Nuestra batalla
Los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní
Quédate conmigo porque contigo todos los días son el Día de San Valentín, decía irónicamente el viejo estándar de Rodgers y Hart, de la misma forma que el Sombrerero Loco animaba a Alicia, la del País de las maravillas, a celebrar cada día el No Cumpleaños. Las efemérides desprenden en su esencia esa contradicción. Lo que verdaderamente nos recuerdan las fechas en rojo es la manera insensata con que dejamos que la vida pase, igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar, ...
Quédate conmigo porque contigo todos los días son el Día de San Valentín, decía irónicamente el viejo estándar de Rodgers y Hart, de la misma forma que el Sombrerero Loco animaba a Alicia, la del País de las maravillas, a celebrar cada día el No Cumpleaños. Las efemérides desprenden en su esencia esa contradicción. Lo que verdaderamente nos recuerdan las fechas en rojo es la manera insensata con que dejamos que la vida pase, igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar, que cantaban los Pata Negra en aquella canción jorgemanriqueña, sin ser conscientes, pobres de nosotros, de que nuestra existencia es aquello que ocurre entre los días que se dedican a celebrarla. Otro 8 de marzo. Y qué sensaciones contradictorias desprende este nuevo Día de la Mujer. En un momento de regresión como este, en el que hay una muchachada educándose en la pedagogía del resentimiento que promulgan los varones enfurruñados; en un tiempo en el que de las encuestan se desprende que hay un número no despreciable de jóvenes que cree que el feminismo ha ido tan lejos como para borrarles el protagonismo del que gozaron antaño, o demasiado lejos como para que ellos sean excluidos en favor de ellas; ahora, precisamente, cuando frente al sexo libre celebrado en otras décadas se ondea la bandera de la espiritualidad o de la tranquila vida segregada al margen de las emociones que el otro sexo puede provocar; ahora, hoy, cuando de manera preventiva hay quien ya va descartando la palabra feminismo en favor de un término que suena más conciliador, como es igualdad, en este presente confuso en que más que una labor de progreso la debemos hacer de resistencia ante la fuerte corriente que nos arrastra hacia atrás; ahora, paradójicamente, las mujeres volvemos a protagonizar de una manera tramposa la conversación y hay quienes, sin vergüenza, nos usan para armarse de razones, armarse, repito, hasta las cejas, y liarse a bombazos en nuestro nombre. Es Donald Trump, el mismo que pretende borrar cualquier rasgo de diversidad en el lenguaje de la administración y de las investigaciones académicas, Trump, el que separa a niños de sus madres para cumplir su promesa de limpieza étnica, es Trump, el mismo que agarraba el coño a las mujeres, el de los papeles de Epstein, quien invade un país para erigirse en salvador de las mujeres iraníes. Nunca juzgaré a una mujer iraní que aplauda estos bombazos desde su terraza, pero mi situación me permite tener la cabeza fría como para saber qué lugar ocupa en la mente trastornada de Trump la dignidad de estas mujeres, o en la de Benjamin Netanyahu, el asesino de niños, que desea borrar a un pueblo de la faz de la tierra.
Y aunque cualquiera podría entender que despreciar la legalidad internacional puede desbaratar, si es que no lo está haciendo, el frágil equilibrio del mundo (incluso Matteo Renzi puede entenderlo), aunque la historia reciente nos dice dónde quedó la soberanía de las mujeres o la paz en países que fueron invadidos y después se abandonaron a su suerte, son incapaces, los defensores de esta nueva guerra, de reconocer que no son las mujeres las que importan, sino la relativa tranquilidad comercial que ofrece ser vasallo de un tirano; en vez de ir de frente, envuelven cínicamente la acción bélica con el manto de una causa noble y hermosa: la libertad de las mujeres. Los mismos que en su casa niegan protección a una concejal que denuncia acoso o abuso por no perjudicar al partido, los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres, son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní. Es verdad que hay causas que de pronto se imponen a otras, como la de Gaza, porque constituyen un paradigma, un aviso, un resumen de los crímenes de nuestro tiempo, pero el feminismo debería imponerse hoy, más que nunca, como una voz sin fronteras que luche contra los señores de la guerra. Y sí, he dicho señores.