Usted no ha visto lo que ha visto
Como en ‘1984’, la Casa Blanca de Trump pretende construir una realidad a la medida de sus intereses
Lo contaba Timothy Garton Ash en un discurso que dio hace unos años en Barcelona. Durante sus viajes por la Europa comunista, la gente se le acercaba con libros de George Orwell en ...
Lo contaba Timothy Garton Ash en un discurso que dio hace unos años en Barcelona. Durante sus viajes por la Europa comunista, la gente se le acercaba con libros de George Orwell en ediciones samizdat: copias de libros prohibidos que se hacían de manera clandestina (samizdat quiere decir, más o menos, “publicado por uno mismo”, o “editorial de uno mismo”) para evitar la censura. Eran copias de 1984 y Animal Farm, gastadas de tanto leerlas, que los lectores agitaban en el aire mientras le preguntaban a Ash: “¿Cómo lo sabía?”. Se referían, por supuesto, a todo lo que les estaba pasando o les había pasado a las víctimas del totalitarismo: ¿cómo lo sabía Orwell? ¿Cómo sabía ese inglés tan inglés, que nunca viajó a los países del Telón de Acero, que sólo supo del mundo comunista por sus lecturas y por las noticias que le llegaban, lo que ocurría del otro lado?
Por supuesto que no se referían a la represión de todos los días, la persecución de la disidencia y el terror político, ingredientes predecibles de todo totalitarismo. Se referían más bien a las novedades que Orwell entendió mejor y antes que el resto de los intelectuales de su tiempo: la falsificación de la Historia, la mentira organizada y el lavado de cerebros, toda la capacidad de los totalitarismos para transformar la realidad hasta dejarla irreconocible, o para distorsionar nuestra percepción hasta hacernos dudar de nuestros propios ojos. Eso es lo que le pasa al pobre Winston Smith en 1984. Si la novela de Orwell se ha metido en nuestras conversaciones de los últimos años —desde 2016, por poner una fecha arbitraria, pero yo recuerdo instancias anteriores— es por eso: porque nos parece que en ella hay herramientas para desmontar lo que nos está ocurriendo ahora. El hecho de que sigamos citando a Orwell, de que no hayamos parado de hacerlo en los últimos 10 años, es síntoma de algo grave: porque el mundo de Donald Trump se parece cada vez más a la dictadura del Partido en Oceanía.
Lo pensaba yo esta semana después de tres incidentes profundamente preocupantes, pero que se ahogaron —predeciblemente— en la marea de desmanes con la que la Administración Trump ha colonizado nuestra atención y dominado sin resquicios los ciclos de los noticieros. El primero es el asesinato de una mujer, Renee Good, que se vio envuelta en un altercado con agentes del ICE, la agencia de persecución de inmigrantes que se ha convertido en una fuerza paramilitar de terror de Estado que no da cuentas a nadie o cuya impunidad está garantizada de antemano por Trump y sus fascistas. Todos vimos las imágenes: la camioneta de la mujer atravesada en la vía, los agentes que se le acercan con ademanes amenazantes, el agente que trata de sacarla a la fuerza del vehículo; y entonces ella maniobra para irse de allí, y todos la vemos comenzar a irse, pero otro agente le pega tres tiros casi a quemarropa, sin justificación ninguna. El segundo incidente fue otro asesinato: el enfermero Alex Pretti, armado con un teléfono móvil, se enfrenta a los agentes del ICE que están matoneando a una ciudadana, y minutos después está en el suelo, sometido por los matones. Y a pesar de que está sometido y golpeado, los agentes lo asesinan: 10 tiros en total.
Fueron dos asesinatos cometidos contra ciudadanos inocentes. De inmediato produjeron la repulsa de siempre, pero esta vez, además, produjeron otra reacción: la maquinaria del trumpismo se puso en marcha inmediatamente, como perros que responden al pito, para decirle a la gente que lo que estaba viendo no había sucedido en realidad. Que Renee Good no se estaba yendo, a pesar de que la vemos irse, sino que estaba atacando al agente con su camioneta: usando su camioneta como un arma. Que Alex Pretti llevaba un arma (aunque un agente se la haya quitado) y era un “pistolero” que “iba a provocar una masacre”. Que los dos no eran ciudadanos, sino “terroristas domésticos”. En fin: que lo que ha pasado en realidad no ha pasado, y lo que hemos visto es en realidad algo muy distinto de lo que hemos visto.
Pocos días después —pero se siente como si hubieran pasado meses—, Trump fue al Foro de Davos a destrozar como pudiera el orden internacional y a atacar, con su mezcla particular de matonismo y puerilidad, a los líderes de esa Europa que puede muy bien ser la única resistencia. Al matonismo y la puerilidad les añadió dos ingredientes que van y vienen: el tono de mafioso y las equivocaciones de su mente senil, invulnerable a las correcciones de la información o la cultura. Y entonces dio un discurso soporífero en su tono soporífero, y en él usó muchas más palabras de las necesarias para echar atrás sus pretensiones imperialistas mientras seguía reventando los puentes con los aliados de toda la vida y, de paso, destrozando más si cabe la reputación y el soft power de Estados Unidos en el mundo. Pues bien: para referirse a Groenlandia, el territorio que se quiere tomar —por las buenas o por las malas, como en una pésima película de vaqueros—, Trump dijo tres veces el nombre de Islandia. Lo señaló enseguida la periodista Libbey Dean: “En sus comentarios en el World Economic Forum, el presidente Trump confundió aparentemente Groenlandia con Islandia unas tres veces”.
Y ocurrió de nuevo: los organismos de la propaganda trumpista, comenzando por la vergonzosa Casa Blanca, pusieron en marcha los mecanismos para probar que lo que vimos no ocurrió nunca. Islandia en inglés es Iceland: ese es el nombre del país, pero la palabra también podría partirse en dos y significaría “tierra de hielo”: ice land. Y por eso la jefa de prensa de Trump, una mujer que ha dado una nueva definición a la palabra cinismo, pudo responder sin que a su cuenta de X se le moviera una ceja: “No es así, Libby. Su discurso escrito se refería a Groenlandia como ‘un pedazo de hielo’ porque eso es lo que es”. Y luego: “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”. Todos lo habíamos visto: Trump dijo Islandia en vez de Groenlandia por senilidad, ignorancia, cansancio, mediocridad o descuido. Pero Karoline Leavitt hizo un pase jedi con la mano y nos dijo que no: eso que vimos no fue lo que vimos. Lo que vimos fue otra cosa.
En la primera parte de 1984, Winston Smith reflexiona sobre la forma como el Partido ha construido una realidad a la medida de sus intereses. Piensa en la Policía del Pensamiento, en la falsificación de la historia, en la imposibilidad de saber cómo fue el pasado en realidad, en la destrucción de las certezas. “Después de todo”, se dice, “¿cómo sabemos que dos más dos es cuatro? ¿O que la fuerza de gravedad funciona? ¿O que el pasado no se puede cambiar? Si tanto el pasado como el mundo exterior existen sólo en la mente, y si la mente se puede controlar, ¿entonces qué?” Y concluye: “El Partido le pedía a uno que rechazara la evidencia de sus ojos y sus oídos. Era su orden definitiva, la más esencial”.
Esa fue la orden que llegó desde la Oficina de Prensa de la Casa Blanca. “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”, le dijo Karoline Leavitt a una periodista. Y yo sentí que nos hablaba a todos.