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La adolescencia: un cataclismo

La literatura es una vía de conocimiento, y también una conversación inagotable: con Fleur Jaeggy, Juana Bignozzi o Beatriz de Moura, por ejemplo

Fleur Jaeggy, en Turín en mayo de 1995. Leonardo Cendamo (Leonardo Cendamo)

La literatura es también una vía de conocimiento. Cuando pasa el tiempo lo que alguna vez se vivió se va difuminando, pierde relieve. Sobre lo que nos ocurrió se van colocando las muchas capas de lo que nos contamos después, así que estrictamente hablando ya no sabemos qué fue lo que en realidad sucedió. En la adolescencia, por ejemplo. La memoria flaquea al intentar reconstruirla, a ratos es tan débil que para recuperar aquella temporada tiramos de los tópicos que salen de las conversaciones que se han tenido más tarde, o de las películas o los libros. ...

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La literatura es también una vía de conocimiento. Cuando pasa el tiempo lo que alguna vez se vivió se va difuminando, pierde relieve. Sobre lo que nos ocurrió se van colocando las muchas capas de lo que nos contamos después, así que estrictamente hablando ya no sabemos qué fue lo que en realidad sucedió. En la adolescencia, por ejemplo. La memoria flaquea al intentar reconstruirla, a ratos es tan débil que para recuperar aquella temporada tiramos de los tópicos que salen de las conversaciones que se han tenido más tarde, o de las películas o los libros. Witold Gombrowicz decía de esos años que son los más libres porque todavía no se han adoptado las formas que la sociedad exige para colocar a cada uno en su sitio. A los adolescentes no hay manera de otorgarles un lugar exacto, unas exigencias, unos protocolos de conducta. Están demasiado desbordados por sus vivencias, ni siquiera saben darles nombre —les dan miedo o placer, les irritan, les conmueven—, pueden ser tiernos, pueden ser crueles, obedientes o rebeldes, escapan de cualquier definición. Ayer se celebró el día del libro. Valga uno para celebrarlo.

Una chica de 14 años en un internado, en Appenzell, en Suiza, toma la palabra y cuenta lo que le pasó durante esa época. Un día en la comida llegó una muchacha, una nueva. “No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”. El libro se titula Los hermosos años del castigo. Su autora es Fleur Jaeggy; nació en Zúrich, escribió la mayoría de sus libros en italiano. La traducción para la edición española la hizo la poeta argentina Juana Bignozzi. Tiene unos versos que dicen: “pongo sobre la mesa los años de mi vida / y trato de escribir unas palabras fuera del ruido / para que alguien las lea sin temor / para que alguien borre la inmediatez / y recupere una ausencia una ciudad una calle / en la que pueda ser eterno”.

Lo que ocurre con los libros es que uno te lleva a otro. Así que se podría leer a Jaeggy como quien recupera “una ausencia una ciudad una calle”: una adolescencia. En el internado de Appenzell no pasa gran cosa, las verdaderas complicaciones no se notan desde el exterior, ocurren en el interior de cada una de esas muchachas, apartadas en un internado. Una carta de amor, paseos, cotilleos, pequeñas disputas, un concierto de piano, una confesión. “Todavía hoy no logro expresar con palabras que me había enamorado de Frédérique; es una frase muy fácil de decir”, explica la narradora.

Algunas leían, algunas miraban, algunas bordaban, algunas holgazaneaban. El mundo de fuera resultaba para ellas mudo. Había provisiones porque hubo una guerra, de vez en cuando llegaban noticias de muertes lejanas —un primo, un padre— que podían cambiar las rutinas de cada día. “A menudo estaba distraída”, confiesa la narradora. “El aburrimiento de los niños es pura desesperación”, apunta, y también: “La voluptuosidad de la obediencia. Orden y sumisión no puede saberse qué resultados darán en la edad adulta”. Así va pasando la adolescencia, la época de los cataclismos que suceden en sordina, y dejan las cosas revueltas y confusas. Los hermosos años del castigo forma parte del catálogo de Tusquets, un catálogo que fue construyendo poco a poco Beatriz de Moura. Sin muchos de los libros que ella publicó la vida de este país —la vida secreta que surge de la lectura— habría sido distinta. Murió hace unos días. Cada libro que editó es una manera de seguir manteniendo viva la conversación con ella.

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