Javier Corrales: “El chavismo cree posible convivir con Estados Unidos sin dejar de ser autoritario”
El autor y experto en la revolución bolivariana advierte que la oposición venezolana debe denunciar con fuerza su exclusión o el país correrá el riesgo de seguir ”siendo una dictadura”

La remoción de Nicolás Maduro de la presidencia por fuerzas Delta de Estados Unidos obligó a la reducida comunidad global de expertos en Venezuela a releer, casi de inmediato, el nuevo mapa del poder. Pocos están mejor equipados para hacerlo que Javier Corrales (nacido en Puerto Rico hace 59 años de padres cubanos en el exilio), quien desde hace más de dos décadas estudia el ADN de la revolución bolivariana. En 2006 publicó en Foreign Policy el hoy canónico artículo “Hugo Boss”, en el que identificó las claves de Hugo Chávez como un autócrata singular y eficaz. Allí anticipó, además, la lógica de la autocratización gradual, uno de los principales enemigos contemporáneos de la democracia en el mundo, incluyendo Estados Unidos. Desde entonces, Corrales ha ofrecido algunos de los análisis más agudos para explicar las mutaciones del chavismo bajo Chávez y Maduro.
En su libro Un dragón en el trópico, escrito junto a Michael Penfold, mostró cómo el petróleo era a la vez la mayor fortaleza y la principal vulnerabilidad del chavismo. Hoy, otra vez, el petróleo aparece como el factor decisivo del rumbo del país, al punto de alinear —al menos tácticamente— a la presidenta interina Delcy Rodríguez, sucesora de Maduro, con Donald Trump, el enemigo histórico del régimen. Mientras tanto, María Corina Machado, la líder nacional, busca la manera de influir en un juego del que fue públicamente marginada. Trump dice admirar a Machado, pero se muestra satisfecho con el trabajo y la obediencia de Rodríguez.
La ironía es brutal: en nombre de una salida política, Venezuela ha cedido su soberanía y ha puesto el destino de su lucha democrática, al menos por ahora, en manos de Trump. Desde ese momento, las aspiraciones democráticas del país quedaron atadas —para bien y para mal— a los cálculos, caprichos y límites de ejecución del presidente estadounidense, así como a la creciente turbulencia de la política interna de Estados Unidos.
Pregunta. La salida de Maduro fue abrupta y provocada por factores externos. Desde el marco de la autocratización gradual que usted ha trabajado tanto, ¿qué es lo más importante que no cayó con Maduro?
Respuesta. La gran sorpresa fue descubrir que se llevaron al dictador, pero se quedó el gobierno: el gabinete, el aparato estatal y el partido. Hay muy pocos casos de intervenciones de este tipo donde ocurra algo así y luego Estados Unidos haga las paces con esa estructura. Se habla de una nueva “normalización” y de concesiones a Estados Unidos, pero las concesiones que se están haciendo no son democratizadoras: son inversiones. Punto. Por eso es difícil usar la evidencia histórica para predecir lo que puede pasar. Hay muy pocos precedentes comparables.
P. El chavismo fue un laboratorio de autocratización. ¿Es plausible pensar en una salida gradual del autoritarismo en las condiciones actuales, una transición por etapas, liderada o al menos tolerada por sus propias élites chavistas, como parece sugerir el plan de Marco Rubio?
R. Completamente posible. Muchas transiciones democráticas ocurren desde adentro. Se elimina a los fundadores del régimen y llega gente del propio sistema que concluye que la única forma de salvarse —ellos, su partido y su proyecto— es liberalizar gradualmente. Eso pasó en España tras Franco. También en la Unión Soviética con Gorbachov. Y, en cierto modo, en Venezuela tras Pérez Jiménez: los militares tomaron el poder y rápidamente organizaron una transición. Esa transición por etapas es posible.
P. Si ese escenario gana tracción, ¿qué incentivos reales tendrían hoy las élites chavistas para ceder poder sin exponerse a un ajuste de cuentas político o judicial?
R. El primer incentivo tendría que venir de afuera. Estas transiciones suelen ocurrir cuando actores internacionales exigen liberalización política. Por eso es clave ver si Washington va a imponer esas exigencias. Si no lo hace, los incentivos fallan. El segundo es interno: que el gobierno concluya que se está hundiendo y que es mejor negociar una salida antes de que sea demasiado tarde. No sabemos cuán profunda fue la herida que dejó la remoción de Maduro. Si generó una sensación de crisis, puede surgir un grupo dentro del chavismo que diga: estamos en la etapa final y tenemos que negociar nuestra salvación. Hay además un factor a favor: el país no ha estallado en inestabilidad. Cuando hay caos, suelen imponerse los duros y se cancela cualquier liberalización. Como eso no ha ocurrido, tal vez el chavismo se sienta más seguro para pensar en una apertura política. Dicho todo esto, hoy no veo incentivos claros: ni externos ni internos.

P. La liberalización que se insinúa parece muy controlada por la jerarquía chavista. Y hay figuras como Diosdado Cabello, que negocian y al mismo tiempo ejercen control. La liberación de presos políticos ha sido mínima, pese al anuncio de amnistía. ¿Cómo lee eso?
R. Es importante distinguir. Lo que ha ocurrido con los presos es un logro humanitario, y hay que reconocerlo como tal. Pero no es un logro de democratización. Incluso si se vaciaran las cárceles, eso no significaría que se esté desmantelando el sistema represivo. Para hablar de liberalización tendría que verse un proceso de desarticulación del aparato coercitivo, y eso no está ocurriendo. Lo segundo es el veto político. En las dictaduras, ciertos actores están prohibidos. En Venezuela, María Corina Machado y su partido siguen completamente vetados. En algún momento eso tiene que cambiar: hay que sentarse a conversar con ellos. Eso pasó en España, cuando el franquismo tuvo que hablar con el PCE. Pasó en Chile, cuando el pinochetismo tuvo que negociar con socialistas y demócrata-cristianos. Aquí no vemos nada de eso. Por eso hay muy pocas señales de que exista una transición democrática en marcha.
P. Como observador de estos procesos, ¿qué sensación le deja todo esto? Más allá del análisis frío.
R. La sensación es que el chavismo cree posible convivir con Estados Unidos sin dejar de ser autoritario. Algo parecido a una “vietnamización”. Vietnam pasó de una guerra frontal con Estados Unidos a una normalización: liberalización económica, pero el Partido Comunista siguió en el poder y se llevó bien con Washington. Creo que esa es una de las jugadas que contempla Delcy Rodríguez: hacer lo mínimo en lo político y mucho en lo económico y comercial. En Vietnam hubo más concesiones, incluso la liberación de presos estadounidenses, pero el modelo general es ese: el mismo partido sigue gobernando y normaliza relaciones.
P. Es incluso conveniente para el chavismo.
R. Hasta cierto punto, sí. No se ha liberado a Venezuela. A quien realmente han liberado es a Delcy Rodríguez de la brutalidad de Maduro. Si Estados Unidos exigiera reformas políticas profundas, sería distinto.
P. Visto en retrospectiva, ¿Maduro era prescindible dentro del sistema o cumplía una función de pegamento que nadie logra reemplazar?
R. Todo indica que Delcy y Jorge Rodríguez se venían preparando para esto. Maduro no gobernaba como un dictador unipersonal. Creó una especie de confederación de zonas de poder relativamente autónomas. Eso hizo que el sistema no dependiera exclusivamente de él. Al quitar ese nudo central hay desestabilización, pero mientras las confederaciones sigan intactas y alguien tome rápidamente el control, el sistema puede seguir funcionando. Si esto hubiera pasado bajo Chávez, cuyo gobierno era mucho más personalista, el colapso habría sido mayor. La otra incógnita era si el resto del chavismo aceptaría a Delcy y Jorge Rodríguez como herederos. Eso no era automático, pero parece estar ocurriendo. Y con eso, el sistema se recompone. Maduro les impedía avanzar en ciertas direcciones.
P. Rodríguez ha sido la gran articuladora del entramado económico en los últimos años. Muchas quejas tenían que ver con las sanciones y las limitaciones para avanzar. El levantamiento de sanciones permitirá operar la apertura petrolera.
P. Delcy entiende que hay que hacer reformas económicas, llevarse con Estados Unidos y desprenderse de la dependencia ineficiente de Rusia. Esta Casa Blanca, además, no parece tener grandes exigencias en derechos humanos. Eso facilita el camino.
P. En este chavismo post-Maduro, ¿ve grietas reales o más bien resiliencia?
R. Lo repetiré: las grietas dependerán de las exigencias de Estados Unidos. Si Washington se limita a abrir el sector petrolero y seguir adelante, no va a haber grietas. No creo que nadie dentro del chavismo se oponga a grandes negocios petroleros con Estados Unidos. Eso ya ocurría bajo Chávez. Pero si Estados Unidos empieza a exigir elecciones, desmantelar el Sebin, combatir el narcotráfico u otras reformas de ese tipo, pueden aparecer grietas que comprometen las cuotas de poder de muchos actores dentro del chavismo. Y además hay que ver qué pasa si María Corina Machado o su partido recuperan algún nivel de influencia, o si resurgen protestas sociales. Ya se están viendo algunas, aunque todavía muy contenidas. Si hubiera un nuevo estallido, eso también podría abrir grietas.

P. ¿Cuál es hoy el rol de Delcy Rodríguez? ¿Es una administradora de una retirada, a lo Gorbachov o Suárez, o la arquitecta de una nueva forma de control post-personalista, una tercera ola del chavismo?
R. Creo que Delcy Rodríguez tiene una doble personalidad. En público representa un dogmatismo ideológico y un radicalismo revolucionario. Pero, a puerta cerrada, parece ser alguien capaz de negociar con cualquiera. Logró algo extraordinario: conversar con Estados Unidos antes y después de la salida de Maduro. No sabemos qué se dijo, pero tuvo que haber hecho algo para convencer a Washington de que ella era la persona indicada para quedarse y gobernar. Ese estilo le ha dado enormes beneficios. Hay que reconocerlo.
P. Se sabe que cuenta con el respaldo de los petroleros cercanos a Trump y de Richard Grenell. Eso ha pesado mucho. Y hay historias —todavía no corroboradas— sobre por qué María Corina Machado no tuvo el apoyo de Trump tras la remoción de Maduro.
R. Siguiendo con ese terreno delicado, uno podría incluso preguntarse si Delcy no se está convirtiendo en una especie de doble agente, suministrando información a Estados Unidos, incluso sobre Cuba.
P. ¿Cómo interpreta la paradoja central, la salida militar de Maduro sin un compromiso de Washington con la reconstrucción nacional (nation-building) ni con la democratización?
R. Eso encaja perfectamente con Trump. Él siempre ha detestado el concepto de nation-building. La reconstrucción nacional es cara: en tropas, técnicos, inversiones y compromisos de largo plazo. Trump quería hacerlo de la manera más barata posible, casi como un modelo DOGE: eliminar al dictador y no reconstruir el Estado.
P. En un artículo usted explicó que Maduro había construido anillos de intereses que lo protegían de caer: un blindaje. Cayó, pero el blindaje sigue ahí y ahora protege a Rodríguez.
R. Delcy tiene incluso un blindaje adicional: el respaldo de Estados Unidos. Eso es una forma de legitimación internacional muy fuerte. ¿Está condicionada? Sí, pero por ahora eso es un enorme capital político.
P. En este contexto, ¿qué tipo de liderazgo opositor es más eficaz: el que busca rupturas rápidas o el que desmonta el sistema paso a paso?
R. No hay una sola respuesta. Hay momentos en los que conviene la prudencia y otros en los que es necesario hacer ruido y generar presión. Más que elegir un tipo de estrategia, lo importante es tener actores con olfato político para saber cuándo contenerse y cuándo actuar.
P. ¿Cuál es el riesgo de tener una oposición fuera del núcleo decisorio, como está ocurriendo ahora?
R. El riesgo es que Venezuela siga siendo una dictadura. Hay evidencia de que la oposición representa al menos el 70% del sentir popular. Si la oposición sigue excluida, el único modo de gobernar es la represión. No hay apertura posible sin atender lo que quiere la mayoría de los venezolanos.
P. Ha dicho algo clave: no sabemos quién está operando para quién. Si Estados Unidos para Delcy o Delcy para Estados Unidos. Y una de las condiciones bien pudo haber sido excluir completamente a María Corina Machado.
R. Muchos análisis se concentran en si María Corina merecía o no ser incluida. Pero otra explicación es más simple: esa fue la condición del chavismo. Algo como: quieren inversiones y la salida de Maduro, perfecto, pero no hablen con María Corina Machado. Es comparable a que el apartheid hubiera dicho: negociamos, pero nunca con Mandela. Esa fue la línea dura del chavismo, y es la que la Casa Blanca terminó aceptando.
P. Irónico.
R. Sí. Entonces se especula que Trump leyó su resumé y la descartó. Tal vez. Pero la otra explicación es que hubo un acuerdo político explícito: apertura económica sí, María Corina no.

P. ¿Cómo ve hoy a María Corina Machado tras la salida de Maduro?
R. Tengo enorme admiración por su actuación entre 2023 y 2025. Lo que hizo para enfrentar una elección tan sesgada es algo épico. El problema es lo que ocurre después, cuando queda políticamente huérfana y aparece un gobierno en Estados Unidos que por primera vez hace algo. Creo que su error fue no distinguir entre agradecimiento y pleitesía. Pudo expresar gratitud sin caer en una cercanía excesiva. También lo entiendo: estaba desesperada y había sido abandonada por la comunidad internacional.
P. Ella creó un capital político enorme movilizando el voto. ¿Ese capital puede traducirse en una transición como la actual o aparecen límites estructurales?
P. Ella necesita hacer algo que siempre le ha costado: pensar en una gran coalición opositora. Despersonalizar el movimiento. Para el chavismo, ella es una figura extremadamente problemática. Si logra diluir su centralidad sin perder influencia, puede proteger su capital político. En Chile, los socialistas entendieron que eran inaceptables para el pinochetismo y se apoyaron en los demócrata-cristianos durante la transición. No es un mal modelo para pensar ahora.
P. Dado el realismo crudo y el carácter transaccional de Trump, ¿qué debería hacer la oposición para no quedar atrapada en una dependencia de Washington?
R. Debe denunciar con fuerza su exclusión y la falta de transparencia de los acuerdos con los Rodríguez. Pero también demostrar pragmatismo y capacidad de desradicalización. La oposición tiene que aceptar que habrá concesiones. Hay gente preparada para eso, pero hay que mostrarlo. La justicia transicional es clave: no se trata de venganza, sino de crear incentivos para que el chavismo se convierta en un partido político que compita. Esa idea no es ajena a buena parte de la oposición.
P. Recientemente, el economista venezolano Ricardo Hausmann planteó en una entrevista la posibilidad de confrontar a Trump si obstaculiza la transición democrática. ¿Es una estrategia realista o un riesgo que puede aislar aún más a la oposición?
R. Siempre es riesgoso enfrentarse a Trump. Pero aquí ha ocurrido algo muy triste para la causa democrática venezolana: ha perdido admiración internacional porque se la percibe demasiado dispuesta a aceptar el imperialismo estadounidense. Las fuerzas democráticas necesitan deshacerse de esa imagen, porque cuando una causa democrática se asocia con imperialismo capitalista pierde soft power. Eso le ocurrió a la oposición cubana frente a Fidel Castro y todavía no se ha recuperado. Una de las grandes virtudes del movimiento democrático venezolano era su legitimidad moral, su capacidad de concitar apoyo internacional. Hoy, con Trump prácticamente tomando de rehén el problema venezolano, sería sano que las fuerzas democráticas den señales claras de que no avalan ese secuestro.
Es fundamental que las fuerzas democráticas venezolanas hablen con claridad sobre soberanía. Cooperación internacional no significa tutelaje ni reconquista. Venezuela tiene una tradición histórica muy sólida de defensa de su autonomía frente a los imperios. Eso fue así durante décadas, hasta que llegó Chávez y se subordinó a otros imperios. Recuperar esa tradición importa mucho.
P. Dado ese contexto, ¿qué consejo le daría hoy a la oposición para recuperar agencia en una situación tan adversa?
R. Lo único que pueden hacer ahora es condenar públicamente el camino que se está tomando: una dictadura latinoamericana haciendo negocios a puertas cerradas con intereses económicos de Estados Unidos. Eso no se veía desde la época de las repúblicas bananeras.
P. Juguemos con la idea de que Venezuela mejora en lo económico y social. Más allá de elecciones, ¿qué tres indicadores institucionales observaría en cinco años para saber si el país salió realmente del autoritarismo o solo mutó?
R. Primero, una reforma del sistema electoral acompañada de un llamado a elecciones. Eso es vital. Segundo, la apertura de conversaciones formales con la oposición para reformas institucionales específicas, como ocurrió en México cuando el PRI empezó a reformar organismos del Estado junto a la oposición. Y tercero, una reforma del sistema coercitivo. Eso fue clave en Panamá tras Noriega y en Colombia con el Plan Colombia. En Venezuela también tiene que ocurrir.
P. ¿Cuál es hoy el mayor riesgo que corre la oposición? ¿Y qué le diría a María Corina Machado y a Edmundo González Urrutia?
P. El de siempre: desinflarse rápidamente tras alcanzar un pico de influencia sin llegar al poder. Les ha pasado a todos los líderes opositores. Deben ocupar cualquier espacio de poder disponible, aunque parezca pequeño. Es mejor tener migajas que un plato vacío.
P. Esto parece improbable, pero si hoy hablara con Delcy Rodríguez, ¿qué le diría pensando en el bienestar del país?
R. Que no están en una situación de “o gobernamos o desaparecemos”. El chavismo puede transformarse en un partido político competitivo. Hay muchos precedentes, de Paraguay a Panamá. Mientras sigan en el poder como están, dependerán de la represión y ahora también de Washington. Tal vez sería mejor depender de su capacidad electoral, algo que se puede negociar con la oposición.
P. ¿Ve el riesgo de una oposición parcialmente integrada, pero sin poder real que termine sirviendo de coartada simbólica a un régimen posmadurista?
R. Ese argumento se usa para descalificar cualquier pragmatismo. Pero hay momentos en que estar dentro del sistema da más influencia que estar fuera. Si entrar implica sacrificar principios esenciales, es malo. Pero si no, desde dentro se puede lograr más que desde afuera.
P. ¿Dónde traza la línea roja entre el realismo político y la claudicación ética?
R. Dos cosas son inaceptables: un régimen que invierte en reprimir a sus ciudadanos y el bloqueo de los procesos electorales.
P. Si en diez años Venezuela es más estable y menos violenta, pero sigue construida sobre pactos opacos, ¿eso será una victoria o una cuenta pendiente?
R. La transparencia es mejor que la opacidad, pero la privacidad, entendida como discreción e incluso como negociación secreta, también es necesaria. En sociedades muy polarizadas, esto permite que los actores políticos cedan sin humillación pública. Si esos pactos buscan la convivencia y el resultado es una mayor libertad para los venezolanos, la privacidad puede servir a un bien mayor. Otra cosa muy distinta son los pactos secretos para repartirse beneficios. La privacidad debe usarse de forma muy limitada y estricta. A largo plazo, la transparencia tiene que ser siempre el objetivo.
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