Pinche faceto
El discurso público se ha llenado de juegos de palabras vacíos que demuestran la falta de conceptos que hay detrás
Pinche faceto. Pero dicho con seseo: “Pinche faseto”. Me lo susurró con complicidad en una cena de gala en Oxford un lúcido colega mexicano mientras tras el atril hablaba el decano de nuestro college, inclinado, como todos los ingleses, a introducir en su discurso público uno de esos juegos de palabras (los llamados puns) de audacia penosa. Cuando reanudamos la cena, se me vino encima toda la teoría sobre el vir facetus, el hombre gracioso, perfilada en el Renacimiento: como componente de la conversación civil, el cortesano debía conocer facecias, o sea, historias c...
Pinche faceto. Pero dicho con seseo: “Pinche faseto”. Me lo susurró con complicidad en una cena de gala en Oxford un lúcido colega mexicano mientras tras el atril hablaba el decano de nuestro college, inclinado, como todos los ingleses, a introducir en su discurso público uno de esos juegos de palabras (los llamados puns) de audacia penosa. Cuando reanudamos la cena, se me vino encima toda la teoría sobre el vir facetus, el hombre gracioso, perfilada en el Renacimiento: como componente de la conversación civil, el cortesano debía conocer facecias, o sea, historias curiosas, y estas se deslizarían siempre con la equilibrada mesura que la idealidad renacentista esperaba de toda virtud. La palabra latina facetus, recuperada en Italia al final de la Edad Media, viajó venturosamente al castellano para dar un grupo de voces (facecia, facecioso, faceto-a) que apenas tuvo calado en el español europeo más allá del discurso aristocrático, pero que en América salió a la calle para evolucionar en su significado: el faceto es en México el gracioso fallido o presuntuoso, la persona sin chispa que intenta tenerla.
La evolución despectiva de la palabra es un logrado retrato del peligro que tiene el humor: apropiado si es comedido y fatigoso si se desmanda. Como en tantas otras cosas, la virtud está en la delicada administración de la medida. Por eso, más que la historia graciosa, que puede deslizarse hacia la peligrosa frontera del chiste, lo aplaudido en el ámbito intelectual ha sido históricamente el juego de palabras, recibido como agudeza y arte de ingenio. La literatura española sintió predilección por un tipo en particular de juego léxico: el emparejamiento de vocablos con vecindad en su pronunciación pero significados diferentes. “No es orador sino arador” es un ejemplo citado por Nebrija. “No es mujer estable sino establo” decía Lope de Vega para aquella que variaba en amores. “Poco va de juego a fuego” está en Tirso de Molina. Los ejemplos son incontables y el recurso tenía en las retóricas el nombre técnico de paronomasia.
Peritos en el manejo ponzoñoso de armas dialécticas, nuestros autores barrocos gustaron de la paronomasia y la prestigiaron. Quienes hablaban en público la adoptaron como modo efectista de parecer ingeniosos. Y el juego se rompió de tanto usarlo. Admirados por su sonoridad engañosa, los predicadores lo empleaban con denuedo en las misas, y estas combinaciones de palabras parecidas se convertían en divisas vacías, símbolos de una elocuencia huera y alambicada dentro de una oratoria teatral.
La paronomasia ha seguido en circulación. Está en el lema fácil de la publicidad (“cine y cena” en el anuncio de un centro comercial), en el verso turbador de un buen poema (la humanidad del ecuador del siglo XX se simbolizaba en “un hombre, a hombros del miedo” para Blas de Otero) o en alguna frase que queda entre refrán y consigna (“si te afliges, te aflojan” le repetía Omar Torrijos a Felipe González, según cuenta Sergio del Molino en Un tal González). En los últimos años ha emergido con fuerza en los discursos sobre crecimiento personal, un ámbito lleno de nuevos gurús que ejercen con los mismos defectos que tenían los viejos predicadores. Pongo algunos ejemplos: “Si lo crees, lo creas”, “o aportas o apartas”, “te vendes y te vencen”... Es la caricatura complaciente del verdadero ingenio, la explotación de una vecindad sonora que se queda en el equívoco, la gimnasia de sílabas de un faceto perezoso que pretende aleccionar sin dureza. Y, cómo no, que no falte un político que copie en su discurso el peor modo dialéctico de cualquier vendehúmos de las redes sociales.
Si la cara de una frase es la lengua, su cruz es el pensamiento que la soporta. Así que si este es el haz lingüístico, imaginen cuál es el envés conceptual que avala este tipo de enunciados: ninguno. Será que ando cada vez más corta de paciencia, pero ya solo soporto el juego de palabras honesto, directo; déjenme de paronomasias aleccionadoras. Sin salir de la retórica, yo prefiero el juego de palabras inútil, el calambur que se conforma con descomponer de una forma alternativa una frase: el monje que descalificó la nueva interpretación religiosa de Erasmus de Rotterdam llamándolo errans mus (o sea, ratón errante); Ibáñez en sus tebeos rotulando una entidad bancaria como Banco Riendo; Gomaespuma haciendo conectar en la radio a Luis Ricardo Borriquero con Aitor Tilla.
Aprecio el discurso serio, bien armado de conceptos. Valoro el humor desarmado, la gracia sin pretensiones o el juego de palabras involuntario, hijo del lapsus por parte de padre y de la imprecisión por parte de madre. En el juicio seguido esta semana en Madrid sobre la trama corrupta de comisiones y enchufes que afecta a un exministro y su séquito, alguien dijo que el asesor Koldo era el after ego del ministro. En la expulsión del latinismo alter y su reemplazo por la palabra inglesa que tanto evoca al after shave como al after hour con sus sobras de madrugada etílica, vi un juego de palabras insuperable. Toda una forma corrupta y antimodélica de hacer gestión pública, la dupla nocturna de garrafón y camisa a punto de estallar, está concentrada en ese juego de palabras involuntario: el único elemento con gracia en un juicio vergonzoso. Mejor reírse, porque desde luego la cosa es para llorar.