La lenta gestación de la extrema derecha
El ascenso de Vox se explica mejor por el resurgir del nacionalismo español más rancio que por razones económicas
El crecimiento de Vox en las encuestas ha desatado una lógica preocupación. Se busca una explicación de por qué una parte de la sociedad se muestra dispuesta a apoyar a un partido que niega el pluralismo político, siente nostalgia del franquismo, cuestiona el cambio climático y se opone a los derechos de minorías...
El crecimiento de Vox en las encuestas ha desatado una lógica preocupación. Se busca una explicación de por qué una parte de la sociedad se muestra dispuesta a apoyar a un partido que niega el pluralismo político, siente nostalgia del franquismo, cuestiona el cambio climático y se opone a los derechos de minorías y colectivos vulnerables. La mayor parte de las explicaciones que se ofrecen tienen que ver con las condiciones económicas, sobre todo en el caso de las generaciones más jóvenes. Así, se habla de que las desigualdades, los bajos salarios, la pérdida de poder adquisitivo, el coste de la vivienda y otros factores similares son la causa de que tanta gente se sienta próxima a la extrema derecha.
Hay motivos, sin embargo, para ser algo escéptico al respecto. En primer lugar, me gustaría apuntar que no es la primera vez en nuestro periodo democrático en el que algunos grupos atraviesan dificultades económicas. No es solo que en toda etapa anterior haya habido también problemas como los señalados, sino que pueden mencionarse momentos peores en los que el malestar no se traducía en apoyo a la extrema derecha.
Retrocedamos 40 años justos, hasta 1986, y comparemos la situación de entonces con la de ahora. La tasa de paro era del 21%, mientras que hoy se encuentra en el 10%. En el caso del paro juvenil, en 1986 era del 45% y en la actualidad es del 23%. Prosigamos con la inflación: estaba en torno al 9% anual; ahora en torno al 2,5%. Con respecto a los tipos de interés, eran del 11%; en 2026 se aproximan al 2%. La desigualdad de ingresos, medida a través del índice de Gini, no era muy diferente de la actual, unas centésimas mayor en cualquier caso. La tasa de abandono escolar era altísima, alrededor del 35%; hoy está por debajo del 15%. Con todo, es cierto que la compra de una vivienda no era tan onerosa como lo es en la actualidad, a pesar de los tipos de interés tan elevados que había entonces: los años de salario necesarios para comprar una vivienda son hoy casi el doble que a mediados de los ochenta.
A todo lo anterior hay que añadir otras condiciones generales que no resultan tan fácilmente cuantificables. Los ochenta eran los años de la reconversión industrial, un proceso traumático que supuso dejar a mucha gente sin futuro; y también de la epidemia de droga y de centros urbanos degradados. Había sobrados motivos para pensar que la situación era mala. No obstante, en aquellos años la extrema derecha no tenía presencia alguna, el PSOE gozaba de una cómoda mayoría absoluta y la satisfacción con la democracia en la opinión pública era mayor que hoy.
No quiero decir con la comparación anterior que las condiciones económicas no importen. Probablemente, ayuden a entender por qué el apoyo a Vox es más alto en ciertos grupos que en otros, aunque los datos muestran que no hay grandes variaciones por ingreso o educación (sí las hay por género y edad). Pero una cosa es explicar variaciones en el margen y otra explicar el nivel general de apoyo tan elevado que ha alcanzado Vox.
El análisis economicista del ascenso de Vox parece suponer que la traducción del malestar económico en apoyo a la extrema derecha es algo natural. No estoy seguro de que eso sea así. Quienes creen que las condiciones económicas son la clave deberían responder a la pregunta de por qué la gente que se encuentra tan insatisfecha con la desigualdad o la vivienda piensa que la solución va a venir de la extrema derecha y no de los partidos de izquierdas que apuestan por la redistribución y la igualdad. ¿Alguien cree realmente que Vox va a resolver el problema de la vivienda?
Vox se creó en 2013, pero no despegó electoralmente hasta 2018. Durante los peores años de la crisis y los recortes, no despertó ningún entusiasmo en la ciudadanía. Para entender el crecimiento tardío, creo que es necesario tener en cuenta la lenta gestación de un clima cultural y político que ha facilitado la popularidad de un partido de extrema derecha en España. Entre los fundadores de Vox se encuentran Santiago Abascal y Alejo Vidal-Quadras, ambos procedentes del Partido Popular. El motivo que los llevó a abandonar el PP fue la cuestión nacional: Abascal se radicalizó políticamente en el conflicto vasco, y Vidal-Quadras en el catalán. Ambos compartían una visión excluyente de España y eran partidarios de resucitar un nacionalismo español conservador y tradicionalista. En la matriz ideológica de Vox se encuentra Denaes (la Fundación para la Defensa de la Nación Española), en la que confluyeron políticos e intelectuales reconvertidos al nacionalismo español más rancio; algunos de ellos procedían de las izquierdas (piénsese, por ejemplo, en Gustavo Bueno). La crisis catalana de 2017 fue, en este sentido, un punto de no retorno. Fueron muchos quienes a partir de aquel episodio se desinhibieron definitivamente en la cuestión nacional, concluyendo que todo valía para preservar la unidad de la patria.
El resurgir del nacionalismo español vino reforzado por el revisionismo histórico, cultivado desde comienzos del siglo, primero a propósito de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo y más recientemente con la reivindicación del imperio español (de Pío Moa a María Elvira Roca Barea). Durante muchos años antes de que Vox tuviera éxito político, las posiciones revisionistas y nacionalistas españolas fueron ganando terreno en el debate público y volviéndose parte del nuevo sentido común. Hasta Felipe González y Alfonso Guerra mostraron su apoyo a la reivindicación del imperialismo español por parte de Roca Barea. Son muchísimos los políticos, periodistas, académicos, empresarios y personajes públicos de todo tipo que se han desplazado hacia posturas de derecha dura a cuenta de la cuestión nacional. En la actualidad, el nacionalismo español se asienta sobre dos tesis: primero, que España es un país mononacional, por mucha diversidad cultural que tenga en su seno, y, segundo, que la defensa de la nación española es la defensa de la democracia y el Estado de derecho, mientras que los nacionalismos vascos y catalán son incompatibles con un orden democrático.
A medida que el país se ha deslizado por esta pendiente excluyente, el compromiso democrático se ha debilitado, contagiando de forma cada vez más clara al Partido Popular, que parece estar volviendo a los orígenes ideológicos de la Alianza Popular de Manuel Fraga. Es como si volviera el llamado franquismo sociológico, una mezcla de conservadurismo moral, inclinación autoritaria y nacionalismo español fuerte. Ahí encaja también la masculinidad herida y la apuesta por los valores de género tradicionales. Ese franquismo sociológico era una opción minoritaria en una sociedad, la de los ochenta, que optaba por el cambio y la apertura. Cuarenta años después, regresa con mucha mayor fuerza.
Desde este punto de vista, Vox no es sino el fruto de la derechización cultural que ha sufrido el país desde comienzos de este siglo. No quiero decir que toda la sociedad española participe de este movimiento, pero sí un número elevado de personas, con buena parte de la élite intelectual y económica a la cabeza. Son los suficientes, en cualquier caso, como para poner en riesgo la democracia.