De Málaga a Michoacán: el viaje fotográfico de la princesa Beatriz Hohenlohe
‘Entre viajes y matriarcados’ recopila en un libro las vidas de las mujeres del clan aristocrático español en más de 30 años de expediciones


“Diosidencias”. Es la palabra que Marina Fernández de Córdova ha usado para referirse a muchas de las cosas que le han sucedido desde que comenzó a preparar un libro con las fotografías que su madre, la princesa Beatriz Hohenhole Langenburg-Yturbe, tomó durante durante más de tres décadas en los viajes que hizo alrededor del mundo entre 1977 y 2014. La casa editorial mexicana Cooperativa La Joplin ha reunido en poco más de 350 páginas la historia de esas imágenes de matriarcados en varios puntos del mapa y la ha acompañado de un viaje al interior de la familia real, cuyas raíces reposan entre uno y otro lado del océano Atlántico, entre Michoacán y Marbella. Las mujeres, dentro y fuera del libro, conforman un entramado luminoso que ha sobrevivido varios siglos para preservar el arte y su propio derecho a ser gestoras de sus destinos.
El día en que se publicó el libro Entre viajes y matriarcados fue también el día en que la pequeña Clara vio por primera vez la luz del mundo, el 10 de enero de 2024. La primera nieta de Fernández de Córdova Hohenhole es la más joven de una línea familiar de mujeres en la que todas se remontan a la existencia de Trinidad von Scholtz Hermensdorff, duquesa de Parcent, nacida en Málaga en 1857. Von Scholtz fue mecenas de varios artistas españoles de la época, coleccionista apasionada y defensora del patrimonio artístico de su país. Era cercana al rey Alfonso XIII, hablaba cuatro idiomas y sus tertulias con intelectuales y artistas en sus palacios eran famosas y anheladas por colocar el arte en el centro de sus encuentros y sus proyectos de mecenazgo.
En 1918, cuentan testimonios de la época, el pintor Joaquín Sorolla y Bastida comentó en una de esas cenas en el Palacio de Parcent, en Madrid: “Los artistas deberían venir con frecuencia a esta casa. Siempre tenemos cosas que aprender”. Años más tarde, la única hija de la duquesa, Piedad Yturbe von Scholtz Hermendorff Piedita, continuó con su legado y trató de que su hija, Beatriz Hohenlohe, absorbiera al máximo todas las expresiones artísticas que estuvieran a su alcance.

En una de las fotos más representativas en el libro, una joven Piedita junto a su madre, posan para la cámara en medio de una lección de piano en 1903. La historia se replicaría generaciones después, cuando la nieta de la duquesa y su hija Marina Fernández de Córdova comenzaron a viajar juntas y descubrieron en esas expediciones la mirada prodigiosa a través de la cámara que poseía la princesa Beatriz.
Un vínculo intergeneracional con México
Del lado del tatarabuelo de Hohenlohe, la historia comenzó a conectarse con México de formas que también trascenderían hasta la actualidad. En el siglo XVIII, Francisco de Yturbe y Heriz emigró a Pátzcuaro, Michoacán. Se casó dos veces, en esas dos ocasiones enviudó y en la tercera, contrajo matrimonio con una mujer que era descendiente directa del emperador Moctezuma, el gobernante de México justo cuando tuvo lugar la llegada de españoles al territorio, y el responsable de ampliar el imperio Mexica en la mayoría de los pueblos del centro del país.
Después de la Independencia de México (1810), Francisco de Yturbe y Heriz fue jinete, nombrado capitán, combatió a los insurgentes y se sabe que salió desde Veracruz hacia La Habana, en donde se le perdió la pista. Apareció en Venezuela y, según algunos testimonios recabados, le salvó la vida a Simón Bolívar. Años después, siguiendo el hilo del poder de la familia en territorio mexicano, el abuelo de la princesa Beatriz, Manuel Yturbe, fue nombrado ministro plenipotenciario por Porfirio Díaz para representar a México en varios países.

Además, según la investigación realizada por los editores Carla Zarebska y Humberto Tachiquín Benito, Tachi, en los archivos familiares, fue el hermano de Beatriz, Alfonso, el responsable de llevar a Volkswagen a México con el vocho —en Estados Unidos es Beetley; en España, Escarabajo, mientras que en Brasil se le conoció como Fusca—, aquel modelo de la agencia alemana que todavía se encuentra en las calles. Alfonso también fue quien, a su vez, construyó la primera cancha de pádel tenis en España, tras conocer el deporte en Acapulco, Guerrero. Y quien con esas ganancias comenzó la construcción del Marbella Club Hotel, que nació formalmente en 1954, el lugar que se convirtió en epicentro de la élite europea y donde futbolistas o estrellas de Hollywood como Brigitte Bardot, Audrey Hepburn, Ava Gardner, Grace Kelly, Lady Gaga, Cristiano Ronaldo o Lenny Kravitz, se paseaban entre sus muros.
“Mujeres aventureras corren por mi sangre”
En uno de los recuerdos que la princesa Beatriz Hohenlohe contó de su infancia a los editores Zarebska y a Tachiquín, sus tres tías, hermanas de su madre Piedad Yturbe von Scholtz, la llevaron de muy pequeña a una función de circo. Entre el público estaban las damas, con esos grandes vestidos hampones, y de pronto abandonaron sus asientos —y a sus respectivos esposos— y aparecieron minutos después cada una sobre un elefante como parte de uno de los actos. La anécdota que contó fue el germen para los editores mexicanos, que miraron con asombro que tanto las fotografías de sus viajes, como la historia personal de la princesa Hohenlohe tenía un hilo conductor tejido completamente por mujeres. “Mujeres aventureras corren por mi sangre”, escribe en el libro.
Mujeres osadas, adelantadas a su época, mujeres inteligentes y con una visión que fue más allá incluso de su propio privilegio, como parte de una familia aristocrática. Mujeres preocupadas por el arte y por salvaguardarlo, por preservar su valor. La princesa Beatriz Hohenlohe comenzó a hacer fotografías en los viajes que emprendió con su hija. La mirada se fue enfocando en un tema que persistía y que le llamaba especialmente: los matriarcados. El arte y la mirada femenina volvían a encontrarse.

Mujeres mapuche, en Chile; mujeres artesanas, en Juchitán, Oaxaca; mujeres saharauis en una ceremonia religiosa, o mujeres de la sociedad matrilineal considerada la más grande de mundo, las Minangkabau, en Indonesia. Sus rostros, vestidos, sonrisas y labores han sido captadas por la lente de Hohenlohe con sensibilidad y talento.
Hace más de diez años que la hija de la princesa Beatriz, Marina Fernández de Córdova, llegó a México guiada por la labor que su bisabuela Trinidad von Scholtz. Para ella, que trabaja con artesanas y artesanos mexicanos y que promueve su arte dentro y fuera del país, el libro de su madre es también una especie de ritual familiar y la oportunidad de escribir su propia historia desde un nuevo comienzo. “Esto definitivamente es una limpia familiar en muchos aspectos. Me llegó clarísimo el mensaje, de que si este libro salía para adelante era mi bisabuela tirando de los hilos inviables de esta historia”.
La cooperativa La Joplin ha presentado durante la semana del arte en México el libro Entre viajes y matriarcados, después de casi tres años de trabajo de investigación que ha abarcado a casi toda la familia y al círculo cercano de Beatriz Hohenlohe. En el proceso, los editores reconstruyeron una historia que no solo va de fotografías y de una estirpe familiar dominada por la astucia femenina ante un mundo que no estaba hecho para que ellas fueran las protagonistas. También descubrieron que, en la historia de la princesa Beatriz o de Marina Hohenlohe, México es como España un hogar y una patria en la que se sienten seguras y felices de volver.
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