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BAD BUNNY
Opinión

Un muro contra el español

No es la primera vez que Trump y el mundo MAGA apuntan contra la lengua de los latinoamericanos. A pesar de ser el segundo idioma más hablado en Estados Unidos, no les interesa utilizarlo. Prefieren acorralarlo e ignorarlo

A las nueve de la noche del pasado domingo, Donald Trump explotó en Truth Social: “El show del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia”. Además de atacar los bailes y la puesta en escena de Bad Bunny (quien hizo historia a inicios de mes al convertirse en el primer artista que gana el Grammy al Mejor Álbum del Año con un trabajo íntegramente en español), el presidente añadió una crítica que resultó especialmente llamativa: “Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”. Enfiló así sus cañones retóricos contra el español, una lengua que comparten más de 400 millones de personas en América Latina y la segunda más hablada en Estados Unidos.

A lo largo de la historia de este país, ha habido tres grandes olas de inmigración. La última, que comenzó en 1965 y se mantiene hasta nuestros días, ha sido la mayor y ha supuesto la llegada de 76,3 millones de inmigrantes. La mitad, cerca de 40 millones, son latinoamericanos. Trump y su base de seguidores no perciben diferencias entre ellos, los homogeneizan por la lengua que hablan. El español los define.

No es la primera vez que Trump y el mundo MAGA apuntan contra la lengua de los latinoamericanos. Apenas llegó a la Casa Blanca, el presidente eliminó la versión en español de su sitio web y de sus redes sociales. Ya lo había hecho durante su primer mandato, en 2017. A pesar de ser el segundo idioma más hablado en Estados Unidos, no les interesa utilizarlo. Prefieren acorralarlo, ignorarlo: levantar un muro a la lengua.

En una época en la que la clase media ha visto cómo ha perdido oportunidades laborales por la globalización, en la que el coste de la vida se hace más difícil y la sensación de peligro genera que los cantos de sirena populistas suenen más tentadores, los votantes blancos trabajadores empezaron a ver al inmigrante como una amenaza. Y el discurso de Trump y de la derecha radical se aprovechó de eso subiendo el volumen a la sensación de riesgo: No es sólo que te quitan el trabajo, además “traen drogas”, “violan a las mujeres” e incluso “asesinan a los más débiles“. Por si fuera poco, también "cambian la cultura, las tradiciones y los valores“. Y, ahora, pretenden incluso imponer su lengua en la catedral de la identidad americana, en el Súper Tazón, como lo llamó Bad Bunny en su presentación, en el escenario de mayor audiencia televisiva de Estados Unidos.

Por todo esto, Trump presenta lo hispano, lo latino, como un peligro exterior e interior. En 2015, cuando se postuló a la presidencia por primera vez, su propuesta principal era tan sencilla como directa: un muro frente a los inmigrantes ilegales. Una barrera que no permitiera que el español siguiera avanzando ante el inglés, que protegiera al país de lo que posteriormente ha llegado a calificar como “un veneno” que contamina la sangre. Ahora, ese muro es interior y divide Estados Unidos entre unos ciudadanos puros y otros que hablan una lengua que denigra. En 2042, la Oficina del Censo advierte que los blancos dejarán de ser la única mayoría en el país. Pasarán a ser uno de varios grupos minoritarios. Y el inglés estará al mismo nivel que el español. Para Trump y MAGA es la disolución de la nación.

Munición para que Trump explotara el domingo viendo lo que sucedía en la Super Bowl. Una mezcla de resentimiento y miedo le invade. Y recelo: no quiso ir al evento por ser silbado y abucheado como le ha pasado recientemente a su vicepresidente en los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia. El año en el que el evento deportivo más grande de Estados Unidos cumple 60 años, el año en el que se celebran los 250 años de la independencia estadounidense, un puertorriqueño canta en español durante todo el espectáculo de medio tiempo, un estadounidense se casa con una latina en medio del show y la única cantante que participa en inglés es una activista LGBTQ+. Solo pudieron intentar contraprogramar. Turning Point USA, la organización de Charlie Kirk, ofreció un espectáculo alternativo para sabotear el evento de Bad Bunny. Para el presidente y sus seguidores, lo que pasó en el Super Bowl no fue una exhibición artística discutible u opinable. Fue una amenaza, es la invasión invisible: la de la cultura, la de la música, la de la lengua. La invasión de las emociones. Trump sabe lo qué significa y cómo desafía su poder. “Es una bofetada en la cara contra nuestro país”, escribió el presidente.

El objetivo político de Trump es que América Latina sea, literalmente, el patio trasero de EE UU. Ese es el objetivo de la nueva estrategia de Seguridad Nacional, que han denominado como Doctrina Donroe. En el documento oficial para la región, resaltan una meta clara: incentivar gobiernos estables -dóciles y serviles, que actuarían como una franquicia de MAGA- que frenen la migración hacia el norte y que pongan a los estadounidenses por encima de cualquier aliado.

Quizá no podrá volver -aunque no dudo que pueda intentarlo- a 1848, cuando se produjo lo que Trump denominó como una “victoria legendaria” de su país ante México, cuando le arrebataron casi la mitad de su territorio, incluyendo estados como California y Texas. Peo hoy los territorios ya no son solo geografías, los nuevos territorios son digitales, culturales, lingüísticos. Trump conoce como las nuevas fronteras son emocionales y mentales e intentará controlarlas. De ahí su alianza con los tecno oligarcas digitales. Por eso lo que hizo el cantante Bad Bunny tiene tanta transcendencia, ya que ofreció una respuesta política en formato musical y en español en el mismo corazón de la identidad nacional -cultural- de EE UU.

“Algún día la política será una canción”, decía León Felipe referenciando al gran poeta norteamericano Walt Whitman y su poema Oigo cantar a América: una oda a la diversidad y defiende que Estados Unidos es una suma de piezas, un rompecabezas, no una identidad única. Trump podrá poner muros externos e internos y deportar y relegar, pero no podrá parar la música ni las emociones que provoca. La libertad siempre será una canción. Quizás pronto también la política. Yes, we can.

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