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Tribuna
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Porfirio, una vida consustancial al poder

Muñoz Ledo vivió en tensión permanente entre el placer contemplativo del intelecto y el combate puro y duro de la política

El diputado Porfirio Muñoz Ledo durante la Sesión de la Comisión Permanente, en diciembre 2019.
El diputado Porfirio Muñoz Ledo durante la Sesión de la Comisión Permanente, en diciembre 2019.Graciela López Herrera (Cuartoscuro)

Más que polifacético, Porfirio Muñoz Ledo fue un hombre poliédrico, de esos cuya personalidad, según los diccionarios, expresa distintas cualidades, pero principalmente condensadas en su caso en una de ellas que estaba muy por encima de las otras: lo suyo fue la política o, dicho de otra forma, la suya fue una vida consustancial al poder: la ambición de alcanzarlo, la fascinación de conservarlo, el placer de disfrutarlo y el miedo a perderlo. No era un profesor en el sentido académico, pero su conversación era magistral; no era un pensador en solitario, pero su actividad pública exudaba densidad intelectual y lecturas sofisticadas; no era un escritor profesional, pero produjo numerosos libros, ensayos, testimonios y entrevistas (allí están las casi mil páginas de historia oral con los Wilkie de 2017); no era de trato fácil, pero su verbo y su especial sentido del humor lo hacían un seductor natural.

Si hubiera que coagular estas dimensiones, Muñoz Ledo fue, al mismo tiempo, la zorra y el erizo del verso de Arquíloco: un tipo de personalidad que, según la interpretación de Isaiah Berlin, por un lado, “relacionan todo con una única visión central, un sistema más o menos congruente o consistente en función del cual comprenden, piensan y sienten” y, por otro, “persiguen muchos fines a menudo inconexos y hasta contradictorios”. El poder y las ideas. La política y el intelecto. El pragmatismo y las mudanzas partidistas.

Creo haberme encontrado por vez primera con Muñoz Ledo a principios de los ochenta en una recepción ofrecida a algún escritor famoso en Coyoacán, y tiempo después lo atendí en la Secretaría de Educación Pública (SEP), donde yo trabajaba, mientras esperaba a ser recibido por don Jesús Reyes Heroles. De lenguaje torrencial, me resumió en pocos minutos una conferencia que venía de dar, mientras era representante de México en la ONU, en Dartmouth College (New Hampshire), donde están unos murales de José Clemente Orozco —”hay que rechazar el parroquialismo cuando se habla de Orozco”, dijo—, y que quería proponerle a “Jesús” —deliberadamente omitía el “don”— hacer un libro de gran formato sobre ellos. Aunque sentían una velada atracción recíproca, ambos personajes nunca tuvieron una relación fluida, básicamente, porque era un torneo de vanidades y egos, pero sobre todo porque Reyes Heroles detestaba a Luis Echeverría, quien lo había reemplazado en 1975 precisamente por Muñoz Ledo, en la presidencia nacional del PRI. Pienso que, íntimamente, Muñoz Ledo siempre aspiró a ser el sucesor natural de Reyes Heroles: ninguno alcanzó la presidencia de la República, pero disfrutaban con ejercer la máxima influencia posible, exhibir las ventajas de la inteligencia y ser vistos como el epítome del político-intelectual por excelencia de la vida pública de México.

Años más tarde, cuando los vientos de la elección de 1988 habían amainado y estaba en construcción la reforma electoral y el nuevo Instituto Federal Electoral (IFE), Muñoz Ledo empezó a tener contactos más frecuentes con el Gobierno. En 1991, mientras era presidente del PRD, se reunió, me parece que a solas por vez primera, con el presidente Salinas de Gortari en Los Pinos, y preocupado usualmente por su imagen, vino a mi oficina, hiperactivo y animado, a revisar y corregir a detalle el comunicado de prensa respectivo. Desde entonces, fue un habitual en actos importantes del gobierno, sobre todo de carácter internacional. Todavía en noviembre de 1994 se entrevistaron largamente en una casa particular. “Fue una plática, como siempre con Porfirio, creativa y llena de ideas”, según ha contado Salinas. En años más recientes, cada vez que viajaba a Chile, venía a visitarme y pasábamos tardes enteras conversando en la embajada de México en Santiago.

Hablamos por última vez cuando acudí a la Cámara de Diputados, que él presidía, en octubre de 2018, a explicar la Reforma Educativa (así, con mayúsculas, desde luego); en el transcurso de la sesión pedí unos minutos para ir al baño y, con el humor que le fue mejorando con el tiempo, decretó solemnemente un receso porque “el compareciente debe ejecutar una acción indelegable”.

Hay dos ingredientes más, indispensables en la biografía de Muñoz Ledo.

A la distancia, parece claro que Porfirio vivió en tensión permanente entre el placer contemplativo del intelecto y la cultura, y el combate puro y duro del poder, la política, y lo que él mismo llamó el “infierno burocrático”, finalmente resuelto en favor de este último, lo que explica el pragmatismo de sus mudanzas partidistas. De haber sabido lidiar con ese infierno, admitió en 2020, “habría llegado más lejos”. Formado en una de las generaciones más interesantes —la del Medio Siglo, llamada así por la revista que ese grupo editó y de la que fue Secretario de Redacción—, venía de las ciencias sociales, había estudiado en Europa, era sibarita y amigo de todos los escritores más importantes de la segunda mitad del siglo XX. “Engendrados en una misma cápsula del tiempo, fuimos entusiastas camaradas de viajes teóricos, estéticos y mundanos”, escribió alguna vez.

Desde ese espacio, muchos de ellos hicieron el viaje ideológico y político —Cuba, el Movimiento de Liberación Nacional, el activismo cardenista, por ejemplo— y de allí emprendieron su camino de Damasco, integrándose al Gobierno del PRI, con Echeverría y con López Portillo, del que Porfirio fue un actor muy relevante. El siguiente paso era, pensaron lógicamente, que concluida la etapa de los generales y los abogados de la posrevolución, a esa generación le correspondería hacer desde el poder, en el México de fin de siglo, la transición, cualquier cosa que esto significara. Como es bien sabido, el mundo cambiaba, otra generación los rebasó, la historia transcurrió, por otro lado, y en buena medida alentó las fracturas del antiguo partido hegemónico, de las que Muñoz Ledo fue protagonista principal. Esa “poda generacional”, como él mismo la calificó, fue en buena medida el origen de la sinuosa trayectoria política que siguió hasta su muerte.

El otro aspecto, que quizá fue su vocación más íntima, era el de la academia y el magisterio. En una evocación de Mario de la Cueva, su legendario profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM, Muñoz Ledo escribe: “El maestro De la Cueva me ató a una vocación filial de la que no he podido escapar y a la que debo gran parte de las convicciones que me sostienen y no pocos de los reveses que he padecido. Sus actitudes políticas parecían desconcertantes tanto a los pragmáticos como a los dogmáticos porque no obedecían al apetito de poder ni a la consigna partidista”.

En perspectiva, en la trayectoria de Porfirio Muñoz Ledo se encuentran por ello dos versiones de sí mismo: anheló ser el maestro, pero obedeció a las reglas, crueles y fascinantes, del poder. Y, como demuestra la historia, son el instinto, la ambición y la pasión las células que alimentan y conectan ese sistema nervioso de poder y política, del que nadie está exento. Ni Porfirio, el personaje poliédrico.

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