Ir al contenido
suscríbete

Cómo explicarte este mundo en guerra

Si un niño pregunta es porque está preparado para escuchar una respuesta, aunque se tenga que rebajar la complejidad de acuerdo a su edad

Desde la izquierda, Jerry O'Connell, River Phoenix, Wil Wheaton y Corey Feldman, en 'Cuenta conmigo' (Rob Reiner, 1986).

No veo las noticias delante de él, pero ese mediodía, la televisión estaba puesta y él jugaba con sus construcciones, de rodillas sobre la alfombra del salón, de espaldas a la pantalla, mientras yo hacía la comida. Llegó después la noche y me preguntó qué es Irán, qué pasa en Irán, mamá. Cómo se lo explico, me quedé pensando, o me...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

No veo las noticias delante de él, pero ese mediodía, la televisión estaba puesta y él jugaba con sus construcciones, de rodillas sobre la alfombra del salón, de espaldas a la pantalla, mientras yo hacía la comida. Llegó después la noche y me preguntó qué es Irán, qué pasa en Irán, mamá. Cómo se lo explico, me quedé pensando, o me callo, si ni yo misma acabo de llegar al fondo. Recordé entonces el titular de una entrevista que había pasado por mi mano en estos días de atrás. Decía la escritora iraní Mahsa Mohebali, una mujer que ha estado sometida a interrogatorios y vigilancia y cuyos libros están prohibidos, que los europeos no entienden la situación de los iraníes. Pensé en los libros iraníes que había leído, muy pocos, pero me acordé de uno en concreto y me fui a buscarlo por las estanterías: era la novela gráfica Persépolis, de Marjane Satrapi.

Ella se lo iba a contar.

Entendió el libro (casi) perfectamente, y yo pude hablarle, hasta donde sé, de lo qué está pasando ahora. Me sirvió para nombrar otras represiones, otras dictaduras, de lo que pasa con las mujeres en Irán, del velo, hablamos de Estados Unidos, donde vive su tía; me sirvió a mí para recordar. Esos niños de Irán son niños como tú y tus compañeros. Por si hacía falta recordárselo. Esos niños y niñas de Palestina también tenían una escuela y una casa. Muchos de ellos tenían también una familia. Otros, ya no están.

Por la ventana de nuestra cocina, cuando nos sentamos a comer, vemos la ecléctica casa del Canto del Pico allá en la colina, como un vigía de nuestro pueblo, la casa que Franco heredó del conde de las Almenas para utilizarla como sitio de veraneo y fines de semana. Qué es ese castillo, preguntó cuando tenía cinco años. Era tan fácil poner a una bruja allí arriba. La casa de Franco, le respondí, que es como la llamamos aquí. ¿Y ese quién es? Y se lo tuve que contar. Unos años después, vimos La lengua de las mariposas. Claro que lloró cuando apedreaban al maestro, y yo también, otra vez. ¿Te acuerdas de Franco, el de la casa?, le pregunté. Esta historia es en su guerra. Vimos también Machuca, una película chilena de tres niños de Santiago que se hacen amigos. Dos vienen de los suburbios; el otro, de una familia con dinero. Son los tiempos del golpe de Estado de Pinochet en Chile. Algo de todo aquello quedó en él, aunque solo fuera ese beso primero que se dan en los arrabales junto a las bicicletas. Vimos Cuenta conmigo, aquella película de los ochenta sobre cuatro amigos de 12 años que se van en busca de un cadáver y caminan por las vías del tren, y no podía comprender el destino marcado en uno de ellos por los prejuicios de clase. A veces, es difícil explicarnos, sobre todo, cuando se tienen que señalar los privilegios propios que llevamos encima. Y cuando estamos hablando de todo esto desde el Norte Global donde se levanta nuestra casa.

Si un niño pregunta algo es porque está preparado para escuchar una respuesta, aunque se tenga que rebajar la complejidad de acuerdo a su edad y se tengan que utilizar otras palabras. No hay que abrumarle, ni hay que responder más que a lo que ha preguntado. Ya llegarán otras cuestiones después, no hay que enredarse y hacer explícita la violencia inexplicable, no hay que darle gravedad a lo que no la tiene y sí a lo que mueve el mundo. Transmitir que existe la duda es igual o más importante que darle una certeza que no tienes. Y el adulto también tiene que prepararse para la conmoción que ese relato puede suscitar. Porque es, quizá, por eso, por lo que, muchas veces, no respondemos con la realidad.

Los libros, las películas, el arte en general, aquello que se crea con la intención de traducir la complejidad contemporánea o la pasada bajo las palabras o las formas exactas de una mirada concreta, ayudan a entender. Generan empatía y emoción, y la emoción es un rayo que no nos deja igual después de haber leído, de habernos conmovido en el cine, del temblor que puede provocar una composición. Por eso, la ficción, la historia de un solo niño, se convierte en la historia de todos los niños de ese país. Ana Frank, La vida es bella, el Guernica, Imagine.

Porque la televisión, las redes, todas esas pantallas encendidas constantemente en todas partes, las conversaciones, los exponen a una violencia brutal y normalizada que ellos tampoco están preparados para digerir si después no sabemos armar un contexto y señalarles un país en el globo terráqueo que hay en su habitación. Al fin y al cabo, este también es su mundo, es ya más su mundo que el nuestro. Y es injusto sobreprotegerlos de la verdad cuando esa verdad se lleva a otros niños y niñas de su misma edad por delante.

Archivado En