¿Muerto “El Mencho” se acabó la rabia?
El escenario más aterrador es que tengamos una guerra prolongada entre células sin control que se disputan el poder y el territorio, similar a la guerra que se libra en Sinaloa

¿Muerto El Mencho se acabó la rabia? La pregunta flota en el ambiente y se mete por las rendijas de cada casa de Guadalajara y de Jalisco. El terror vivido el domingo y lunes pasado cuando el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) dio una muestra de su poderío y su control territorial con 252 bloqueos en 20 estados de la república, más de la mitad de ellos en Jalisco, la quema de más de cien negocios y el asesinato de al menos 30 personas, 25 de las cuales eran miembros de la Guardia Nacional, deja más dudas que certezas sobre lo que puede suceder con esta organización criminal, pero sobre todo sobre cuál es la estrategia del Estado mexicano frente al crimen organizado.
Un poco de historia
El Cartel Jalisco Nueva Generación es lo menos parecido a lo que el mundo entiende por un Cartel de las drogas. Se trata de una organización criminal mucho más amplia y compleja. Es al mismo tiempo sofisticada y pueblerina; global y local.
En el origen fue la traición. Nemesio Oseguera Cervantes El Mencho comenzó, como todos los grandes capos, siendo un operador menor en el trasiego de drogas. Se vinculó al llamado cartel del Milenio o Los Valencia, una organización comandada por Orlando Nava Valencia, El Lobo, que encontró en las drogas sintéticas un nicho de mercado que no tenía ninguna de las organizaciones que en los años noventa se disputaban el trasiego de cocaína y marihuana hacia Estados Unidos (los carteles de Sinaloa, Tijuana, Ciudad Juárez y Golfo/Zetas). Aunque el Cartel del Milenio también traficaba cocaína para la organización del Chapo Guzmán y tenía la protección de este a través de otro mítico capo, Ignacio Coronel, su gran activo fue el control criminal del Puerto de Manzanillo, por donde introducían efedrinas de origen asiático para transformarlas en drogas sintéticas a base de metanfetaminas.
De acuerdo con la mitología del crimen organizado, El Mencho traicionó y entregó al Lobo Valencia el 28 de octubre de 2009. Unos meses después, el 29 de julio de 2010, en un intento de detención fue abatido en Guadalajara Nacho Coronel, quien controlaba la plaza. Ahí comienza una guerra intestina entre La Resistencia, los fieles al Lobo, aliados con los Zetas, y los llamados Torcidos, luego autodenominados matazetas, liderados por Nemesio Oseguera. Esta etapa está marcada por un incremento no solo de la violencia, sino de la crueldad como “pedagogía” criminal (cuerpos destazados, cabezas entregadas en hieleras, enemigos colgados en los puentes con narcomensajes).

El Cartel Jalisco Nueva Generación se presentó en público con un video (que ya fue retirado de las redes sociales) en el que un grupo de hombres fuertemente armados y uniformados decían estar al lado del pueblo. El mensaje, y a la vez amenaza a las autoridades, era que ellos no extorsionaban ni agredían a la población, solo pedían, exigían, que los dejaran trabajar. La organización tuvo un crecimiento exponencial a través de tres novedosas estrategias: un sofisticado esquema financiero para el lavado de dinero y ampliación de mercados hacia Europa y Asia liderado por los Cuinis, la familia González Valencia, cuñados del Mencho; un ejército profesionalizado que echó mano de mercenarios de todo el mundo (igual contratan exmarinos estadounidenses que kaibiles guatemaltecos) y un sistema de control territorial a través de ir aliando jefes de plaza en un esquema empresarial similar a las franquicias o a la venta piramidal que les permitió el control de más de 350 municipios en todo el país.
Una economía criminal con base social
Toda empresa criminal desarrolla una base social. No solo porque se convierte en el principal empleador en zonas pauperizadas, sino por los lazos familiares que se desarrollan en las organizaciones y el sistema benefactor. El llamado cartel de las Cuatro Letras que da trabajo, brinda seguridad y organiza fiestas y posadas en los pueblos, mientras que en las ciudades como Puerto Vallarta o Guadalajara es el gran inversor en desarrollo inmobiliario y la vida nocturna. A quererlo o no, la vida de muchos jaliscienses terminó dependiendo directa o indirectamente de la organización.
Estos aparentes beneficios a los pobladores y a la economía del estado están basados en un altísimo costo social. Los ejércitos del cartel se alimentan de jóvenes reclutados de manera forzosa y entrenados de manera salvaje e inhumana en campos de entrenamiento. Uno de estos casos lo documentamos y publicamos aquí mismo Alejandra Guillen y yo en 2019 y otro más estalló el año pasado cuando madres buscadoras descubrieron un campo de entrenamiento y exterminio en el Rancho Izaguirre. Otros casos de desaparición están vinculados con el control de la criminalidad que ejercen los llamados jefes de plaza. Una madre de familia de un pueblo del sur de Jalisco me lo describió de esta manera: “si un joven anda en malos pasos, lo tablean; si vuelve a delinquir, entonces sí lo desaparecen”. Desde la irrupción de este grupo en el mundo criminal en Jalisco, han desaparecido cerca de 14.000 personas, la mayoría jóvenes. Algunos de ellos, los menos, se integraron al ejército del cartel; mujeres jóvenes fueron esclavizadas para fines sexuales, y la mayoría, sin que se pueda establecer exactamente cuántos, están enterrados en fosas clandestinas a lo largo y ancho del estado.
¿Qué sigue?
Mientras para las autoridades y algunos expertos la pregunta importante es quién asumirá el liderazgo del grupo criminal, para la sociedad la gran interrogante es qué sigue tras la caída de un capo de este tamaño y con este control territorial. La experiencia nos dice que las empresas criminales sufren poco tras la caída de un capo, es decir, las actividades ilícitas continúan, pero la batalla por el control incrementa la violencia. Jalisco ha sufrido otras transiciones, todas ellas con efectos sobre la seguridad pública. La primera fue tras la detención de los líderes del cartel de Guadalajara, Caro Quintero y Ernesto Fonseca (1985), tras el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, y particularmente tras la caída de Félix Gallardo, “el jefe de jefes” (1989), que generó una inestabilidad y guerra por la plaza que duró años. El asesinato del Cardenal Posadas (1993) y el bombazo en Camino Real (1994) sucedieron en ese periodo. A principios del siglo XXI se instauró una nueva Pax Narca bajo el mando de Ignacio Coronel, embajador del cartel de Sinaloa y cuñado del Chapo. El abatimiento de Coronel generó otro largo periodo de inestabilidad y violencia en el estado. Cuando Nava Valencia, conocido como el Lobo, parecía quedarse con la plaza, viene la traición del Mencho que se menciona más arriba.
La decisión del Gobierno federal de detener (y “abatir”, como llaman eufemísticamente a matar en combate) al capo criminal más importante del país es al mismo tiempo liberador y aterrador; es tanto un riesgo como una gran oportunidad.

El escenario más aterrador es que tengamos una guerra prolongada entre células sin control que se disputan el poder y el territorio, similar a la guerra que se libra en Sinaloa, ante la mirada pasiva de los gobiernos estatal y federal. Sabemos bien que en el caso del CJNG, El Mencho era el líder, pero para nada la única cabeza del negocio. Son muchos los liderazgos criminales en todo el país que dependían de Oceguera en organización franquiciada y que tienen capacidad de comenzar una batalla por la sucesión. La oportunidad estriba en aprovechar el desconcierto y temor que se vive en estos momentos para recuperar territorios, particularmente aquellos municipios donde la presencia del cartel no es tan fuerte u orgánica.
Un segundo escenario es que la batalla del Gobierno federal no se detenga en El Mencho y vayan por otros líderes regionales. Eso implica un riesgo de incremento de la violencia en diferentes puntos del país, y una gran oportunidad para el Gobierno de desarticular corredores de violencia.
Un tercer escenario, quizá el más probable, es que tanto el Gobierno federal como el del estado de Jalisco, que han convertido a la estadística en un objetivo político en sí mismo, traten, de cara al mundial, de cambiar la conversación lo más rápido posible.
Lo cierto es que la rabia sigue ahí: la amplísima base social del grupo criminal; el control territorial a través de alcaldes y policías municipales; la infiltración de fiscalías estatales y la federal; el control de jueces y magistrados; los políticos beneficiarios y benefactores del cartel, y los negocios inmobiliarios y financieros del cartel no murieron con Nemesio Oseguera.
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