Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Un resultado razonablemente bueno para López Obrador y Morena

Los datos de la votación del domingo en México muestran un músculo político considerable, similar al de las legislativas de 2021, aunque con alto desgaste colectivo

Una mujer emite su voto durante el referéndum en Ciudad Juárez.
Una mujer emite su voto durante el referéndum en Ciudad Juárez.JOSE LUIS GONZALEZ (REUTERS)

¿Cómo valorar una consulta cuyo resultado nunca estuvo en cuestión? Ese es el reto que nos plantea el revocatorio promocionado por Andrés Manuel López Obrador para, según él, someter al criterio ciudadano su propia gestión. Sin embargo, la opinión de los mexicanos sobre su líder nunca ha estado ni cerca de ponerse en números netamente negativos. En contraste, el propio uso del referéndum de censura jamás suscitó consenso político ni social en México. Así que lo más justo parece evaluar lo sucedido con la vara de medir de las expectativas políticas, que son las que siempre planearon sobre las intenciones de un líder y un movimiento que emplea cada peldaño institucional disponible para seguir en su ascenso hacia la hegemonía electoral. Es lo justo con el líder, con su movimiento, y también con los 92.823.000 mexicanos llamados el domingo a las urnas, para ahorrarles falsas ilusiones sobre la relevancia material, más allá de los juegos de expectativas partidistas, del ejercicio electoral de hoy. En esos parámetros, y como se verá a continuación, el resultado obtenido no es nada desdeñable.

El primer límite para la consulta estaba en su propia naturaleza institucional: el INE instaló 57.423 puestos de votación, un tercio de los habilitados en la última convocatoria, las elecciones federales de junio de 2021. Esto ya establece una barrera rocosa, y le ofrece a Morena la oportunidad de continuar por la vía de desgaste institucional (acusando al INE de boicot, cuando el INE afirma que sencillamente dimensionó la infraestructura de la elección de hoy ciñéndose a los recursos que le fueron otorgados). En las federales de 2018 participó un 63,4%, contando con el incentivo adicional de que la oficina presidencial estaba en juego. Pero en la Consulta Popular de agosto de 2021 sobre la posibilidad de juzgar a antiguos mandatarios (una idea presidencial, como la de hoy) fue un exiguo 7,1%. La frecuencia es tan importante como las cifras: a los mexicanos se le ha pedido que acuda cuatro veces a las urnas en solo cuatro años. Esto agota incluso a la ciudadanía más motivada.

A ello hay que añadir que la oposición al gobierno, que obtuvo alrededor de la mitad de los votos emitidos en las legislativas del pasado junio llamó a no participar en la consulta. De esta manera, más o menos un 25% del electorado total tenían a sus líderes electos pidiéndoles activamente quedarse en casa. Por muy atomizada y falta de legitimidad que esté dicha oposición, la falta de incentivos o mensajes jugaría su papel de barrera a la participación.

Sin tan siquiera tener en cuenta la merma de espacios de votación, el desgaste electoral y el boicot de la oposición ya eliminaban por sí mismos cualquier expectativa realista de que el referéndum supusiera una elección real entre revocación y continuidad. Todo ello le ponía además un techo a las expectativas de participación aproximado del 25% al 30% (inconcebiblemente ambicioso en cualquier caso, habida cuenta de los resultados en agosto de 2021). El 40% necesario para una decisión vinculante, objetivo declarado inicialmente por Morena, estaba en realidad fuera de toda consideración basada en cifras.

Por si los límites anteriores no fueran suficientes, había otros, igual de definidos: el partido en el poder apenas logró un tercio de los sufragios emitidos en 2021. Esto es, unos 16,7 millones, o un 19% del cuerpo electoral convocado a la consulta. En las presidenciales de 2018, López Obrador ganó con el equivalente a un 32,5% de ese mismo electorado. Estos son los límites máximos del apoyo de Morena y del presidente, y solamente cuando el votante siente que hay algo realmente decisivo en juego, como su representación en el Congreso o en la máxima oficina del país.

Pero, ¿qué de material había en juego aquí? Poco o nada: según la última encuesta de SIMO para EL PAÍS, seis de cada diez mexicanos aprueban mucho (30%) o bastante (29%) la gestión presidencial. Un 40% no lo aprueba, pero solo un 24% quería revocar su mandato. Así, una notable porción de los críticos con el presidente no quieren que salga a mitad mandato. Todo ello a pesar de que, según el mismo sondeo, una abrumadora mayoría (92%) sabía de la consulta.

Es decir: esta era una consulta promocionada desde la oficina presidencial para preguntar a la ciudadanía por algo sobre lo que no existía apenas debate. Una mayoría apoya al presidente, y la (significativa) minoría que no lo apoya o bien no quiere revocarlo, o no cuenta con líderes que quieran empeñar su capital político en un proceso que saben perdido de antemano. La vinculación del resultado, con su umbral del 40%, era pues apenas un cebo, la zanahoria tras la que hacer correr la movilización. El 33% dibujaba el mejor escenarios posibles en una situación de movilización extrema, comparable a unos comicios presidenciales, que no era viable ante la mentada ausencia de conflicto sobre el particular. Por último, el 7% de la anterior consulta constituía un punto de referencia mínimo razonable.

Resumiendo: el 40% mínimo de participación era inviable; un 33% habría sido un hito sin precedentes al repetir el voto presidencial de 2018; un 30% constituiría una muestra de fuerza tan abrumadora como indiscutible al arrastrar a todos los mexicanos que aprueban “mucho” la gestión del ejecutivo; un 25% sería igualmente extraordinario y mostraría que el agotamiento electoral es escaso; un 19% (el voto de Morena en 2021) habría resultado cuanto menos excelente; un 13%, más que aceptable; y un 7% establecía un mínimo pasable. Con esta escala, el 17,5% logrado según el preconteo del INE cae entre notable y excelente: una movilización sin lugar a dudas significativa, que muestra músculo político aún restándole hipotéticamente parte del arrastre adicional en las entidades con doble convocatoria.

Y esta es la esencia de la evaluación con datos que se puede hacer del resultado de la consulta, que por supuesto ha sido abrumadoramente positivo (91% a favor de la continuidad). Pero claro, eso ya se podía anticipar. Lo que queda por dilucidar, y eso le corresponde a la ciudadanía mexicana, es si este resultado, razonablemente bueno para un partido y un líder específicos, merecía todo el desgaste colectivo político e institucional que ha llevado hasta la consulta del 10 de abril de 2022. Porque, en última instancia, la pregunta planteada a la ciudadanía mexicana con esta consulta no era si estaban a favor o en contra de López Obrador. La pregunta real era si los partidos importan más que las instituciones. La respuesta que hoy nos dan Morena, López Obrador y sus seguidores más fieles es, una vez más: sí.

Fe de erratas: una versión anterior de este artículo especificaba erróneamente que las elecciones a las gubernaturas habían tenido lugar de manera simultánea a la consulta, cuando no es así y tendrán lugar el próximo 5 de junio. El error ha sido subsanado por el autor.

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Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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