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Columna
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Respondona

Carlos Boyero

Miré de reojo, injustamente, con innecesarios prejuicios y caprichoso desdén a Ana Pastor cuando sustituyó en la conducción de 59 segundos a Mamen Mendizábal, una mujer a la que me gustaba ver y escuchar. Pero me llevó poco tiempo constatar algo transparente. Que Ana Pastor era una periodista de raza, incapaz de seguirle el rollo con frases hechas y con conveniente automatismo a sus ilustres entrevistados, peleona hasta la higiénica impertinencia, alguien temible para los políticos que solo se sienten cómodos ante cuestionarios fijos que parecen escritos por su jefe de prensa, que están perdidos ante un mastín que calmosamente rebate su militancia en el tópico, la fraseología hueca y los conceptos etéreos.

El demoledor interrogatorio que le hizo al iraní todopoderoso, al fundamentalista que solo puede concebir en los labios de una mujer el ancestral "sí, bwana", fue una obra de arte perpetrada con agilidad mental, improvisación, astucia (nunca sabremos si el pañuelo iba a abandonar su cabeza por la ley de la gravedad o porque la muy sibilina se lo había colocado estratégicamente flojo), inteligencia y ovarios. Ana Pastor ha logrado con sus Desayunos que de vez en cuando encienda la tele a esa hora tan rara en la que solo admito la compañía de la cafeína, el tabaco y los pájaros que se posan en la terraza.

A Tony Blair, ese señor que acumula infalible sabiduría sobre armas de destrucción masiva y que, consecuentemente, libra a Occidente de esa amenaza arrasando el demoniaco país que las posee y las oculta, el cine le ha hecho un notable favor. Frears le retrataba habilidoso, sufrido y humano en La reina y Polanski le describía como un cínico atractivo y pragmático en El escritor. Sin embargo, el individuo real al que entrevista Ana Pastor da un poco de grima, su vehemencia no posee encanto, tampoco su gestualidad. Imaginarle con el involuntariamente tragicómico Bush y el ceñudo Aznar planeando la salvación del mundo libre provocaría aún más bostezos que terror. Cuenta Blair, refiriéndose al 15-M, que los movimientos ciudadanos de protesta no pueden determinar la política. Su certidumbre está llena de lógica. La política la determina el sagrado voto en las urnas. Son las democráticas papeletas las que legitiman a tanto presunto (a veces suena a esperpento el concepto "presunción") corrupto, a los Berlusconi y Camps de cualquier parte. El pueblo es sabio. El pueblo les admira o les envidia. Se lo merece.

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