquí se propone.

Nuestras empresas se benefician en un mercado global en la doble dirección: En las compras y en las ventas. Además, el concepto de nuestras empresas, caería en los problemas de los corralitos a los que antes he hecho referencia.

Creo que los Gobiernos ayudarían más a las empresas creando mercados abiertos que intentando apoyar (con buena intención, sin duda) proyectos que, de nuevo, son trasladar al mundo virtual prácticas que tenían sentido en el mundo físico, pero que cada vez se muestran menos eficaces.

4. Es más, esta visión de un mercado-Red en su dinámica hace que se junten empresas nacionales y extranjeras sin solución de continuidad (aunque luego haya que contemplar diferencias en función de transacciones/pago). Este es el salto cualitativamente más importante, más rupturista, en el largo plazo.

5. En la Red hay un cuello de botella para su desarrollo: La confianza. Esta es una limitación que creo puede ser una oportunidad, porque, paralelamente, las nuevas empresas tienen una falta de trackrecord. Las empresas, en esta Red, serían -en el primer momento- grandes desconocidas. Por ello -como ocurre en el mundo físico- necesitaremos generar herramientas que, de algún modo, generen una rating comercial entendible y confiable.

6. Todo lo anterior es posible y deseable, pero también aquí tendríamos que evitar los "clichés" tecnológicos. Para que este mercado-Red sea una realidad abierta no se puede quedar en una simple red social con herramientas de guía comercial, ni en un modelo cerrado del B2B clásico.

Una solución de este tipo requiere una tecnología abierta que se irá mejorando por aportaciones de múltiples partícipes para darle la necesaria dinámica. El mercado, así configurado, no debe ser propiedad de nadie, como no lo es en el mundo físico. Defender una radical neutralidad del software que respalde este mercado es condición indispensable para su viabilidad.

Es cierto que, como se decía al inicio del artículo, los cuellos de botella son múltiples, y todos tienen que ser atacados, pero la creación de mercados para unas empresas con escasez de recursos para enfrentarse a un mundo global es, posiblemente, el más prioritario. El viejo mito del garum y su receta perdida pueden ilustrar por qué.

El garos de los griegos, garum de los romanos, se recuerda como una salsa exquisita, pero también como la principal industria y fuente de riqueza en la península Ibérica bajo la dominación romana. Su receta original, contemporánea de Homero (siglo VIII antes de Cristo) parece que llegó a la Península tres siglos más tarde, adaptándose de una manera especialmente brillante. Nadie recuerda ya aquellas recetas. Las más antiguas que han llegado hasta nosotros son muy tardías. Alguna ha sido atribuida incluso a Leonardo da Vinci, pero ni con tan ilustres cocineros el garum volvió nunca a ser una fuente de riqueza regional.

La razón, el verdadero secreto del garum, es que lo importante no era la receta original (el conocimiento base). El garum era fundamentalmente "un mercado" que para la ejecución de las recetas optimizaba la coordinación entre industriales y pescadores, por un lado, y por otro, de estos con el mercado de las principales ciudades con una compleja red de transportes. Cuando la red de transportes y comercial se fue descomponiendo a partir del siglo IV, la demanda bajó, la integración industrial perdió incentivos, el hardware (barcos, saladeros, puertos) quedó sobredimensionado y, finalmente, la receta volvió a la escala familiar perdiendo sofisticación. El sistema en su conjunto dejó de funcionar.

Hoy no tendría sentido buscar la receta al modo de un grial perdido, pero sí reflexionar sobre el mito de garum.

Al final el garum floreció porque se creó un mercado, un mercado al que -como no puede ser de otra forma- contribuían muchos agentes con mucha información. La destrucción de la red de comunicaciones supuso que el mercado se marchitase.

Pues bien, creo que hoy, tanto para las empresas establecidas como para las que se están creando, lo mejor que podemos hacer es abrirles las comunicaciones, como en su tiempo ocurrió con el florecimiento del garum. Comunicaciones que hoy, lógicamente, no son físicas, sino que tienen que beneficiarse de los nombres de nuestra época: Internet, software no propietario y conocimiento de las redes.

Si creemos en la responsabilidad personal, en la empresa y en el mercado, seguramente esta sea una de las tareas más útiles y hermosas que podemos acometer. .

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