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Hijo de Marcelo Ebrard
Columna

Marcelo Ebrard: su adaptación hedónica

El uso de la residencia diplomática de Londres para fines familiares ejemplifica como los políticos que permanecen demasiado tiempo en el poder se vuelven ciegos a sus privilegios

El secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, durante una rueda de prensa, en Palacio Nacional de la Ciudad de México.Sáshenka Gutiérrez (EFE)

La adaptación hedónica sugiere que el hombre termina por habituarse a lo extraordinario. Todo prodigio y toda desgracia terminan por desgastarse hasta ser consideradas cotidiana normalidad.

Quien gana la lotería, por ejemplo, experimenta una euforia desmedida al principio; sin embargo, con el paso de los meses, esa riqueza se vuelve normal. En sentido inverso ocurre lo análogo: quien pierde la vista sufre una profunda caída; con el tiempo, volverá a niveles normales de felicidad. Fortuna y tragedia serán nuevamente arranque o punto de partida.

En política, pocos ilustran este fenómeno como Marcelo Ebrard Casaubón. Las comodidades que le han sido entregadas por su permanencia en las altas esferas del poder —que al inicio debieron parecerle excepcionales— han terminado por volverse hábito. Lo normal. Así, lo que en otro tiempo habría juzgado como exceso hoy se le antoja una extensión natural del cargo. Gajes del oficio.

Solo desde esta ceguera hedónica pueden entenderse sus recientes declaraciones en la conferencia matutina sobre la estancia de su hijo en el Reino Unido entre 2021 y 2022. En política, el pasado nunca se queda quieto.

El caso se resume a que el hijo de Ebrard —ningún caso tiene mencionar su nombre—, habitó la residencia oficial de la embajada en Londres. Basta una búsqueda rápida en internet para dar con la mansión blanca en el número 16 de St. George Street, destinada al embajador y a altas visitas del gobierno, en la que el hijo de Ebrard dispuso de una habitación con chimenea y de cuatro personas a su servicio. Lo normal, habrá pensado.

El episodio de hace algunos días no es ángulo muerto para analizar a Marcelo. Por contrario, es la más nítida lente para examinar la sutil distorsión de la ética que puede operar en el poder prolongado.

Frente a este evidente abuso de una sede diplomática para fines personales —o, peor aún, familiares— la respuesta del excanciller se presentó como un pequeño manual de cómo no enfrentar una crisis ocurrida hace cinco años: “No veo en ello ningún abuso de mi parte, no usamos ningún recurso indebidamente.” La ceguera por delante.

Lo que para el grueso de la opinión pública se presenta como un desvío de recursos institucionales, para Marcelo fue un simple programa de intercambio cultural amparado por la relación profesional que guardaba con la embajadora.

Marcelo es invidente ante el privilegio porque se ha convertido en su hábitat natural. En su lógica, lo que desde fuera se interpreta como una vulneración de esferas —el abuso de lo público en beneficio personal— es la consecuencia humana e inevitable de ser un buen padre.

Peor aún, Ebrard intenta usar sus logros políticos como moneda de cambio. Convertir el tiempo dedicado a la gestión para traer a México las vacunas contra COVID-19 en el derecho de su hijo a residir en sede diplomática. El buen ejercicio público como atenuante moral.

Y bola de mezquinos —ese sustantivo utilizó— quienes se atrevan a abuchearle.

En una lógica moldeada por la larga permanencia en el poder, Marcelo considera que la dedicación a tareas de Estado le otorga el derecho a cobrarse a lo chino. Sin embargo, este tipo de conductas vulneran las normas administrativas más elementales: la prohibición de usar recursos humanos para asuntos familiares, la negativa a usar bienes inmuebles para fines ajenos al servicio público, la obligación de no aprovecharse del cargo, la prohibición de hacer uso del empleo para obtener privilegios, la reglamentación en torno al conflicto de interés.

Ebrard se ha servido de este mecanismo de autojustificación antes (aunque técnicamente fue después). No olvidar que, tras su derrota en la contienda interna de Morena frente a Claudia Sheinbaum, emitió declaraciones especialmente firmes. Amenazó con romper la unidad, criticó a la dirigencia del partido y se distanció de las bases.

Con el tiempo, el conflicto fue reencauzado por Sheinbaum, quien le perdonó la afrenta a cambio de que realizara un nuevo servicio al país. Los aranceles y la renegociación del T-MEC fueron el precio de la reconciliación.

Quien salió ileso de afirmar que no se sometería a Sheinbaum a cambio de lidiar con Trump y cuyo hijo disfrutó de condiciones excepcionales por el mérito de su gestión de las vacunas, nos ha enseñado una lección.

El peligro que entraña el poder prolongado. El peligro del político convencido de que sus servicios al país son gestas heroicas que todo justifican. El peligro del privilegio y la adaptación hedónica. Que es descarado quien no es inocente.

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