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Von der Leyen duda de Europa

Abandonar la defensa del orden internacional basado en reglas supondría renunciar a los principios fundacionales de la UE

Emmanuel Macron recibe a Ursula von der Leyen en la Cumbre del OIEA sobre Energía Nuclear en París, este martes.ABDUL SABOOR / POOL (EFE)

El cruce de declaraciones entre los más altos responsables de la Unión Europea sobre cómo actuar tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán es una buena muestra de la convulsión que está causando la ruptura del derecho internacional. Sería ingenuo ignorar el deterioro acelerado que sufre el equilibrio que emergió tras la Segunda Guerra Mundial, un sistema basado en normas más o menos asumidas y respetadas por la comunidad de naciones, en la multipolaridad y en la conveniencia de evitar el uso de la fuerza para solucionar los conflictos. Pero sería letal para Europa contribuir a él. La irrupción de Trump y su dinámica de “conmoción y asombro” —aplicable tanto a la economía como a la diplomacia— no ha hecho más que agravar una tendencia encarnada por el ruso Vladímir Putin en el plano bélico y por el chino Xi Jinping en el económico y tecnológico. La novedad, y el drama, radica en el empeño del presidente estadounidense en dinamitar un multilateralismo que su propio país, sin renunciar a la hegemonía, contribuyó decisivamente a construir.

En este contexto se ha producido una fisura nada menos que en la cúspide de lo que puede ser calificado sin exageración como el proyecto multinacional de cooperación pacífica, progreso y libertad de mayor éxito en el último siglo: la Unión Europea. Así, el lunes, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, dio por finiquitado el orden internacional basado en reglas y afirmó que Europa ya no puede ser su guardiana. La política conservadora alemana puede legítimamente sostener su opinión personal sobre lo que debería ser la realpolitik europea, pero como presidenta de la Comisión no debería invadir las competencias de Exteriores que, de acuerdo a la arquitectura de la Unión, no le corresponden. Menos aún después de que Europa, sin tener que renunciar a sus principios, haya dado pasos —si bien tímidos— hacia la autonomía defensiva con los planes de política común de seguridad, el paraguas nuclear francés o el envío de tropas a Chipre.

Entrando en la polémica, ayer mismo el presidente del Consejo, António Costa, contradijo a Von der Leyen e insistió en que la UE debe seguir trabajando para defender las normas globales y los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas y en los Tratados de la Unión. En parecidos términos se expresó la vicepresidenta comunitaria Teresa Ribera. La presidenta de la Comisión no debería olvidar que un experimento de integración como el que encabeza corre el riesgo de desintegrarse si se rinde sin plantar cara. Sin normas y sin contrapesos, la UE es aún más débil y vulnerable. Renunciar a sus valores la privaría de toda credibilidad como esa comunidad política que ha hecho de la paz, es decir, de la estabilidad, la clave de su prosperidad y el bienestar de su ciudadanía. Pero también como potencia económica, asentada en una seguridad jurídica que se esfumaría en un mundo sin reglas.

Lo que está sucediendo en la cúpula de la UE es una demostración pública de cacofonía institucional a la que desgraciadamente están comenzando a acostumbrarse los ciudadanos. Viene además precedida por la exhibición de división respecto a la guerra en Oriente Próximo. Europa no puede afrontar la creciente inestabilidad global con 27 voces diferentes y grietas en su armazón institucional. Los únicos beneficiados son aquellos que la quieren débil, es decir, quienes la consideran un obstáculo para imponer su ley, la ley del más fuerte. Por eso es más urgente que nunca que los países de la Unión se tomen en serio la acción común como método de trabajo, no como excepción.

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