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La otra economía

El mercado laboral informal cobra cada vez más importancia y debemos ajustar nuestro sistema de seguridad social. Es una discusión que ya no podrá esperar

Un tianguis en el centro de Ciudad de México, en enero.
Un tianguis en el centro de Ciudad de México, en enero.Mario Jasso / Cuartoscuro

México tiene dos ritmos. Tenemos al México moderno, típicamente ubicado en el centro y el norte del país, en donde convergen la formalidad, el crecimiento y el desarrollo, pero existe también el México del sur, con pobreza, informalidad y rezago en prácticamente cualquiera de las variables económicas habituales.

La diferencia entre la formalidad y la informalidad del empleo radica en la adscripción que el patrón —o el empleador— dé a sus empleados a través del reconocimiento del vínculo laboral mediante el pago de la seguridad social. Los Estados en los que menos informalidad laboral existe son Chihuahua y Nuevo León, con un porcentaje de 29,7% y 33,8% respectivamente. La formalidad en el empleo no es mera coincidencia ni casualidad geográfica. Los Estados más vinculados con las cadenas productivas de Estados Unidos y Canadá, por razones regulatorias y de cumplimiento, tienen estándares laborales más altos que los que existen en el sur. En contraste, las tasas de informalidad más altas se encuentran en Oaxaca, en donde 73,9% de la población ocupada no tiene ninguna afiliación a los sistemas de seguridad social, y Guerrero, Estado profundamente rezagado, con casi 70% de sus trabajadores en la informalidad.

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Esas definiciones y esas formas de categorizar a los diferentes grupos poblaciones nos sirven a algunos para entender las fallas de los mercados e intentar hacer propuestas de mejora. Pero para las personas que están buscando ganarse la vida día con día las definiciones son poco relevantes. La pandemia, en materia laboral, le ha pegado más a las mujeres. Ellas son –independientemente de nuestra opinión al respecto— las que se encargan en gran medida del cuidado del hogar y sobre todo del cuidado de los niños y de los mayores. De acuerdo con datos recientes del Inegi los hombres dedican 20 horas a la semana al cuidado del hogar y las mujeres más de 50, una jornada laboral adicional cada día y esto no ha hecho más que acrecentarse en los meses de confinamiento.

Pero la división norte-sur no sirve para explicar otros fenómenos de nuestra economía, dinámicas que se dan independientemente de la geografía e incluso de los marcos regulatorios. Y sobre los cuales el concepto “informalidad” se queda corto, como las “nenis”.

Han existido siempre, pero la pandemia les dio el reflector que no habían tenido antes. Las “nenis”, ese término entre despectivo y amable, han cubierto las necesidades económicas de millones de familias. Las siglas, en teoría, significan “nuevas emprendedoras de negocios por internet”. Pero internet suena demasiado sofisticado, en realidad son mujeres que usan las redes sociales o las aplicaciones de mensajería, como WhatsApp, para ofrecer productos —ropa, zapatos, comida, regalos— que entregan en un punto intermedio entre el comprador y la vendedora. En conclusión: son emprendedoras, comerciantes que ponen en riesgo su capital y sus recursos para satisfacer una demanda en el mercado.

Usualmente estas emprendedoras se mueven en la informalidad. Todos los incentivos están para que sea así. Las transacciones se dan en efectivo, no hay fiscalización, no hay trámites qué hacer perdiendo días enteros intentando registrarse y volviéndose víctimas de la extorsión de los diversos funcionarios públicos encargados de las varias etapas que tienen los procesos de formalización. Mejor se ponen de acuerdo con el comprador a través de un conocido o un grupo de WhatsApp, coordinan la entrega en la salida de una estación de Metro; el pago se hace en efectivo y van forjando relaciones más allá de un Registro Federal de Contribuyentes. Como en toda economía subterránea, los números son escabrosos. Los registros son estimados y no podemos más que suponer la magnitud de este tipo de economía. Pero no podemos negar que existe.

El Instituto Mexicano para la Competitividad, el IMCO, se ha dado a la tarea de entender ese fenómeno. ¿Cómo son estas emprendedoras? ¿Qué nivel educativo tienen? ¿Cuál es su perfil? Sabemos que, en general, son mujeres casadas, con uno o dos hijos, tienen entre 25 y 44 años, estudiaron hasta secundaria y cuentan con poca o nula capacitación en finanzas o contabilidad. Y se cuentan por millones. Con la información oficial, del Inegi, podemos saber que hay alrededor de cuatro millones y medio de mujeres que emprenden en la informalidad y que ocho de cada 10 emprendedoras son informales. Quizás no todas entren en la definición de “nenis”, pero sin duda han sido un sustento económico para sus familias, con un papel aún más relevante en los meses de pandemia en los que las mujeres han tenido que quedarse en casa al cuidado de la familia, pero trabajando al mismo tiempo. Para las “nenis” no hay horario laboral ni prestaciones ni días de vacaciones. Trabajan cuando se puede y cuanto se pueda.

La informalidad tiene varias aristas. Por un lado, el ahorro de los trámites y la fiscalización asociados a la formalización representa un incentivo a quedarse en ella, pero la informalidad también tiene costos. Las mujeres que logran formalizar sus emprendimientos tienen un ingreso tres veces mayor que el de las mujeres que se quedan en la informalidad. Además, en la formalidad tendrían más acceso al crédito, a la capacitación y a las posibilidades de crecer sus negocios. Pero las definiciones se hacen cada vez más imprecisas. Uno puede emprender en la informalidad teniendo un empleo formal o calificar como informal a pesar de trabajar más de una jornada laboral tradicional.

Como siempre, los índices y las métricas van a un ritmo más lento que la realidad. El mercado laboral se mueve, se transforma, se acomoda al covid y a las dinámicas de las familias. No espera a los registros del IMSS o a las encuestas del Inegi. Ese mercado laboral informal, donde están las “nenis”, cobra cada vez más importancia. Es la otra economía que sostiene a millones de familias en el país. Lo que debemos ajustar son nuestras métricas, nuestras encuestas, pero, sobre todo, nuestro sistema de seguridad social. Es una discusión que ya no podrá esperar.

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