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La clase media no es un invento facha

La izquierda ha virado su discurso para acostumbrarse a la nueva normalidad de la desigualdad, en lugar de recuperar los ideales de antaño

Una mujer hace la compra en un supermercado en Toledo.Ismael Herrero (EFE)

Se ha puesto de moda negar que la clase media haya existido alguna vez en España. Algunos dirán que todo es clase obrera; algunos, porque son ciudadanos que dependen de su trabajo, y otros, que es porque no poseen los medios de producción. El sistema tiende a negarle a la gente aquello que ya no puede ofrecerle. La realidad es que si hoy la Constitución de 1978 se ve impugnada por el auge de la ultraderecha es porque —probablemente— los ideales clasemedieros alguna vez existieron en nuestro país de forma más realista que ahora.

A fin de cuentas, la clase media fue condición neces...

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Se ha puesto de moda negar que la clase media haya existido alguna vez en España. Algunos dirán que todo es clase obrera; algunos, porque son ciudadanos que dependen de su trabajo, y otros, que es porque no poseen los medios de producción. El sistema tiende a negarle a la gente aquello que ya no puede ofrecerle. La realidad es que si hoy la Constitución de 1978 se ve impugnada por el auge de la ultraderecha es porque —probablemente— los ideales clasemedieros alguna vez existieron en nuestro país de forma más realista que ahora.

A fin de cuentas, la clase media fue condición necesaria para que arraigara la democracia en Occidente. Es la existencia de una capa de individuos, ni muy ricos ni muy pobres, lo que induce a pulsiones moderadas y a la legitimación del sistema. Cuando la gente siente que puede realizar su proyecto de vida quiere que el modelo perdure. Para ello, es fundamental ese componente aspiracional: la sensación de que existen incentivos, de que uno puede ir a más gracias a las herramientas del Estado del bienestar, que es lo que permite a la clase trabajadora trascender su situación de partida. Al contrario, cuando la gente siente que ya no puede llevar una vida digna, empiezan los cuestionamientos: hoy sabemos que un 26% de nuestros jóvenes varones —una generación precaria en vivienda y salarios— no vería problema en tantear opciones autoritarias en algunos casos. La democracia no solo se legitima por sus bondades políticas; también por sus resultados. Muestra de que a partir de los años ochenta se fue consolidando ese paradigma de clase media es que la generación del baby boom, de hecho, es la que tiene la mayor adherencia a la democracia.

El caso es que el auge de la ultraderecha nos habla de un sentimiento de engaño generacional entre los jóvenes actuales. Si en 2011 los indignados del 15-M llenaron plazas pensando que jamás podrían ser propietarios, hoy el drama es no poderse pagar ni una habitación de alquiler en el piso de un tercero. Si entonces la impugnación al sistema vino de Podemos, y había esperanza, hoy es Vox su principal beneficiario desde el nihilismo, a la luz de su auge entre la juventud. El bipartidismo, que no es otra cosa que un modelo de dos partidos de izquierda y derecha tendientes al centro y al constitucionalismo, recibe hoy un fuerte envite, como también entonces.

El problema es que hemos estado anestesiados en la última década como para darnos cuenta de que, mientras el sistema político daba apariencia de haber cambiado —más partidos, más espectáculo— los números muestran otra cara. Según el INE, entre 2008 y 2023 hubo una pérdida de poder adquisitivo de tres puntos en España. Según la OCDE, entre 1994 y 2024, los salarios reales solo crecieron un 2,76%, frente al 30% de media en los países de la OCDE. Según Eurostat, la renta real disponible solo ha crecido un 3,94% en España entre 2008 y 2024, mientras que en la media de la UE fue de un 14,29%.

El drama es que la izquierda ha virado su discurso para acostumbrarse a esa nueva normalidad, en vez de tratar de recuperar los ideales clasemedieros. Podemos popularizó ese componente asistencial que hoy el PSOE replica con triunfalismo, pero sin mayor horizonte que sus socios. Mientras el Gobierno aboga por la subida del salario mínimo para dignificar a muchos trabajadores, el drama es que casi es ya el más frecuente. Ello habla de que nuestra sociedad se ha deslizado económicamente a la baja, pero ningún partido de izquierdas tiene un discurso sobre reflotar aquellos anhelos de la clase media de antaño. Si la socialdemocracia pretendía emancipar a los individuos de sus condicionantes, hoy sabemos que el ascensor social está averiado.

No es de extrañar, pues, el auge de discursos liberales. Soñar con progresar mediante el propio esfuerzo, gracias a los servicios públicos, no es un relato que haya inventado uno de esos streamers huidos a Andorra. Estamos hablando de la que fue la mayor promesa de la socialdemocracia: fabricar individuos autónomos, que trasciendan al origen de su familia, gracias a las oportunidades de lo público. Poco de eso ocurre ahora: el bienestar se lo proveen los padres a sus chavales, como prueba de cómo de desigual y gripado está el sistema que sube —y de la poca justicia social que lo adorna. La gente tenderá a buscar sus ideales donde todavía se los prometan, aunque sean en forma de criptobros u otras derivadas.

En definitiva, la negación del cambio de paradigma solo puede normalizar lo que está pasando. Si entre 1985 y 2005 el PIB per capita crecía un 69% en España, entre 2005 y 2024 lo hizo en un 11%, según el Banco Mundial. Todo ello conduce a una conclusión desesperanzadora: puesto que la clase media fue el mayor antídoto contra los proyectos totalitarios en la Europa de posguerra —y no un invento facha— es de suponer que algo está pasando, a la luz de ciertos giros ideológicos en nuestro país o el continente. Dado que los anhelos de la clase media fueron motor de bienestar y democracia, su debilitamiento no augura pulsiones moderadas, sino lo contrario. Las etiquetas también pueden llegar a definirse solas cuando los efectos son tan clamorosamente reales.

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